Pedro Juan Gutiérrez
Jorge Franco Ramos
José Carlos Somoza
Yanitzia Canetti
Fernando Iwasaki
Alejandro Aguilar
Mireya Robles
Daína Chaviano
José M. Fernández Pequeño
Juan Ramón Biedma
 
Edition Köln
Editorial Almuzara
Agencia Literaria Mertin
Editorial Plaza Mayor
Editores Terranova
Editorial CH BOOKS
Cubaliteraria
Editorial Cursack Books
Librusa
Negra y Criminal
Editorial Verbum
 
La Habana Elegante
Gangsterera
Ficticia
Babalú Blog
Cañasanta
Arique
Los Noveles
La peregrina
AnikaEntrelibros
 
Cubasincadenas
Cuba Underground
Encuentro en la red
Revista Consenso
Revista Arrebatus
Cubanalisis
Cuba Europa
Contacto Cuba
Bitácora Cubana
 
 

En qué planeta de qué galaxia se esconde ese viejito de ojos risueños con mucho de mago y de Dios que resolverá que ellos contesten esas preguntas y que luego mediante el poder de la Fuerza, quizás diciéndole: Justo Marqués, la Fuerza está contigo, lo ayude a publicar las respuestas a esas preguntas que ahora hace y que ya ellos han respondido mes tras mes, aunque cuando los apunta el micrófono del escritor de esta novela, un tal Justo Marqués amigo de ellos, nadie mueva un labio y los ojos se le abran y la cara se les congestione en una mueca y las manos le tiemblen aunque sea ligeramente y den la espalda diciendo un "estás loco, Justo, ve a joder a otra parte", para que él tenga que irse a joder a otra parte que es el cuarto de su casa donde la Underwood sigue enseñando sus teclas azules, casi nuevas, con la E hundida y una cinta casi gastada y las hojas robadas de veinte en veinte del periódico, cada día, comiencen a pasar ya de la página cien de esa novela que no ha querido hacer tan larga porque es parte sólo de una trilogía en que sí tratará de llegar al fondo, no como ahora, mostrando al grupo aunque basándose en su propia historia, la de Justo Marqués, sino en tres historias particulares que comenzaron en un mismo momento y llegaron a tres lugares distintos: una emisorucha de mierda en un pueblito de un municipio de una provincia del interior del país, un reportero del estelar NTV y un dirigente nacional de los periodistas.

Las preguntas nacen ahí, manchando la fina capa de bagazo del papel y él las imagina contestadas por sus amigos: cada uno responde una pregunta en una larga disquisición desbarre descarga contra lo malo de sus profesiones, según lo que piensa que contestarían, si tuvieran valor de hacerlo, de acuerdo a lo que han dicho todos estos meses en cada una de sus íntimas reuniones, en los comentarios de pasillo o de parada, en su vida común de gente común.

Debía estar loco, sí. Había que tener unos cuantos tornillos flojos para creer que en algún sitio publicarían un trabajo donde los periodistas dijeran lo que realmente pensaban de su profesión y sus trabajos; no la versión oficial, sino la privada, la que cada uno de ellos guardaba para masticar sus insatisfacciones y frustraciones como se masca un chiclet que ya ha perdido todo el sabor y sólo es una masa insípida que uno puede mover a su antojo en la boca sólo para engañar al hambre.

Nelia, aún con sus espejuelos y su machorrería cada vez más escandalosa, ni siquiera miraría las hojas si él se atreviera a responder por ellos, con sus respectivas y confesadas y masticadas y mil veces repetidas verdades, aquellas preguntas que había pensado mucho durante días para demostrar que él no era la única oveja negra.

Pero resultaba que en la gran manada había muchas ovejas negras que iban al peluquero a decolorarse y se dejaban la lana de un blanquísimo exquisito. El había preferido siempre mantener sus cerdas negras. Si algún día blanqueaban, que fuera por causa del exceso de sol o de los años. Y eso le había costado unos cuantos tragos de hierro hirviente que le habían dejado la garganta con deseos de gritar, pero sin poder hacerlo.

El pastor se molestaba con aquella diabla negra que siempre se salía en busca de las flores que se veían más allá de las cercas que él había clavado allí para mantener al rebaño a raya y había pensado más de una vez sacrificar al loco animal. Obtendría de ese modo un doble beneficio: se libraría de estar cayéndole detrás todo el tiempo y se hartaría con su carne jugosa y alimenticia, pues eso de que la carne de carnero era excelente hasta para levantar a un muerto, a una legión entera de difuntos, a todo el infierno mismo hastiado de las ollas del aburrido de Satán, no era cosa de mito.

Había escrito la entrevista.

Allí estaba, amontonada a un costado de su Underwood (por esos días la computadora se le había roto y aquella novela se había brotado así, materializándose, de dos lugares bien distanciados por la tecnología y el desarrollo humano) con las últimas respuestas y el cierre naciendo aún en esa hoja de papel que se movía con cada golpe del espaciador en el rodillo

Que no quisiera escribir, no decir que hasta Berta lo ha mirado atravesado después que ha terminado esa entrevista última porque sabe -- dice saberlo, lo asegura hasta con rabia -- que ellos nunca reconocerán que dijeron todo eso, ni que lo piensan y lo creen con todo el fanatismo de sus reporteras almas.

No quisiera escribirlo, pero lo hace, y en el papel queda escrito que también ella se ha opuesto a esta novela que ningún jurado en tu tierra premiará, ninguna editorial publicará, ningún escritor con dos dedos de frente aceptará, aunque digas las verdades más grandes del mundo, porque ya sabes, Justo Marqués, que la verdad, ¿oíste?, LA VERDAD, la que verdaderamente es VER-DAD, es la oficial, la que late en las pancartas, en los spots de la tele, en los discursos oficiales, en las concentraciones, y no esa que quieres hacer ver en tu novela, no esa que ha salido de cada uno de tus personajes, como si en vez de Ciudad Jamás Perdida tu novela se llamara Con las dagas del miedo o La Mordaza o Mordida de Lobo, como en un inicio, porque al fin y al cabo, dime, ¿quién es el Lobo? ¿Cómo sobrevives a la mordida de ese Lobo omnipotente y omnipresente que pintas?

"Rompe la novela, anda", dice y se pega melosa a Justo, como siempre que quiere algo, aunque sabe que él la rechazará, molesto, brusco, como lo hace, para perderse por la puerta de la casa rumbo a la calle.

A veces ha pensado que podría tener razón. A veces la ha escuchado sin responder cuando ella le ha dicho que ése en realidad no es el Justo Marqués que ella conoce, que ha compartido con ella todos estos años y estos sueños: en la novela aparece otra persona bien distinta, inconforme, rebelde, intransigente, "como si te hubieran cambiado y puesto a otro en tu lugar", dice, y que ese tipo que ha perdido hasta la esperanza no es este que se sienta a escribir esa novela después de conversar largas horas sobre el muro del malecón, fabricando sueños, mirando la ciudad nacer a la noche románticamente, lumínicamente hermosa y abierta, besando como si fuera el inicio del mundo caminar por estas calles repletas de baches y montones pestilentes de basura y escombros de las casas que se van derrumbando día a día también, pero muy diferente a esos derrumbes que en la novela de ese otro Justo Marqués arrastran consigo no sólo polvo y ladrillos partidos y vigas dobladas y columnas rajadas y pedazos de madera carcomidos por el tiempo, sino a la propia gente que también se derrumba y se cansa y se muere en su propia monotonía y conformismo.

"No entiendo", dice. "Estás lleno de sueños y escribes una novela donde ni siquiera hay espacio para soñar", donde los sueños se suicidan cortándose las venas en cualquier cuartería o rincón de la ciudad, donde la mierda cabalga por las calles de una Ciudad Perdida como una policía montada que vela eternamente por los destinos de la gente y de las cosas, donde ni siquiera Justo Marqués busca una salida porque apenas cree poder lograrlo. "Tanto es el ahogo", dice, "que yo me ahogo leyendo, y creo que eso mismo le pasará a cualquier jurado, editor, gente común" que se decida a conocer qué mordida puede dar un lobo en una obra que comienza con una nota donde alguien censura la actitud del escritor de la novela, a quién morderá, y repito, quién es el lobo.

Quién la oveja que ahora va por la acera sin mirar donde pisa, con la mente a miles de años luz de aquellos sitios, y que de pronto choca y ¡comemierda!, mire p'alante y no ande por las nubes y cruce la calle y vaya a sentarse en ese banco del parque donde ahora da la sombra de este framboyán inmenso y sienta que la brisa se revuelque en ese césped que el viejito corta y empareja y que llegue corriendo desde aquel extremo del parque, en remolinos húmedos, a batir en su cara la certeza de que ya está a punto de llover. Y no le importa.

La lluvia comienza primero en unos goterones aislados que caen como perdigones sobre la tierra seca, sobre las hojillas del césped que el viejo ha dejado de cortar para ir a refugiarse en la casita de las herramientas que se esconde a un costado de lo que alguna vez fue una bella fuente, sobre la cara rugosa y cuarteada de la Venus que aún se yergue con todo su orgullo de buena hembra en medio del redondel que seguro hace muchos años estuvo lleno del agua que brotaba de la fuente, sobre la camisa de Justo que se levanta y corre a refugiarse en la glorieta.

Está solo. La lluvia se convierte en una cortina blanca que la brisa corre y descorre de un lado a otro del parque y que él tiene que esquivar moviéndose de columna en columna. Ha visto pasar a un grupo de muchachos de uniforme, las camisas quitadas, amarradas a la cintura, chapoleteando en los charcos; a una pareja, abrazados, que de pronto se detuvo y se besaron con el agua corriéndole por el pelo y el rostro (no recuerda dónde lo vio, pero está seguro que alguna película cubana tiene esa escena y que en Los paraguas de Cherburgo hay también algo muy parecido).

Puede mirar a la gente que pasa corriendo, a los carros que vuelan por las calles levantando el agua de los charcos, a la mujer que se asoma al balcón y recoge apurada una sábana vieja o a esa anciana que también sale y carga a un perrito negro ya todo empapado, y de pronto algo le dice que es como si él fuera Zeus y mirara desde el Olimpo, protegido detrás de las columnas, aunque de ninguna forma estuviera en sus manos regirles el destino. Tiene tiempo para pensar. El agua sigue siendo una cortina cada vez más fría que ya comienza a correr en riachuelos tormentosos hacia las alcantarillas y el cielo mantiene su cara de nubes negras.

¿Cómo se atreve a pensar que es Zeus, que puede regir el destino de alguien? Se sonríe. Nunca, ni siquiera cuando se sentía dueño de su vida, cuando su mayor reto era vivir alejado de la sobreprotección de sus padres por su condición de hijo único; ni siquiera entonces había podido trazarse su camino. Un día, mucho después de que discutiera y se peleara con un viejo maestro por causa de ello, descubrió que podía existir la posibilidad de que en un país todos los destinos estuvieran ya trazados, y la crudeza de ese fatalismo lo hizo sentirse tremendamente inferior, estúpido, burlado.

Había llegado a creer, a fuerza de repetírselo a él mismo y gritarlo a todo el mundo, que él era el único culpable de sus errores y sus triunfos. Poco después, cuando la muerte de su primo Andrés en Angola le llegó como una realidad apabullante que lo tuvo sumido en un marasmo de niebla y recuerdos y nudos en la garganta y malas palabras no dichas, supo que había una realidad superior, un fatalismo histórico, una presencia etérea y poderosa, que trazaba en un gran libro el camino de cada persona en aquel país, su país, y que existía un novelista genial, supremo, merecedor del Nobel más Nobel de los Nobeles, quizás un conglomerado de novelistas estilo Corín Tellado, que había escrito página a página la historia presente y futura de aquella tierra, siempre guiados por un ser superior (en realidad de ese ser superior era el mérito literario) que indicaba las vías y caminos y los atajos, si eran necesarios. Pero la más pura verdad, la realidad más absoluta es que allí, junto a él, todos tenían su destino escrito en algún libraco en los Palacios Reales de la nación.

Quizás esa vieja negra de pelo blanco (un fósil porque cuando a los negros se les pone el pelo blanco es que son tremendamente viejos) era una maestra que había asistido a una escuela todos los días de su vida y su destino final era estar recogiendo el perrito cuando llovía, después de estar todo el día en la cola del pan, de las viandas, del pescado y toda la noche peleando porque el marido de su hija no le deja ver la novela y prefiere el canal de los deportes. Por esa razón, y ahora es que comienza a entenderlo, es que su forma de agacharse, buscar en el balcón debajo de la mesita de los tiestos de flores y cactus, y levantarse con el perro entre las manos, como quien agarra un trapo mojado, alejándolo de su cuerpo, le pareció como estudiada, pensada, tal vez monótona.

Quizás la mujer que recogió la sábana llena de remiendos, huyendo de la lluvia como quien huye de un escupitajo que ve caer hacia ella con su boca abierta de asquerosa humedad, alguna vez marchó por el polígono de alguna unidad militar en algún desfile histórico ante los Grandes Elegidos llenos de estrellas y ramas de olivo y panzas que no caben en sus uniformes nuevecitos y sin usar, como dice la canción, y se enorgulleció cuando uno de ellos colocó en su pecho la metálica frialdad brillantemente falsa de una medalla. Las manchas que Justo había creído descubrir entre remiendo y remiendo y que la mujer trataba de borrar con el abracadabra blanqueador del sol; el cuidado, casi preciosismo, con que la mujer quitó los palillos de colgar de los extremos de la sábana y la delicadeza tierna con que abrazó aquel pedazo de tela semiblanca, indicaban cuán valioso era para ella aquella pieza que nada tenía que ver con el esplendor y sí mucho con la eterna continuación del sacrificio de su carrera.

Quizás esa pareja que aún podía contemplar abrazados y todavía besándose refugiados en el tronco grueso del framboyán más lejano, trabajaban en una corporación o firma o en turismo y dedicaban sus horas de ocio a pasear por la ciudad, mirando lo que apenas tenían tiempo de ver en sus agitados oficios: tal vez ella carpetera, por la rara habilidad y la seguridad de sus gestos; tal vez él ejecutivo, por la tranquilidad con que abrazaba lo que a las claras sabía que era suyo. Justo pensó que aún amando a Berta con la fuerza con que la amaba no podía darse el lujo de esos bañitos románticos bajo ningún aguacero, porque los tiempos no estaban como para estar gastando jabón ni detergente (el poco que podían conseguir en la shopping) en lavar la ropa, ni mucho menos para gastar la ropa lavándola a cada rato. Este no era tiempo de romanticismos de ese tipo, pensaba, y aquellos que lo hacían podían ser tres tipos de gente: los que les importaba un carajo que la poca ropa que tenían se les fastidiara, aunque tuvieran que ir al trabajo como unos pordioseros; los que, como aquella pareja, podían escapar con sus dolaritos de cuando en cuando y los freakes, que gustaban de andar con modas extrañas.

Quizás todos ellos nunca llegarían a saber, a imaginar siquiera, aquello que la imagen de su primo que quiso representarse tan mudo y blanco del otro lado del cristal del ataúd le había metido en la cabeza, primero sólo a modo de idea, como un martillazo que te hace ver estrellas y es la luz; y después destruyendo gota a gota el duro hueso que cubría su cerebro: todos aquellos destinos que nacían de la pluma tal vez computarizada del Gran Escritor estaban signados por las mismas palabras (esfuerzo, sacrificio, entrega hasta la muerte) y eran esas palabras las que los convertían en el minutero del día a día en una multitud de cibergs (tenían cuerpo humano, pero su comportamiento no lo era, o por lo menos, no era lógicamente, porque todo ser humano tiene sueños y aspiraciones que ningún destino puede truncar) que se ajustaban conformes y hasta contentos y resignados a una monotonía robótica que por lo menos a él, Justo Marqués, no le resultaba nada simpática y a la cual estaba dispuesto a reventar como una pulga, una garrapata o un piojo, entre sus dedos, y disfrutar su estallido ¡plaff! y su rápido descenso de animalillo jodedor a viruta asquerosa que se quitaba de encima con sólo limpiarse los dedos en el pantalón (sacudida de los dedos sobre la nalga y ¡adiós bicho!) y rozando las yemas contaminadas de muerte pestilente a sangre y carapacho y alitas y patas hasta dejar el desecho del animal del mismo modo sutil con que se pega (escondiéndose de los ojos de la gente) un moco contra las paredes de alguna casa o una columna o el palo de la parada de la guagua.

 
 
Puede escribirle directamente al autor a su email:
 
O a su Agencia Literaria Dr. Ray-Güde Mertin, Inh. Nicole Witt e. K.:
 
     
Columna de opinión del escritor