Pedro Juan Gutiérrez
Jorge Franco Ramos
José Carlos Somoza
Yanitzia Canetti
Fernando Iwasaki
Alejandro Aguilar
Mireya Robles
Daína Chaviano
José M. Fernández Pequeño
Juan Ramón Biedma
 
Edition Köln
Editorial Almuzara
Agencia Literaria Mertin
Editorial Plaza Mayor
Editores Terranova
Editorial CH BOOKS
Cubaliteraria
Editorial Cursack Books
Librusa
Negra y Criminal
Editorial Verbum
 
La Habana Elegante
Gangsterera
Ficticia
Babalú Blog
Cañasanta
Arique
Los Noveles
La peregrina
AnikaEntrelibros
 
Cubasincadenas
Cuba Underground
Encuentro en la red
Revista Consenso
Revista Arrebatus
Cubanalisis
Cuba Europa
Contacto Cuba
Bitácora Cubana
 
 

ANECDOTARIO

XVI. JULIO CORTAZAR

 

El borracho vacía sobre la tumba más cercana su vómito nostálgico y amarillento y los restos de comida y bilis van a manchar las flores que alguien puso quizás esa misma tarde.

—  El exilio es triste — susurró alguien. Había quedado solo con el hombre, sentados sobre la tumba de Cortázar, en París. Una voz que no lo dejó levantar la cabeza, como venida de ultratumba, pero que sabía material porque podía ver junto a las suyas las piernas del otro, enfundadas en unos cuidados pantalones  negros. También estaba su sombra: enorme, de cabeza grande y quijada rematada en una barba que imaginó negrísima, como el pelo del que hablaba.

—  Lo peor de la nostalgia es la culpa — volvió a decir — . Una culpa que descargamos con odio sobre otros, sobre otras cosas que pasaron allá de donde venís y que te obligaron a salir. Un día notás que el odio se ha tragado a la nostalgia y entonces ya es tarde.

Sólo así levantó la mirada.  Sí, tenía el pelo negro y los ojos negros, muy tristes. Miraba a una muchacha rubia poner un ramo de flores en una esquina de la tumba: “Me llamo Karla Suárez”, dijo ella a las letras con el nombre de Cortázar y la fecha de nacimiento y muerte, “soy escritora”.

—  ¿Ves? —  dijo de nuevo — . Ella es latina, mirá el temple. Mirá sus ojos y verás la nostalgia. A los escritores nos hace falta lo nuestro, ¿entendés?, aunque sea una perfecta cochinada, una mierda.

A esa hora de la noche, cuando partió del cementerio hacia el aeropuerto para regresar a Madrid, en la tumba de Cortázar un grupo de jóvenes argentinos descorchaban botellas y cantaban un viejo tango de Gardel donde un caminito era borrado por el tiempo y un hombre padecía mordido por el bicho triste de la nostalgia.

Cuando se cumple un sueño, se dijo, pueden pasar muchas cosas absurdas, brumosas.

 

XV. SALVADOR REDONET II

 

Casa de la Cultura de Diez de Octubre. Ciudad de La Habana. Vendrá el profesor. Mercedes Melo, poetisa excelente, profesora universitaria, directora de la Casa del Escritor de ese municipio, ha dicho que es increíble, todo un personaje: ha viajado el mundo ese profesor, ha dado clases en las universidades más importantes, incluso en los Estados Unidos, donde se impone el canon occidental, ha descubierto a lo mejor de la más joven literatura. Salvador Redonet se llama.

Decide esperarlo junto a la directora de la Casa de Cultura: cuestión de cortesía con ese gran amigo que es el negro Redonet, con quien ha compartido momentos memorables en la Facultad de Artes y Letras.

Esperan y ven entrar a la gente. Redonet, como siempre llega a todas partes, no aparece. El salón se llena esperando al invitado: una conferencia sobre la narrativa cubana actual que dará quien más sabe sobre ese tema: obvio, Redonet o Enredonet, como lo llaman algunos por sus clasificaciones de novísimos, postnovísimos, transnovísimos…

Mercedes Melo se desespera. Necesita ir al baño. Deja sola a la directora recibiendo en la puerta a los asistentes. Cuando regresa, ve al negro Redonet en una esquina, conversando con un grupo de sus alumnos, que han venido a escucharlo. Redonet se disculpa. Como siempre, algo pasó que tuvo que retrasarse. Algo también le hace pedirle a Mercedes esperar unos minutos antes de la charla. Mercedes regresa junto a la directora.

-- ¿Quién es el negro ese con el que hablabas? -- pregunta la mujer.

-- Es el profesor Redonet – contesta Mercedes.

-- ¿El profesor Redonet? ¿Nuestro invitado?

-- El mismo que viste y calza – responde Mercedes, a quien sus amigos llaman Chachi.

-- Chachi – vuelve a decir la mujer --. Yo me refiero al negro del pulovito oscuro.

-- Ese mismo – dice Chachi.

-- ¿El flaco del pitusa desteñido, casi sucio y las zapatillas con los dedos afuera?

-- Anjá.

-- ¿El de la carpetica rota bajo el brazo?

-- Sí.

-- ¿El que tiene el collar de santería?

-- Ese.

-- ¿El negro del diente de oro? ¿Ese es el famoso profesor del que me hablaste?

-- Ese mismo – contesta Chachi mirándola y sonríe.

 

XIV. AUGUSTO ROA BASTOS

 

Sería el edecán de Augusto Roa Bastos, el gran escritor paraguayo, en su visita a Cuba, invitado a la Feria Internacional del Libro del 98. Había leído sólo Yo el Supremo y le había parecido difícil de leer, pero majestuosa.  Buscó todo lo publicado en Cuba sobre aquel monstruo del boom latinoamericano y lo leyó, a veces sufriendo la prosa dura, alambicada, a veces disfrutando excelentes momentos que le demostraron el porqué de su grandeza.

Como siempre en los últimos años, un fax anunció que no vendría por razones de enfermedad y quedó con la entrevista en la mano, con sus libros por dedicar, con el nuevo rollo montado en su cámara fotográfica para perpetuar su encuentro con el maestro.

Vía embajada mandó la entrevista y una carta breve pero sincera, puede decir que demasiado fraternal y cariñosa. Y el atrevimiento de enviarle algunos de sus cuentos, por salir en Manuscritos del muerto. No pensó obtener respuesta. “Roa Bastos siempre inventa un pretexto para no venir a Cuba”, le dijeron, “no contestará”. Y echó carta y entrevista al olvido; los libros, nuevamente a su espacio en el librero lleno de polvo de su cuarto en casa de sus padres.

La vecina trajo la buena de ese día. Una carta. Un carro diplomático la había traído hacía unos días. Parece que su hijo la había recibido y sólo esa mañana, revisando en la gaveta de los trastos y los recibos de la luz y el gas, la vecina había encontrado el sobre.

La entrevista respondida: veinte preguntas con respuestas que disfrutó y decidió conservar para un libro. Un ejemplar dedicado de la edición mexicana de Yo el supremo. Una nota:

Estimado amigo:
La vejez es la peor enfermedad que existe. Recuerda a todos que el final está cerca. Deseos de ir a Cuba me vienen por turbiones, más la realidad es ésa. Mucha fuerza en sus cuentos. “Laura” es hermoso aunque algo crudo. Espero su libro.
Salud y suerte

 Y la firma larga, nerviosa, inolvidable.

 

XIII. JESUS DIAZ

 

El teatro está lleno, ardiendo: León Estrada ha contado, los ojos llorosos, la voz rajada, cómo patearon a Carilda Oliver y a otros poetas, en una tertulia en Matanzas. Estuvieron en una celda hasta que alguien aclaró todo, o se condolió y los sacaron a la calle.  Pide que eso no se quede sin castigo. El Encuentro de Narrativa acuerda elevar una queja formal al Ministro Hart para aclarar el asunto.

Seguido toca leer a los más jóvenes.  La tarde anterior leyeron Luis Manuel García, Reinaldo Montero, Miguel Mejides y Agustín de Rojas.  En el debate sobre las influencias, pide la palabra un muchacho y habla de los maestros. Deben mucho, ellos, los jóvenes, al magisterio de Heras y Jesús en los libros Los años duros y Los pasos en la hierba. Jesús responde: “a veces es un peligro ser maestro”, dice, “yo prefiero no ser maestro de nadie”, y sigue hablando sobre las temáticas de la narrativa cubana actual. Los jóvenes se entrecruzan las miradas, algo molestos por el desaire. Heras sonríe: “nadie se arriesga a ser maestro sin ganar nada”, dirá años después, recordando ese momento.

El primero en leer es Torralbas, que ataca con un cuento donde un fondo tradicional da paso a una tragedia tremendamente humana, conmovedora. Le sigue Gumersindo Pacheco, jodedor, con un texto donde el amor y el absurdo cotidiano se entremezclan. El muchacho que habló lee un fragmento de novela: filosofía y acción y desgarradora experiencia. Cierra Garrido con un texto breve, musical, rotundo.
Al día siguiente, Jesús Díaz vuelve a pedir la palabra y aclara: “ayer leyeron los muchachos.  Debo decir que me conmovieron. Así vale la pena ser maestro”.

 

XII. SALVADOR REDONET IN MEMORIAM

“Se murió el negro, compadre”, dijo y quedó con el auricular del teléfono, descolgado, entre las manos. Ha de pensarse que el estupor impuso el silencio, que Garrido bajó y yo solté una mala palabra. Un término tan común, “el negro”, para nosotros, los que lo conocimos bien de cerca, tenía un nombre: Salvador Redonet, que precisamente acababa de morir esa mañana.

Garrido tenía pendiente el cobro del dinero del Premio Cuento La Gaceta y había llamado desde mi casa a Grisel, la secretaria de Sacha, y ella le dijo que no se había podido ocupar de eso, ni podría: “ahora mismo tengo que mandar a hacer las coronas para Redonet”, así, como si entendiera que ya debíamos saber la mala noticia. Fue entonces la frase de Garrido y la mala palabra y el silencio.

De algún modo lo sabíamos, aunque no quisiéramos creerlo, como aquella vez después de su primera isquemia en que fui a visitarlo y salió sonriente, única imagen que siempre de él se recuerda.

-- La vi cerca – me dijo – Y es bastante fea.

Y respondí, quizás intentando demostrarle que no era para tanto el lío, que a él no había isquemia que lo jodiera.

-- Bicho malo nunca muere, negro – dije.

Cuando los funerarios levantaron la losa de fibrocemento de la tumba donde lo dejaríamos, aparentemente dormido en su caja, y un mar revuelto de negras cucarachas huyó desde la tapa y los bordes a esconderse en el agujero húmedo, descubrimos que todos pensábamos que jamás moriría, pese a su enfermedad y sus locuras y descuidos. Que esa había sido la causa de que pocos, muy pocos de esos que el mencionó, antologó, promovió, le habían dedicado en mínimo agradecimiento algunos de sus cuentos o libros; que los pocos que habían sido entrevistados raras veces mencionaban su magisterio y ayuda, aunque nadie olvidara a ese humilde profesor de diente de oro y alma pura, diablo risueño, que una vez escribió “Yo siempre llego tarde a todas partes”, pero que…, cosas de la vida, en todas esas partes permanece.

 

XI. EXCILIA SALDAÑA

Así nos dijo: “Yo moriré prosaicamente de cualquier cosa”, riendo, luego de subir las escaleras del Palacio del Segundo Cabo y bombardearse con su inseparable salbutamol spray. “La he visto cerca ya unas cuantas veces, pero no se asusten: bicho malo nunca muere, o se tarda en hacerlo”, volvió a decir y comenzó a explicar lo que planeaba para la premiación del concurso La Edad de Oro 199, que se le había asignado como Especialista de la Dirección de Literatura. Llenaría el Instituto Cubano del Libro ese día con cientos de niños y payasos y músicos y una exposición de dibujos sobre canciones de Liuba María Hevia y los diplomas estarían ilustrados con los poema de la revista para niños del maestro José Martí que nunca habían sido ilustrados: un mar de sueños. Horas después, un ataque de asma la llevaría al hospital y a la muerte.

Así la recordamos: sobreponiéndose a un asma perniciosa y molesta, llena de proyectos comunitarios, esperando suerte en el mundo editorial para que sus muchos libros aparecieran y sin dejar nunca de escribir. La recordamos por su entrega a talleres literarios, a grupos de trabajo con la comunidad, a proyectos con la educación especial y sitios marginales de la ciudad. La recordamos con amigos y enemigos, como todo ser humano en un mundo complejo como el del arte. Y la recordamos sofocada, ahogada, diciendo buenas casi en un pito de voz para sentarse luego y hacer el cuento de la noche en vela: “¡qué noche!, pero bueno, yo me he acostumbrado a ser un animal nocturno porque el asma revienta cuando llegan las sombras”, y de pronto soltar algún nuevo plan, los rollos con su permuta, la alegría del nuevo trabajo de su hijo ciego, el susto más reciente que le dio el asma, el chisme que supo en su último viaje; es decir, esas cosas que hacen mortal, humano, de carne y hueso, y valga la repetición: imprescindible e inolvidable, a cualquier ser tocado por la gracia del genio.

 

X. MIGUEL COLLAZO

Morir enterrándose una aguja en el corazón ha de ser una muerte terrible. Se requiere mucho valor, un estado de obnubilación alcohólica enorme o una determinación absoluta de abandonar el mundo. Cualquiera de las tres causas que lo hayan llevado al suicidio, puede considerarse fatal para la cultura cubana: dejó de escribir, de crear, uno de los narradores más genuinos, más sólidos de eso que la crítica ha llamado literatura de la Revolución.

La tarde anterior Collazo había al Palacio del Segundo Cabo, tan sobrio que todos se asombraron: en los últimos tiempos, su alcoholismo crónico era su única imagen pública. Estuvo riendo junto a Mejides, conversó con César López y bromeó con los especialistas de la Dirección de Literatura por ese Premio de la Crítica recibida por su último libro.

-- Da justo para unas cuantas botellas, unos cueritos de puercos para los saladitos – no se puede tomar con la panza llena de aire --, y el resto para las medicinas que me obligan a tomarme.

Desapareció tan silencioso como vino. Nadie sabe qué lo decidió al suicidio. Sus últimos libros, como siempre, habían tenido una buena acogida por la crítica.

Cuando se supo de su suicidio -- una voz que corrió por todos los sitios y rincones de esa Habana donde se movió la vida del narrador, alguien dijo en la oficina de la Asociación de Escritores de la UNEAC : “es del carajo ver cómo se acaban los grandes escritores”.

 

IX. EZEQUIEL VIETA

Tomaba demasiado. Esos días, en el Hotel Santa Clara Libre, el helado de chocolate, en cantidades increíbles, le sirvió de freno contra el ron. No tenía fondo. Convenció a Gumersindo Pacheco, que a pesar de su diabetes ya estaba alcohólico, de irse al bar del último piso a tomar y conversar sobre los años en que él y Beatriz Maggi vivían como reyes en Cuba y otros lugares del mundo. Aunque pocos de los jóvenes narradores que asistían al evento en Villa Clara lo habían leído, sí eran bastante conocidas las anécdotas de ese finísimo (a veces grotesco) humor que marca cada línea de su novela Paylock .

A veces, Soleida Ríos los acompañaba en la mesa durante las comidas y siempre Ezequiel la miraba en silencio, pensando en algo que no decía.

-- ¿Tú eres escritora de verdad, negrita? -- preguntó esa vez.

Soleida no respondió. Lo miró sin dejar de sorber la sopa.

-- ¿Con esas trencitas se puede ser escritora? -- dijo de nuevo Ezequiel y miró a Beatriz --. ¿Tú crees que así se pueda escribir bien, Beatriz?

Tampoco obtuvo respuesta. Le había dicho a Gumersindo que tenía una duda: Soleida podía ser un travesti.

-- A mí tú no me engañas, negrita – dijo después de terminar con su plato de potaje. No había apartado ni un momento la mirada a Soleida --. Tú no eres escritora. Tú tienes que ser gente de la seguridad.

Y se relamió el bigote, satisfecho de haber dado en el clavo.

-- Eso mismo –continuó --. Eres una agente, alguien que la seguridad puso aquí para saber lo que hablamos.

 

VIII. MARIO VARGAS LLOSA

Se presenta su última novela La fiesta del chivo y está muy contento pese a las amenazas de muerte que ha recibido en los últimos días. En República Dominicana aún quedan trujilistas que no perdonan que ese sea el tema de su novela: “hay cosas que deben dejarse en el olvido”, dicen.

Los guardias de seguridad del presidente Leonel Fernández, ahora ocupándose del escritor, apenas permiten que alguien se acerque. Vargas Llosa se mueve entre los grandes personajes y de vez en cuando mira al sitio donde le han dicho que están los escritores invitados especiales a la Feria del Libro Santo Domingo 2000.

Al final se acerca. Saluda a los franceses que conoce. Pregunta por otros. Comenta que ojalá les guste el libro, que dejará unos ejemplares dedicados para todos los colegas invitados.

Alguien le presenta a los que no conoce: un ecuatoriano, un argentino, un cubano… y entonces se detiene:

-- ¿Cubano de Cuba? -- pregunta.

-- Claro – respondo, un nudo en la garganta.

-- Pero… ¿vives en Cuba?…

-- Claro – repito, casi inaudible.

-- ¿Conoces a Ambrosio Fornet?

-- Claro.

-- ¿Y cómo está?

-- Bien – digo y me atrevo a murmurar, nervioso --. A cada rato hablamos de usted.

Me mira fijo. Sonríe. No sé porqué de momento una mancha de tristeza o nostalgia asomó a sus ojos. Alguien lo toca en el hombro y él se vira a mirarlo para hacerle una seña de que espere.

-- ¿Conoces a Ronaldo Menéndez? -- dice entonces.

Asiento con la cabeza.

-- Es mi amigo – respondo.

-- Excelente escritor – dice --. Es asombroso lo bien que se escribe en Cuba.

Y se despide con la mano y una sonrisa, siempre los guardaespaldas en torno suyo. Siempre la multitud asediándolo.

 

VII. MARIO BENEDETTI

La Casa de América, en Madrid. Es de noche. Mario Benedetti acaba de leer un poema y baja del estrado. Vuelve a su silla en la primera fila y mira a Juan Manuel de Prada que con su novela La tormenta alcanzó la fama como el más importante escritor español joven y el mote del tipo más insoportablemente pesado del universo.

A sus espaldas, dos narradores jóvenes conversan. El uruguayo Gustavo Escanlar dice bajito, sin escuchar lo que hablan en la mesa redonda, que en Cuba hasta las libertades salieron volando. “¿Vos podés hablar contra Castro cuando se te venga en ganas públicamente?”. El que escucha descubre que Benedetti está oyendo y hace una seña a Gustavo para que se calle y atienda. “Después hablamos”, significa la seña, porque no está dispuesto a dejar el reto en el aire.

Termina la sesión y salen, lentamente, dispersándose en grupos, hacia la avenida. La glorieta de Cibeles es hermosa bajo la oscura noche madrileña.

Siente una mano en el hombro y distingue la sonrisa de Benedetti entre las luces y las sombras del jardín por el que caminan.

-- No te atormentes, muchacho – dice, casi apoyándose en él como un bastón --. No hemos tenido las pelotas que ustedes para cagarnos en la madre del gringo y se nos viene la idea de hablar de libertades.

Salen del portalón enrejado de la Casa de América. Los carros pasan veloces por la avenida, manchando los árboles y edificios con tonos chillones y fugaces. Benedetti hablaba de La Habana como lo haría un cubano. Conocía casi todos sus rincones más notables. Caminaron hacia el auto del escritor de La tregua , una novela que mucho había significado en la vida del muchacho que sigue creyendo un sueño el brazo de Benedetti aún posado sobre su hombro.

-- ¿Vos leíste a Soler Puig? -- pregunta y queda mirándolo, su cara casi pegada a la del muchacho.

-- Soy de Santiago – contesta --. Soler fue nuestro primer maestro.

A Benedetti se le transforma la duda en alegría. Los ojos le chispean, piensa el muchacho, o no sabe si es también por el reflejo de la luz de los carros que pasan.

-- Eso es bueno – le oye decir --. En Cuba muy pocos saben lo que vale ese hombre.

Siente que el brazo se desliza suavemente de sus hombros y ve la mano que abre la portezuela del auto y se detiene, aún entreabierta.

-- Sentí mucho su muerte – dice, esta vez en voz muy baja --. Pocas veces se es gran hombre y gran escritor en una misma medida.

 

VI. SEIS DEL OCHENTA

Aida Bahr les dice si están locos, ¿qué es esa pretensión de hacer un grupo literario cuando la obra aún está por escribir?. En el palomar, así llaman a la casa de Torralbas en la cima de una loma en el reparto Santa Bárbara en Santiago de Cuba, deciden ponerle al grupo Seis del Ochenta . Amir escribirá el acta de constitución que leerán en la Plenaria provincial de Talleres Literarios en ese 1984.

Torralbas (José Mariano), cuentista, poeta, trovador y profesor de matemáticas en el pre Cuqui Bosch. Conoció a su mujer cuando le daba clases en una beca en el campo y fue expulsado por estar con la alumna. En su libro La otra cara está esa historia. Obtuvo el premio El Caimán Barbudo en 1987 y nunca salió publicado como ganó el concurso. El libro hablaba de esquematismos, fraudes, bajas pasiones y amor prohibido, en ese mundo perfecto de la educación cubana de entonces. Cruzó el mar hacia el Norte (en avión) para un adiós (quizás) definitivo.

Garrido (Alberto), cuentista, entonces todavía no poeta, estudiante de pre, hijo mimado de sus asesora literaria, Gladys Horruitinier. Encontró el amor y lo dejó escapar a Moa: demasiadas correrías, demasiados eventos, demasiadas mujeres que eternizaría luego en El muro de las lamentaciones. A los 21 años casi gana el Casa: El otro viento del cristal , entonces, cifraba una realidad demasiado dura. Un día partiría al servicio social a Las Tunas y jamás regresaría. Allá reencontraría a Guillermo Vidal y descubriría a Cristo para su tranquilidad espiritual y para la de su esposa Elizabeth.

Ricardo Hodelín Tablada. Poeta, cuentista. Apostó por la medicina. Hoy es un gran médico.

José Manuel Poveda Ruiz. Nieto del gran poeta santiaguero. Poeta también. Decía que cuentista. El grupo nunca le creyó. Emigró a España. Los hijos lo colman. Su soberana fealdad aún se recuerda.

Marcos González, cuentista puro. El mejor narrador de todos. El más vago. Escribe un cuento por año y lo quema después de leerlo a sus amigos. Los números del Instituto Cubano del Libro apenas lo dejan pensar en la literatura, abrumado en su oficina del Palacio del Segundo Cabo.

Amir Valle, el líder. Rhadis Curí, la poeta invitada. Los amigos: unos cuantos. Los enemigos: la curia mediocre de una ciudad enquistada en viejas glorias. La meta: ganar todos los premios provinciales y nacionales. Los resultados: todos los premios provinciales ganados; nacionales: El Caimán Barbudo, el 13 de Marzo, el David, el UNEAC, el Razón de Ser, el Casa.

En la primera foto del grupo, en el palomar, Torralbas, Amir, Garrido y Marcos (siempre faltan los otros), miran pensativos a distintos sitios que indican al futuro. En la última foto tomada en la azotea de la casa de Amir en la capital (el azar los reunió en La Habana para despedir a Torralbas en 1999), otra vez los cuatro miran al fotógrafo con una alegría rara, nebulosa, en el rostro. Los ojos tristes.

 

V. GUMERSINDO PACHECO

Cuando aún Gumersindo no era Sindo Pacheco ocurrió esta historia de novela que ahora puede leerse en una de las suyas.

Ciego de Avila de mañana sería la locación. El parque central más exactamente. Aún más preciso: un banco en el parque. Cinco seríamos los protagonistas: Neyda Izquierdo, viuda de Wichy Nogueras, Juana Mirta Pedroso, editora, Jorge Luis Arzola, escritor, Gumersindo y yo.

Hablábamos de las malas palabras: se habían leído varios cuentos en el evento al que asistíamos y todos estaban plagados de ellas, justificadas, traídas por los pelos, estruendosas por gusto, "típico de los nuevos narradores", había dicho Neyda, y Gumersindo quiso leer un fragmento de una novela que escribía donde había muchas malas palabras.

Ricardo Armas Salteador y su socio Mariano Jesusón discutían. Las malas palabras no eran tales. Pinga no era mala palabra. Era un palo que usaban los chinos. Cojones tampoco. El machismo en las palabras: pinga era femenino, sería mejor cojones, más viril. Luego la ciencia: los cojones no existían, eran testículos: dos bolitas ahí llenas de pelos.

Gumersindo leía y nosotros escuchábamos y reíamos. Leía en su tono de guajiro gritón y reíamos. Las palabras nos envolvían y reíamos con las malas palabras sin recordar que eran malas. Vimos llegar a una muchacha de uniforme y seguimos riendo y escuchando. Nuevos pasos que se acercaban y reíamos. La sensación de estar cada vez más acompañados, pero escuchando y riendo.

Cuando levantamos la vista, el banco estaba rodeado de uniformes escolares y personas mayores que atendían a la lectura. Al final, pasada la última página, el aplauso, largo, cálido, increíble.

 

IV. VIVIR "EN EL INTERIOR"

En el cuento "Cambiar", escrito en marzo de 1985, y publicado en la revista Muchachas en 1987, luego de haber recibido el Premio Nacional de Cuento Mirta Aguirre, de ese año, un joven descreído decide ingresar en la Unión de Jóvenes Comunistas, para demostrar que había muchas cosas que cambiar en la organización, pero desde dentro.

El escritor Waldo González López, cuando decidió publicar aquel cuento tan duro para el discurso oficial de los años ochenta en la isla, jamás imaginaría que con aquella decisión estaba echando por tierra los argumentos esgrimidos por algunos extremistas y algunos medrosos contra el autor (el todavía inédito Amir Valle, pese a que recientemente ganara el Premio 13 de Marzo, también de Cuento con el que luego sería su primer libro: Tiempo en cueros) .

Arturo Arango, que decidiera publicar el mismo cuento un año después, en la revista Letras Cubanas, tampoco llegaría a imaginar que con aquella publicación se puso fin a todo un año de censuras, chismes, sanciones universitarias, satanización.

"Fue una lección que hasta hoy no he olvidado: quienes vivimos en La Habana, más abierta, más democrática, más flexible por cosmopolita, debemos pensar bien cuando nuestras acciones tienen que ver con autores que todavía viven en las provincias de eso que los capitalinos llamamos "el interior", pues podemos ayudar o joder a alguien, incluso sin darnos cuenta".

Aunque se precia de que "como todo buen oriental que se respeto, vivo en La Habana", no olvida jamás que vino de allá, "de los montes verdes", "del redimido pantano", "del campo", "del interior".

 

III. GUILLERMO VIDAL

Con su eterna imagen de Quijote, las manos apoyadas sobre la mesa, los ojos apuntando al colmado auditorio, José Soler Puig, "el viejo Soler", cariñosamente para muchos de los presentes, asegura: "Guillermo Vidal es tan escritor como yo". Y hay sinceridad en sus ojos.

Es Santiago de Cuba. Es 1984. Y la Casa de la UNEAC santiaguera asiste al nacimiento de uno de los narradores más sólidos de las últimas generaciones de la Literatura Cubana. Se presenta el folleto con el cuento "Se permuta esta casa", Premio de la primera Bienal Marcos Antilla, de narrativa.

Soler, con toda la parsimonia de sus gestos y palabras, con toda la tranquilidad y certeza de su siempre sano y justo juicio, ha eternizado a Guillermo Vidal entre los nombres que La Literatura, "esa diosa casquivana y altiva", al decir de Eduardo Heras León, ha elegido como emisario en la tierra de las bellas letras.

Quizás cuando premiaban el cuento "Se permuta esta casa", del joven narrador Guillermo Vidal Ortiz, los jurados de la I Bienal de Cuento Marcos Antilla , no podían saber que este autor comenzaría sólo un año después una carrera de éxitos y madurez literaria que lo llevaría a ocupar hoy, a las puertas del siglo XXI, un lugar destacado entre las distintas promociones de ese fenómeno literario que la Crítica ha llamado Narrativa Cubana de la Revolución.

Aquellos tres maestros: Onelio Jorge Cardoso, Manuel Cofiño y Ricardo Repilado, tampoco podían conocer que, pese a su talento, su permanencia en Las Tunas, lugar que lo vio nacer en 1952, sería la causa de que muchos de sus triunfos, sus aportes, así como el mismo proceso de su madurez como narrador, fueran lentamente adquiridos, asumidos y reconocidos por la Crítica Literaria del país. Y como para reafirmar una vez más esa máxima de que "nadie es profeta en su tierra", acrecentado además por su modestia sin límites, el prestigio que como narrador ya tiene desde mediados de la década del 80 a nivel nacional en la historia de la Literatura Cubana de fin de siglo, no ha sido realmente comprendido por muchos en esa misma tierra que defiende con un infinito cariño, una paciencia proverbial y una inmensa confianza en el destino que "Dios ha puesto a mi vida".

Eso recuerdan hoy. En casa de Guillermo Vidal, pocos días después del nacimiento de su hijo Guillermo de Jesús, Alberto Garrido, Amir Valle y José Mariano Torralbas, reviven aquella tarde en que se acercaron a ese "genial escritor" del que Soler hablaba para que les firmara la plaquette con el cuento publicado y pusiera simplemente en la primera: " Para ., con el afecto de." y la firma. Hoy el afecto son unos cuantos libros entre todos, unos buenos encontronazos disputándose los premios, unas cuantas pruebas de fuego a una amistad que ya pasa de los quince años.

 

II. EDUARDO HERAS LEON

Alberto Garrido, José Mariano Torralbas, Ricardo Hodelín, Marcos González, Amir Valle, sentados en sillitas de madera, miran a la poltrona donde se ubican los jurados. Alguien les ha dicho que son dioses, que su palabra es lo supremo, que después de su criterio, nada. 1983 transcurre afuera, en la calle Heredia, enredándose en las viejas calles de la ciudad, en los residenciales nuevos, en los rostros sudados de la gente, bien lejos del tiempo detenido en la casona antiquísima de la UNEAC.

Aida Bahr los presenta y sonríen tímida y juvenilmente. Leen, aturdidos, cuentecillos ridículos que les parecen geniales, perfectos, que han sufrido para escribir alguna noche de la caliente Santiago. El jurado los escucha: rostro de mulato achinado, ojos con la misma serenidad de las estampas de Cristo, la luz de la aureola divina flotando en torno, detrás suyo.

Saben, están seguros, escucharan una voz atronadora, fuerte, sentenciosa, que acabará con ellos y sus cuentos: polvo que regresará a la tierra sin otro destino, sin derecho siquiera a la resurrección de la ceniza.

Pero la voz es magnánima, tierna, terrenal. De pronto descubren cuán equivocados estaban: Los hilos de la prosa se descubren, se deshacen. Los personajes se desnudan, raquíticos, débiles. Las historias se perfilan inconformes, inconclusas. Las ilusiones mueren.

-- No cogeremos ni cajita - suelta Marcos y abre los ojos

-- Nos hizo talco - le dice Garrido a Gladys Horuitinier, su asesora literaria.

Ella sonríe. Piensa que aquel encuentro será decisivo para sus muchachos. Lo comenta con Aida, que asiente y sonríe también, satisfecha.

En la tarde, los premios: Torralbas y Hodelín. Menciones para ellos.

Se marchan a sus casas muy contentos, el diploma de la mención en sus manos, el convencimiento de que el Olimpo de los escritores, ese altar que veían tan lejano apenas unas horas antes, podía ser alcanzado si se lo proponían en serio, la seguridad de que le escribirán al Maestro, a Heras, como él mismo les pidió que hicieran, la certeza de que tanta humanidad, tanta humildad, no podía encontrarse en ningún dios.

 

I. SALVADOR REDONET

Piensa que ya es un gran escritor y a todos se los dice: "vendrá a verme un crítico importante de La Habana". Y todos le creen. "Tendré que dedicarme más a lo mío", se dice, y lo primero que debe hacer es olvidar las cartas y los poemas de amor que escribe por encargo para que sus amigos enamoren a las muchachas. Deberá, además, buscarse otra forma de conseguir alimentos para reforzar la porquería de comida que dan en la beca. Hasta ahora el negocio era redondo: una carta a cambio de una lata de leche condensada. un poema a cambio de un paquete de galleticas.

Maritza Ramírez y Aida Bahr se lo dijeron la tarde anterior: "es el crítico de narrativa más importante del país, leyó tu cuento y quiere conocerte". Y todos sus amigos descubrieron su alegría: "no te cabe ni un alpiste más en el culo, Guillén", porque en su aula siempre le dicen así, sabe que con respeto.

Si era de La Habana, y tan importante, debía esperarlo en la misma recepción, le dijeron sus mejores amigos. Ellos estarían allí, junto al resto del grupo, para que el señor se sintiera bien recibido cuando se bajara del carro.

-- Seguro viene en un Lada 2107, de esos que manejan los pinchos gordos - dijo Julio César, siempre enfermo a los carros.

Así lo hicieron: él, sentado en una de las grandes butacas de la recepción, fingiendo leer algo bien importante: La última mujer y el próximo combate , de Cofiño; ellos cerca, velando al camino para avisarles cuando apareciera el Lada.

Apareció a eso de las cuatro. Nadie se dio cuenta hasta que él vio que Aida se bajaba de un yip destartalado, sin puertas traseras, con el cristal delantero estillado en una esquina. También vio bajarse a un negro flaco, desgarbado, enfundado en una pitusa desteñida. Los vio venir hacia él. Vio sonreír el diente de oro del negro y escuchó las risitas de sus amigos cuando Aida dijo en voz perfectamente audible.

-- Te presento a Salvador Redonet. Vino de la Habana a conocerte.

Esa noche, en el autoestudio, Joel y Casamayor le pidieron una carta y un poema. Esta vez sería gratis, le dijeron. No tenían nada con qué pagarle

 
 
Puede escribirle directamente al autor a su email:
 
O a su Agencia Literaria Dr. Ray-Güde Mertin, Inh. Nicole Witt e. K.:
 
     
Columna de opinión del escritor