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PATTY
Desnuda, con sus grandes glúteos y su sexo de vellos negrísimos, abierto, aún con signos de la humedad del coito, sus caderas y su grupa, casi perfecta, encima del muchacho que aún tiene los ojos abiertos, pero ya con el vacío de la muerte en la retina, Patty sigue teniendo esa aureola erótica que siempre, desde que la conoció hace dos años, lo había excitado. Pese a eso, el resto de la escena le parece realmente grotesca: un charco de semen, grande, ya seco, manchando la sábana bajo las nalgas del novio que era poseído, el rostro de espasmo gozoso de la muchacha que nada tiene que ver con ese miedo en la cara, en los ojos, en el rictus de la boca de su novio. ¿Qué los había llevado a suicidarse de aquel modo? Alain no sabe. Se lo pregunta varias veces, aún parado en la puerta mirando todo aquello, pero no sabe. Toda la sangre que brotó de las muñecas abiertas de la mulata quizás en ese mismo instante en que hacían el amor, había ido a manchar, a empegotar con grandes coágulos, el pecho del muchacho, que también tenía las venas de las manos cercenadas con esa cuchilla de afeitar que ve tirada en el piso, a un costado de la cama.
ERA su día preferido: domingo, y, como siempre, esperaba a que todos en casa estuvieran listos para aliviar las tensiones de la semana tomando un buen baño de sol junto al mar. Llevaba casi un mes sin hacer ejercicios y ya se imaginaba corriendo a lo largo de la franja de arena blanquísima de Santa María. Una costumbre de años: había convertido practicamente en un mito disfrutar el paisaje de la carretera hasta aquel sitio tan paradisíaco de la costa norte, casi tanto como se anunciaba en las postales turísticas, parquear junto al Club Militar que limita esa playa con Guanabo, desvestirse y luego de un baño rápido junto a Camilito y Camila, echar a correr lentamente por toda la costa, mirando las olas romperse bajo sus pasos, respirando profundamente hasta sentir que los pulmones se le limpiaban del humo y la mierda de la ciudad con tanto aire puro, contemplando a los bañistas que aprovechaban también los primeros días de aquel verano, a las jineteras asoleándose junto a sus presas a quienes untaban dorador con un cariño maternal evidentemente falso y la fabricada plasticidad de quien se sabe superior, triunfador en la dura lid de la vida y que disfruta ser observada, y corría y descontaba kilómetros de playa y bañistas y pelotas que esquivaba y perros que huían de la orilla, empapados y perseguidos por sus amos que insistían en bañar otra vez al pobre diablillo asustado que casi volaba por la arena, con el rabo entre las patas, y balsas que entraban al mar y botes alquilados por extranjeros y niños correteando y huyendo de las olas, hasta que llegaba a la zona de los rusos, donde el residencial Tarará con los esqueletos de casas cubiertas por las yerbas y otras lujosas que habían reparado algunas firmas extranjeras, le recordaban que no debía abusar del ejercicio y sólo entonces se detenía, también lentamente, nunca de golpe, como le habían enseñado cuando practicó atletismo en la escuela de policías, se llevaba las manos a la cintura y cargaba de aire limpio los pulmones.
Iban a partir cuando le llegó la nota del viejo Alex: Necesitaba verlo urgente.
-Ok, por la noche lo veo -le dijo al muchacho que esperaba en la puerta, sudado, respirando agitadamente, sujeto el manubrio de la bicicleta y fija la mirada en los gestos del teniente.
-No -fue la respuesta -. Tiene que ser ahora. Te espera en diez minutos allá en la casa.
Esta vez fue él quien lo miró fija, secamente, quizás con cierta molestia. El muchacho bajó los ojos. Alex Varga no era gente de andar fastidiando por gusto a sus amigos, y menos un domingo, se dijo Alain. El viejo sabía de sobra que aquel era el día, el único día, para salir con su familia y no se lo jodería así, de gratis. Algo debía estar pasando.
Desde que Alex lo había ayudado cuando el caso de los niños perdidos, hacía ya dos años, sus relaciones se habían estrechado mucho: se visitaban; cuando Camilito o Camila o él mismo cumplían años, siempre llegaba algún regalo; Patty, la hija del viejo, se había convertido en la madrina del propio Camilito, y nunca lo habían llamado de aquel modo. ¿Viniste desde La Habana Vieja en bicicleta? El muchacho asintió. Espérame entonces, metemos la bicicleta en el maletero y regresamos en mi carro. Y fue al cuarto. Camilito discutía con la madre: no quería ponerse la trusa azul.
-Me aprieta aquí -dijo, y se tocó los güevitos, mirándolo, como buscando apoyo.
Alain no pudo dejar de sonreír: el muy desgraciado había salido con sus mismos caprichos. Él no soportaba nada apretado.
-Voy a casa de Alex un momento -le dijo a Camila.
-¿Pasó algo?
-Algo pasa -respondió mientras se ponía el pulover que le gustaba llevar a la playa -. De todos modos, termina de preparar las cosas y espérame.
Alex no le dijo una sola palabra cuando lo vio entrar. En la cara, en la extraña transformación que habían tomado las arrugas de sus cuencas, en la irritación que pudo descubrir en el fondo de aquellos ojos, se veía que Alex Varga, el duro ex-detective, curtido en las peores cosas por su vida de negro marginal de alcurnia, había llorado, y mucho. Cuando Alain lo saludó, con el mismo abrazo de siempre, sintió también que las manos del viejo se aferraban a su espalda, con la fuerza de quien sabe que sólo puede ser salvado por esa persona.
Todavía sin decir palabra, montaron en la máquina de Alex y se perdieron por las calles estrechas de La Habana Vieja, que a esa hora comenzaba a despertar. Se detuvieron frente a un portalón enorme de la calle Muralla. Era un solar. En el fondo, varios negros saludaron a Alex con respeto. Entonces habló.
-Entra y dime qué te parece -dijo, empujando la puerta.
Visto así, de lejos, contemplado el cuarto desde la puerta, donde ha quedado detenido, pasmado, con un frío que lo va vaciando poco a poco, todo indica que ha sido un suicidio. Recuperado del shock de los primeros minutos, hurgando en sus tripas para sacar la coraza de acero del policía, logra empatar detalles de lo que observa e imagina la escena: algo terrible sucede, o ha sucedido, Patty y el muchacho, desnudos, deciden quitarse la vida y puede ver a la mulata ir al bañito y regresar con la cuchilla, extenderla hacia el novio que respira profundo, aprieta los ojos y se da un tajazo en la muñeca de la mano izquierda. El dolor del corte le ha hecho soltar la cuchilla sobre la sábana. La sangre ha brotado de golpe y comienza a correr por su brazo y sin esperar, se muerde los labios, vuelve a cerrar los ojos y con la cuchilla en la mano izquierda corta rápido, profundo, las venas de su muñeca derecha. Alain cree ver cómo extiende las manos ensangrentadas hacia Patty. Cree ver a la mulata llorando por algo indefinible, como entre brumas, tomar la cuchilla y. es él quien ahora cierra los ojos para no seguir imaginando.
Pero algo, no sabe qué, quizás aquellos dos años de relaciones con Patty, aquellas largas conversaciones en que aprendió a conocer a la mulata, aquellos lazos raros y sensualmente tiernos que lo unieron a la hija de su amigo, le hacen increíble esta escena. No imagina, no encuentra manera de imaginar a Patty cortándose las venas en un rapto de desesperación por quién sabe qué causa. Alguna pieza no encaja bien en todo aquello. Puede respirarlo. Algo olfatea en esa cama, en esos cuerpos, en esa sangre que le despierta su instinto, su manía de dudar siempre de lo evidente. Por eso se acerca y comienza a mirar, a buscar, a tratar de encontrar la explicación al suicidio de una persona que, podía jurarlo, estaba marcada por la vida para un destino distinto. Sencillamente, y lo tenía bien aprendido por conocerla tan a fondo, Patty no estaba destinada a morir de aquel modo.
El humo del tabaco de Alex cae sobre todas las cosas. Alain ya se ha acostumbrado a respirar aquel aroma, a saber que cuando salga de aquella habitación y regrese a la casa para irse con Camila y el niño a la playa, lo llevará en las ropas. El viejo está sentado en su butacón de siempre, todavía con la marca del llanto ahogado en cada arruga de la cara; un llanto que sólo ahora Alain comprende. Aún para él, acostumbrado a ver gente asesinada, atropellada en todas las formas posibles, imaginables, era duro ver a Patty desangrada en aquel cuartucho. Para Alex debió haber sido peor: sólo en unas horas, la vejez, que había logrado frenar a fuerza de cojones, lo había transformado en ese hombre destruido que tenía frente a él y que, sin embargo, trataba de aparentar menos dolor del que a las claras se veía.
-¿No ha venido la policía? -pregunta al viejo-. ¿Qué pasa?
-Ya vino.
-¿Y qué dijo? -insiste Alain, extrañado.
-Estoy esperando -le contesta Alex-. Tú eres la policía.
No entiende. Cuando entró al cuartucho, ya Patty y el novio debían andar por unas doce horas de estar muertos. El suicidio había sido descubierto, pero el lugar no estaba preservado como se establecía. Simplemente habían cerrado la puerta y ni Alex, según le dijeron, había entrado.
-No habrá más policía que tú en esto, Alain -vuelve a sentir la voz ronca del viejo -. Y a Patty la entierro pasado mañana. Se murió en un accidente.
-Pero necesito una autopsia, Alex. el muchacho parece estar drogado.
-Tienes un día.
-Está bien. Llamo a Criminalística.
-Patty murió en un accidente, Alain -corta el viejo, soltando grumos de humo mientras habla-. No quiero más policías en esto.
Sólo entonces cree entender, aunque le parece una locura. Se recuesta en el sofá y se pasa la mano por la cara y la cabeza, buscando la calma.
-¿Tú sabes lo que me estás proponiendo?- dice.
El viejo no contesta: Alain descubre en la cara de Alex la conocida reciedumbre, su tozudez característica, pero decide enfrentarlo.
-Primero, Patty se suicidó, ¿qué invento es ese del accidente? -le dice, contando sus frases con los dedos-. Segundo, aunque fuera un accidente, el cadáver lo tenemos que examinar nosotros, la policía. Tercero, yo sólo no puedo ni hacer la autopsia, ni buscar las pruebas del suicidio en ese cuartucho, ¿qué te crees que es esto?.
Tampoco recibe respuesta. Sólo los ojos del viejo clavados en los suyos y se siente incómodo, desarmado. Otra vez, aunque sea únicamente a través de esa mirada, ante él está el verdadero Alex Varga.
-Todas estas cosas tienen que ir por lo legal, viejo. -intenta de nuevo, ahora con un tono más pausado, los dedos de ambas manos unidos y mirando al piso, para no sentirse aplastado por la mirada del otro-. Yo te ayudo, tú lo sabes, puedes contar conmigo, pero siempre por lo legal. Yo sé cómo te sientes.
-Cuando el caso de los niños perdidos -corta Alex- te expliqué que éste es un mundo distinto. ¿recuerdas?
Ha dejado de mascar el tabaco y ahora humea entre sus dedos, dejando escapar una fina columna, que comienza a subir hacia el techo.
-Cuando saliste del cuarto, me di cuenta de que también notaste lo que yo supe desde que entré allí esta mañana: Patty nunca se suicidaría, Alain, eso lo sabes bien.
-Entonces es peor -cree encontrar algo de qué agarrarse-. Si es un crimen, yo sólo no puedo resolverlo.
-Si no puedes, vete -soltó secamente Alex-. Vete y no cuentes a nadie lo que viste. Ni a Camila, ni a la policía. Si pudiera, lo hacía yo y mi gente, pero necesito una cara no conocida y que sepa pensar como detective. como policía.
Alain baja la cabeza, la mueve negando y siente en la nuca la mirada de Alex, dura, casi hiriente, puede imaginar que defraudada.
-No, viejo -dice-. No te dejaré sólo.
Tocan a la puerta. Pasa, dice Alex, y Alain ve entrar a la nieta con un vaso y unas pastillas en la palma de la mano que extiende hacia su abuelo. Lo ve tomar de un trago la medicina y devolver el vaso a la niña agradeciendo con una mirada de pronto tierna, pero que al volverse hacia él se torna punzante, agresiva.
-¿Cuántas veces hemos hablado de esto? -suelta, y vuelve a dar una cachada al tabaco.
Alain no responde. Era cierto. Su relación con el viejo le había servido de mucho para conocer más, para entender menos superficialmente, la mentalidad del bajo mundo, las leyes casi secretas que dominaban todo aquello trasmitiéndose de padres a hijos y de estos a sus hijos y así desde tiempos muy remotos y bien distintos a los que se vivían en La Habana de fin de siglo. Pero en muchas cosas, como en aquella, nunca habían logrado ponerse de acuerdo.
-Si de algo te sirve -continúa Alex, marcando, casi masticando con rabia algunas palabras-, piensa que algo me dice que a Patty la mataron por algo relacionado con mis negocios, o con los suyos, o con los de su novio, que es como si dijera que son negocios de familia. No sé por qué también algo me dice que en esto hay mucha mierda que puede romper cosas que a nadie en este país molestan, aunque sean ilegales, y que sirven para que muchos de los que viven en barrios como éste se lleven algo a la barriga. Si la policía se mete, eso se embroma, y ni tú ni tus colegas van a venir aquí a darle comida a esta gente.
Al menos comparte ese criterio. Sabía, y se lo puso de ejemplo a sí mismo para convencerse más, que era en las zonas marginales donde brotaba y se ramificaba ese mal del mercado negro parecido al dragón de la leyenda: cuando le cortaban una cabeza, le salían dos nuevas. Un mercado que extendía sus tentáculos a los sitios menos imaginables, que se nutría del comercio legal como una telaraña enorme que colgaba de todas partes y garantizaba que en algunas familias se comiera y vistiera y calzara mejor, aunque, por desgracia, los pesos gordos iban a parar a los bolsillos de unos pocos hijoeputas que sí merecían les echaran el guante y los metieran bien cerraditos detrás de las rejas. Esa, el mercado negro, era una sola de las tantas cosas sucias que hacían menos dura la vida en aquellos barrios.
-De todos modos -dice entonces-. Me será muy difícil hacer esas cosas. Todavía en criminalística tengo amigos que pueden tirarme un cabo, inventando algo grande, claro, para que no hablen, pero conseguir un forense para la autopsia sí que no puedo.
-Lo que hagas es cosa tuya -Alex aplastó lentamente el tabaco en el cenicero y se olió los dedos, como disfrutando el aroma-. Si te decides, pongo a mi gente a buscarte información. Tú lo sabes. Vas a tener la mejor red de agentes que un policía ha tenido en su vida. Lo demás va por ti, y claro, como dijo Martí: en silencio ha tenido que ser.
Siente que la tensión se afloja. Cuando el viejo Alex decide tirar una broma, aún sintiéndose como imagina que debe estar por la muerte de su hija, es que sabe la pelea ganada.
-Voy a hacerlo por Patty, viejo -le dice-. Ella no se merecía esta mierda.
El viejo va hasta el barcito y sirve dos tragos. Ron Caney, se dice Alain, hecho en Santiago. Años hacía que no tomaba eso.
-La gente tiene la muerte que se busca, mi'jo.
-¿Qué me quiere decir, viejo?
-En los últimos tiempos, junto a ese muchacho, Patty andaba en malos pasos.
-¿No le decía en qué cosa?.
-Nunca -responde y bebe un trago largo que saborea antes de tragar-. Discutimos porque sí, es verdad, el muchacho se drogaba, y duro, y yo sé mejor que ellos adónde pueden llevar esas cosas.
-¿Cuándo fue eso, viejo?
-Hace muy poco -dice-, dos, tres meses, más o menos. Pero se fue a vivir con él a ese cuartucho y no supe más de ella.
Aquello le pareció raro. Alain sabía que nada grande se movía por esos barrios que no conociera el viejo, mucho menos si se trataba, como decía él, de algo de la familia. Alex lo miraba, fijo, siempre a los ojos.
-Sabe que no le creo, ¿verdad, viejo? -y le sostiene la mirada.
-Soy orgulloso, ¿sabes? -. De pronto, sin que medie pausa alguna, se convierte en el mismo viejo triste y mustio que lo recibió esa mañana. Era él quien ahora se miraba las manos, arrugadas, de largos dedos -. Patty en eso salió a mí. Es.era muy orgullosa. Yo sabía que si la chequeaba de algún modo y ella se daba cuenta, la perdería para siempre. Otras veces se había ido y siempre regresaba. Por eso la dejé libre.
-¿Y cómo descubrieron que estaban muertos?
-Tenían una viejita que les limpiaba el cuarto por las mañanas. Patty es. era. muy limpia, y le pagaba. Le habían dado una llave para que pudiera entrar si ellos no estaban. Cuando los encontró, me mandó a buscar con un amigo de Cristo.
-¿Cristo? -en la cabeza de Alain ese nombre resuena, no sabe por qué ni de dónde, pero resuena.
-Sí -responde Alex-. Cristo se llama... o le dicen... le decían... es ese muchacho que estaba con Patty.
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