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CIRIOS, ROSTROS GRISES Y UNA FLOR EN LA SOLAPA

 

 

I

Mi padre ha muerto y no siento deseos de ir a su velorio.

Es sencillo: Un padre puede ser algo así como un animalillo fastidioso que se pasa su vida molestándote y que un día puedes arrojar al rincón más triste de la casa. Quizás alguna araña panzuda de cuenta de sus viejos huesos, pensé entonces.

 

En un rincón del alma.

Ciro dice desde la puerta " tu padre ha muerto " y es como si hubiera dicho " el tiempo amanecerá tranquilo y habrá frío y posibilidad de chubascos y turbonadas ". El parte del tiempo es lo más idiota que existe. También es idiota que pretenda hacerme creer que mi padre se ha muerto. Si sus palabras hubieran sido " tu padre ha decidido morirse ", entonces le creería.

Ciro no lo sabe. No puede saberlo. Para él, vestido de una falsa tristeza que le mancha su uniforme, mi padre está real, efectiva, tácitamente muerto. Es crédulo como todos los policías cuando se enfrentan a la muerte. La credulidad de los policías tiene que ver mucho con el azul de sus uniformes. El paraíso es azul, dicen. El cielo, al menos en su parte visible, es azul. Y al paraíso o al cielo se van los que mueren. O su alma. Habría que determinar si ese cadáver que encuentra un policía es la verdadera víctima o si no es él mismo el amo de toda la culpa de su muerte. Preguntarse si no fueron ellos mismos quienes decidieron apostar por un mundo signado por la cabellera negra de la Parca. Los policías, igual que las viejas chismosas, siempre piensan que los muertos son irremediablemente buenos. " Tan bueno el pobre ", mascullan las viejas y se dicen los policías ante el rostro lívido del cadáver.

Ciro es policía. Cree firmemente que la muerte arrebató a mi padre. Hace años Ciro fue mi amigo. Mi padre pasaba la mano por su cabeza de greñas duras y decía : "cará, negrito, igualito a tu padre ". Y Ciro reía, orgulloso. Mi padre lo veía marcharse después de jugar en el patio conmigo y los otros muchachos del barrio. " Un trozo de carbón el condenado", decía , "tan burro como su padre".

-- Apareció ahorcado - dice Ciro. Parece una mancha azul atrapada en el marco carmelita de la puerta.

Entonces le creo.

 

 

II

Mi padre colgado por un alambre del cuello, los pies estirados, balanceando sus callos rugosos y prietos, la cabeza tirada a un lado y la lengua saliendo por un costado, como un perro muerto, nada tiene que ver con su persona. Sólo el alambre, las púas del alambre ahora manchadas de sangre coagulada, verifican que es mi padre ese pedazo de carne fría y tiesa que aún cuelga de la viga del techo. La silla que presidía las comidas está tirada de lado cerca de sus pies desnudos, todavía malolientes. Nadie ha notado el detalle. Sólo miran al muerto. Lo bajan y no aparece una pinza para cortar el alambre. Se ha enterrado en su garganta y deja escapar grumos negruzcos de sangre cuando tratan de removerlo. Sólo por el alambre sé que es mi padre ese bulto ante el cual se persigna Amalia cuando lo ve pasar en la camilla. Hay hombres que hasta para morirse son distintos. Otros optarían por el artificio común: una soga nueva, maciza, fuerte, que sólo partiera la nuez de adán y adiós aire. Los menos buscarían los cables forrados de nylon o plástico: únicamente quedaría la marca fina dela presión en la parte cortada del cuello. Un alambre de púas no es siquiera una opción, salvando el hecho de que nunca aparece en las ciudades.

El alambre cortó y trozó, las púas se hundieron en la carne y los ojos de mi padre se salieron de sus órbitas, felices, siempre verdes. No hay lumbre en el metal. El óxido de días de lluvia y hasta esas trazas de resina vegetal hacen pensar en su inseguro origen: mi padre caminando por una guardarraya, acercándose a la cerca de árboles unidos por cuatro líneas viejas, herrumbrosas, de alambre de púa, sacando una pinza que corta un pedazo y lo desenreda del tronco. De regreso a casa, Amalia habrá de preguntarse qué hacía el viejo Norge, hundido en su impecable guayabera blanca, con un pedazo de alambre sucio en las manos y los ojos llenos de una luz muy rara.

-- ¿Desde cuándo vive sólo su padre? -- pregunta el policía que ha estado hablando con el otro que lleva una bata de médico, abierta y descuidada.

-- Desde que vino al mundo - le digo.

La ambulancia se abre paso entre el tumulto. Su sirena se aleja.

 

Una flor en la solapa

En la foto, rasgada en su misma mitad, aparecen Mamá y mi padre. Ella parece un ángel vestida de blanco. Mi padre tiene los ojos verdes. Sonríe. Ella también sonríe.

Si se mira detenidamente la foto se encontrará un detalle que podrá servir para entender porqué no siento deseos de ir al velorio: mi padre tiene los ojos verdes, ya lo dije. Debo agregar: mi padre tiene los ojos verdes, vacíos.

Un día mi padre regresó a casa con el hueco de un tiro que le había atravesado el hombro. Sangraba. Mamá lloró mientras curaba su herida y él la veía hacer, recriminándola por sus lágrimas. Lloró toda la noche. De madrugada quise verla y me fui de puntillas: la lamparita encendida, el trasero blancuzco de mi padre bajando y subiendo, Mamá con las piernas abiertas, los ojos perdidos en un sitio impreciso del techo, mi padre jadeando, su espalda atravesada por una tira blanca, sangrante allí donde el tiro abrió el agujero, ella callada, mi padre bufando, ella sin dejar de mirar a las vigas, mi padre gritando " me vengo, cojones " y quedándose quieto y apartándose, ella secando su entrepierna con el blumer y virándose de lado. Luego la oscuridad.

-- Nos vamos a morir - dijo Mamá desde una esquina de la mesa. Mi padre bebía a sorbos el café con leche.

-- La vida es sacrificio - respondió mi padre --. Siempre supiste que para mí lo primero es lo otro. Deberían entenderlo.

Le gustaba vestir de blanco. Mamá lo conoció en un baile del pueblo. Llevaba una flor en la solapa que ella conservó dentro de un libro hasta mucho después de su muerte. Los pétalos eran grises cuando abrí aquellas páginas y un olor a cosa muerta, podrida, se regó por todo el cuarto.

Si hubiera mirado la foto detenidamente, quizás podría responder muchas preguntas. Estuvo años encima de la mesita, protegida del tiempo por el grueso cristal. Como un adorno. En las casas no deberían existir adornos. Uno no los mira. Cuando los coloca en el sitio justo que elegimos, allí donde se piensa dará más vida a la casa, no se sabe que alguna vez serán como paredes, que se saben ahí y no se miran. Hay fotos que se colocan para ser miradas en sitios bien visibles y es como si se guardaran en el cajón más seguro. Alguien llega un día diciendo " ¿fue en la boda ?", y entonces descubrimos su presencia. Debería decir: " redescubrimos su existencia ".

Si hubiera mirado la foto detenidamente; si hubiera descubierto ese rostro que sobresale en el fondo, junto a los testigos que miran a los novios; si años después otra vez al lado de mi padre, en las fotos de los periódicos y las noticias de la nueva era, hubiera descubierto aquella misma nariz, aquella misma mirada de ojos leoninos, aquellos mismos gestos altaneros, quedarían respondidas muchas preguntas.

Veía a mi padre en la prensa, escuchaba su nombre en los noticiarios radiales, disfrutaba la blancura de sus guayaberas blancas y de sus trajes en los programas de la tele. A veces, alguna noche, sentía sus pasos descalzos rumbo al cuarto de la criada Aurora. A veces, en el desayuno, entre tostadas y jugos de naranja y el eterno vaso de leche cargado de mucho café, sus ojos verdes se clavaban en mi nuca.

-- Le echas de menos a tu madre, ¿verdad?

Nunca respondía.

-- Yo también la echo de menos - decía --. Era una santa.

Siempre con su guayabera blanca. O sus trajes en los días de grandes eventos. La flor en la solapa.

Lorna encontró la frase en una vieja revista. Salvador Dalí se tensaba sus bigotes y sacaba la lengua. Estaba viejo. Vestía un amplio traje negro que le hacía parecer un monje:

Picasso es un genio,

YO también.

Picasso es comunista

YO tampoco.

-- Tiene que ver con nosotros, ¿verdad? -- dijo, mirando de medio lado el recorte.

-- No mucho - contesté -- ¿Lo escribimos a nuestro modo?

-- ¿Qué pondrías? -- preguntó.

Le dicté y quedó colgado en la pared de mi cuarto.

Lorna llegaba por las tardes y Aurora nos servía emparedados de jamón y queso y refrescos de cola o malta con leche. A veces helados. Lorna se desquiciaba con las almendras escondidas en el chocolate y apostábamos al que más hiciera crecer su lomita de almendras rescatadas de aquella crema achocolatada.

Lorna tenía los ojos negros, profundos. Los cabellos negros, lacios, brillosos. El pubis era una pendiente suave de cerdas olorosas y alocadas que se retorcía y marcaba el centro justo de su bajo vientre en sus ataques de epilepsia. " Por eso te gusto ", dijo un día, " no conocerás a nadie que se viene con epilepsia y todo ". Le encantaba pescar las almendras escondidas en las bolas frías del chocolate, sacándolas finamente con sus dedos pulgar e índice, antes de hacer el amor. El ganador colocaba las almendras en el cuerpo desnudo del otro y comenzaba a morderlas, chuparlas, besarlas.

Creo que ya dije que mi padre tenía los ojos verdes, vacíos. Esa tarde los trajo repletos de rabia. Sentimos su hedor en el pasillo y aún así continuamos lamiéndonos. Lorna maullaba. Confundía mi glande con una enorme almendra y lamía y maullaba. Mi glande se erizaba, ennegrecido, tornándose la almendra que ella degustaba. También yo maullaba.

Para hacer honor a la verdad debo decir que mi padre nunca molestaba. Sentíamos sus pasos de un lado a otro del pasillo. Maullábamos. Olíamos el hedor de su rabia colándose por las rendijas de la puerta cerrada. Maullábamos. Finalmente se escuchaban sus pasos hacia el cuarto de Aurora y después los gritos, los jadeos y un " me vengo, cojones ", gritado, alto, atravesando las paredes y llegando a nuestra cama. Entonces hacíamos silencio. La paz comenzaba a inundar como una bruma el espacio antes explosivo de la casa.

Lorna tenía mi almendra en su boca. Yo maullaba. Habíamos sentido los pasos de mi padre en el pasillo. Cesaron de golpe. Las nalgas de Lorna quedaron quietas, abiertas, entre mis manos, hundido mi deseo hasta el último centímetro en su agujero negro mientras mis dedos se perdían en su vagina empapada. Maullaba quedamente. Mi padre bajó las escaleras y retorné al frote, al taladrar incesante sobre aquellas nalgas. Lorna maullaba. " Ahora sé qué se siente al ser Dios ", le dije y ella me espetó: " ¡clávame más! " Y al clavarla, maullaba y se retorcía con pequeños griticos.

Lorna tenía mi almendra en su boca cuando mi padre entró. Se podía oler su rabia. Los ojos verdes, aún vacíos, pero llenos de lágrimas.

-- ¡Puercos de mierda! -- gritó - Respeten esta casa.

La escena detenida. A veces, en las películas, el director detiene la cámara en el rostro de la gente, para lograr una quietud explosiva que enriquezca la trama. Poca gente sabe que esas escenas, casi repetidas, recurrentes, también en la vida pasan.

Luego sus ojos. Vacíos. Húmedos. Dalí sacándole la lengua desde una pared. Los duros trazos de la letra de Lorna, la huella sobre el papel de lo que le dicté la tarde en que encontró el recorte, la negra claridad de mis palabras:

Mi padre no es un genio,

YO también.

Mi padre es comunista

YO tampoco.

 

 

III

Dicen que ese hombre más allá del cristal una vez fue mi padre.

Ahora yace extrañamente quieto. Los ojos cerrados. Aurora me dice que ha visto un brillo húmedo en uno de sus ojos. Algo como una lágrima. Sé que no es cierto.

Está canoso. Ese hombre que yace tendido sobre la tela blanca del ataúd nada tiene que ver con el que aparece en la foto de la sala. De pronto entiendo: Nunca pude recordar su rostro. Cuando lo veía en las noticias, un raro halón de la vista me hacía fijarme en sus eternas, limpísimas, aristocráticas guayaberas blancas. De su cara sólo perfilaba el brillo metálico de sus espejuelos, el destello de algún flash sobre sus cristales.

Aurora señala a las coronas: " ¿viste?, menos mal que se acordaron ". Una chica, de una redondez dudosa y flores mustias, de rosas de un rojo podrido, oscuro : A Norge, de sus vecinos, que jamás lo olvidan . Una bandera de flores: Norge, la muerte es sólo un paso hacia el pecho eterno de la patria.

Y los dolientes: ¿él?, ¿Amalia? ¿Aurora? ¿Ciro, el policía? ¿El viejito que siempre fue su pareja en el dominó de la esquina? Las sillas vacías. Una risotada que entra desde el parqueo de las carrozas fúnebres. Los gritos de esas mujeres que velan en la otra capilla a lo que alguna vez fue su padre. Todas las sillas llenas. Gente de pie como en los grandes conciertos.

Y de pronto los versos, ¿por qué los versos? Una voz que me taladra el cerebro:

Han hecho bien en quitar la bandera de la caja,

porque si está la bandera, no sé, no podría estar.

-- Aurora - le digo. Está llorando. Levanta la vista y puedo ver una nube gris en el fondo de sus ojos. - Por favor, que quiten esa corona.

 

El país de las sombras largas

Ciro, en su credulidad de policía, cree firmemente que mi padre es un héroe.

Según la psicología, en sus estudios sobre el influjo de la modernidad en el comportamiento del hombre moderno, el suicidio se produce en momentos de obnubilación extrema. Según el diccionario, suicida es el o la que se mata voluntariamente . No ha de creerse ni a psicólogos ni a lingüistas.

Si un hombre común, un ciudadano con número de identidad como todos, pero un hombre común al fin y al cabo, sin otras resonancias, se tira en la línea del tren, la gente dice que estaba loco. Si el suicida se encierra en su cocina y abre la llave del gas y es conocido por algunos, pero también con poca o simplemente alguna resonancia, entonces es un pobre diablo. Si es alguien querido, conocido, importante en su entorno, junto a los "qué lastima", comentan que tuvo los cojones bien grandes y lo rodean de una aureola heroica Por el contrario, si es alguien notorio, de esos que deciden destinos humanos, que salen a diario en las noticias y siempre son noticia, y se levantan la tapa de los sesos de un magistral pistoletazo, entonces es un cobarde.

Visto de ese modo, ese señor de cara blanca y canas amarillas que duerme bajo ese cristal que se opaca de cuando en cuando con las únicas lágrimas de Aurora, es decir, mi padre, es un cobarde.

-- Tu padre está solo - me dijo Aurora, la frente arrugada, las canas cubriéndole a mechones el pelo. - Está viejo y solo.

-- Nació solo - contesté.

-- Tu padre está solo - me dijo Ciro -- . Lo han dejado solo. Aurora vive ahora con sus hijos.

-- Se hubiera sentido contento de ser el único hombre en el mundo - dije.

" Mi padre está solo ", pensé. Como un esquimal, lo han dejado en su iglú y esperan a que muera. Lo esquimales, se dice en El país de las sombras largas , entienden como algo natural que la gente, cuando se hace vieja, se convierte en un estorbo. Al saber que ha muerto, van hasta el iglú apartado de la aldea o hasta la cueva donde ha vivido el difunto, la sellan, y encomiendan el alma del muerto a los espíritus.

" Tu padre estaba solo ", dice Lorna. Viste toda de negro. Entró a la capilla y vino a sentarse a mi lado. Tiene los ojos negros, el pelo también negro, lacio, brillante. Le gustaba el jugo de naranja y las tostadas en la mañana, el helado de almendras y chocolate. En el cuartucho adonde fui a vivir cuando mi padre me botó de la casa, donde aún vivo, no había tostadoras ni heladeras, ni dinero para comprar naranjas, pan y helado. Lorna ya tiene barriga de mujer parida.

-- Desde la ida de Aurora - dice --, iba a verlo por las tardes. Me encerraba en tu cuarto y me pedía maullar. Se masturbaba con mis maullidos. Así pagué la comida que alimentó a su nieto todos estos años.

 

 

IV

Huele a orine y a flor podrida. Es decir, apesta. En un rincón, en lo que fue un urinario para hombres, se amontonan dos hileras de coronas, dejando libre, justo al centro, el espacio de una taza ahora partida. Flores negras, secas. El piso también cubierto de viejas coronas.

Lorna tiene los ojos negros, profundos. Su pubis es una pendiente de cerdas enredadas. Huele a pescado. La masturbo mirándola a los ojos. Siento su clítoris grande, largo, distinto a la pepita casi invisible de aquellos años. Cierra los ojos. " ¡Mírame !", le digo y vuelve a abrirlos. Siento que se viene. Mis dedos se embarran de una pasta caliente que se endurece en unos segundos como el almidón. Entonces se arrodilla. Sus manos hurgan, bajan mi cremallera y de nuevo su boca aprisiona la almendra violácea que muerde y lame mientras ronronea. La aparto bruscamente. Sus ojos. El asombro. Mi mano apretando un glande que escurre su jugo sobre las coronas del piso.

Lorna entra en el urinario, se acomoda entre las dos hileras de coronas y me abre sus nalgas. Su agujero negro esparce sus lazos y me atrapa. Coloco el glande sobre la abertura oscura y empujo y siento que me hundo. Mis dedos buscan su vagina empapada y también hallan fondo. La taladro. Lorna maulla y afuera alguien pregunta qué pasa, porqué está cerrado el baño de los hombres. El hedor me excita. Flor podrida. Orine. Pescado. Semen. " ¡Clávame fuerte!", y la clavo. Maulla. La clavo. Un maullido largo. La clavo y me aprieto contra ella. Maulla. " Oigan, qué coño está pasando ". Me vengo. Los toques en la puerta. Lorna que se estremece, maullando. " Me vengo, coño ", dice, y hay espuma en su boca. Se estremece. Su boca. Sus ojos que se viran. Me desclavo. Un espasmo. Lorna que cae al piso, convulsiona. La puerta: " ¡abran ahí! ". La espuma. Un alarido de Lorna. Mi glande bota el semen. Lorna tiembla. La sujeto. La espuma de su boca. Un alarido. ¡Abran! La lengua. se la traga. La patada en la puerta. Las coronas que caen. Mi mano tras su lengua. ¡Abran! : otra patada. Mi cuerpo sobre Lorna. No le suelto la lengua. ¡Abran, carajo!. ¡Mierda!, suelto: Y es Lorna que me muerde. Mi cuerpo sobre el suyo. Mi mano ahí en su boca. Mis dedos en su lengua. Las convulsiones. ¡Abran!. La puerta que se abre.

 

Cirios, rostros grises.

Ciro, en su credulidad de policía, piensa que me ayuda haciéndose responsable. Sus colegas se han marchado detrás de la ambulancia que se ha llevado a Lorna. En sus ojos descubrí su deseo de meterme en una celda. Primero retiré la bandera, ahora esto. ¿No me daba vergüenza? Mi padre, el héroe, donde quiera que estuviera, seguro había oído el escándalo. La gritería de Lorna en el baño mientras la clavaba. Siento ganas de decirle que si lo hubiera oído realmente, ahora se estaría masturbando. Estoy tentado de pedirle que destape la caja para que vea las manchas de semen en la tela de la tapa, allí, adonde apunta el rabo de mi padre.

Por primera vez en toda la mañana, la capilla está repleta de curiosos. Tienen los rostros grises, los ojos brillosos, burlones. El ataúd de mi padre permanece aislado, olvidado, en el mismo rincón adonde lo pusieron los funerarios. Cuatro simulacros de cirios velan el féretro. Los presentes me miran. Mascullan en voz baja. Aurora otra vez se ha ido a llorar junto al cadáver y nadie la mira. Amalia dormita en un sillón con la boca abierta y nadie la mira. Ciro clava los ojos en la lycra apretada de una conserje que ahora limpia el baño de los hombres. Nadie lo mira.

Un tufo a pescado muerto sube desde mis manos. Huelo mis dedos. Es el olor de la vagina de Lorna. Fuerte. Insistente. Siento los dedos como si hubiera comido un helado y me los hubiera embarrado: Pegajosos.

-- Dame un cigarro - le digo a Ciro.

Aspiro el humo y el olor a pescado se aleja. La gente me mira y masculla. Amalia llora quedamente junto al ataúd. A las diez lo entierran.

 

 

V

En la foto, Mamá y mi padre parecen decir que se amarán para siempre.

Si se mira la foto detenidamente podrá observarse que mi padre tiene los ojos verdes, vacíos. Debiera decir además que Mamá está contenta. Sería injusto olvidar que mi padre también sonríe.

Los dos sepultureros bajan el ataúd al hueco. Aurora deja caer una flor que arranca de la corona. Amalia reza en voz baja y Ciro me pasa el brazo sobre los hombros, compasivamente.

Ciro, en su credulidad de policía, sigue creyendo que mi padre es un héroe. Cuando tiro sobre el ataúd la foto donde Mamá y mi padre parecen jurarse amor eterno, me mira intrigado. La foto va cayendo lentamente, flotando en su trayectoria, y se cuela hacia el féretro húmedo, negro y casi podrido que hay al lado del ataúd donde yace mi padre. Un sepulturero se desliza por el hueco, los pies a los costados de la caja, y se va a inclinar para colocar la foto donde entendió que yo hubiera querido.

-- Déjela donde está - lo detengo --. Ese es el sitio que Dios le dio.

Abandonamos el cementerio: Ciro de bastón de Amalia, Aurora siempre a mi lado, el compañero de juegos de mi padre caminando de último. Un carro de cristales oscuros entró por el portón cuando salíamos. Frenó lentamente a pocos metros de la tumba de mi padre. Ciro, Aurora y yo nos detuvimos a mirarlo. Dos hombres se bajaron. Traían la bandera de flores y la colocaron, parada, hermosa, sobre la tapa de la sepultura.

Ciro me miró y bajé la vista. Quiso volver. Había un brillo raro en el fondo de sus ojos. Lo agarré por un brazo.

-- ¡Déjalos! -- le dije --. De todos modos, ellos le deben ese homenaje.

El humo de las chimeneas de las fábricas ennegrecían el cielo. Una capa uniforme de nubarrones oscuros, grises, sepultaba todo el azul. Un aire húmedo se arremolinaba y levantaba las hojas de las calles del cementerio mientras salíamos a la ciudad.

En la foto, ahora cobijada bajo la tierra por un calor ajeno, Mamá y mi padre juraban amarse para el resto de sus vidas. Si se mira detenidamente la foto podría decirse que mi padre tenía los ojos verdes, vacíos. Podría entenderse también que Mamá estaba muy feliz. De cualquier modo, la felicidad es algo tan fugaz que a veces resulta un secreto eterno para los que, a pesar de que siempre se dice lo contrario, aún creen en ella.

Septiembre, 1998

 
 
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Columna de opinión del escritor