| |
LA HABANA ES UNA CIUDAD DESCONCERTANTE
Una vieja puta. "La muerte es una vieja puta, Cortázar, no lo olvides", se dice, y sacude la cabeza, se pasa las manos por su cabellera negra y trata de imponer la fuerza de su mirada a esa soporífera claridad que entra en la habitación con los primeros rayos del sol. Se incorpora lentamente de la cama, sintiendo, como cada mañana, ese engarrotamiento en los huesos que el médico le aseguró serían los primeros síntomas de su pronta caída "al reino de los escandalosos, Carol, que morirse es un escándalo vergonzoso", le dijo por última vez a su mujer, sin poder aguantar un llanto infantil, ahogado y tristísimo, cuando la contempló angelical, siempre hermosa y traviesa, más allá del cristal de la caja, rígida también por ese mismo ataque de leucemia que se come los jugos de su cuerpo y su alma y su cerebro. Se asoma a la ventana: La Habana, tantas veces ha podido comprobarlo desde aquel ya lejano 1963, es una ciudad desconcertante, nada que ver con esa acuosidad caribeña que lanzan las olas hacia el malecón, desde el más profundo de los azules, únicos en esta parte del mundo. Siente frío. A esa hora de la mañana, un hálito helado parece flotar sobre los edificios, los parques y las avenidas, y cree descubrir en los pasos apurados de los transeúntes, abajo, como hormigas locas, la señal de que todavía no han desentumecido sus huesos de la modorra nocturna, que esperan la salida del sol para tender, bajo el influjo cálido de su luz, las brumas frías que el sueño les ha colado en el cuerpo.
Al mismísimo Fidel Castro le contó aquel sueño. Era de madrugada, la cena había sido más que eso, el espacio imaginado para un encuentro donde las palabras volarían como pelotas de tenis, revueltas, inconclusas, impredecibles, de un tema a otro, y La Habana, otra vez fría, intentando desvanecer el mito de país tropical, se le antojó una alegre dama antigua, del mismo modo en que París era una metáfora; Londres, una levita recién planchada; México, una borrachera entequilada.
- La muerte es una vieja puta - aseguró el Gabo, cuando el hombre, siempre con esa prestancia heroica de las estatuas bajo su impecable uniforme, quiso saber de asuntos tan prosaicos como la posteridad y la muerte.
- Es raro - le dijo Fidel -. Siempre que sueño con la muerte, veo una luz... me ciega... una luz cegadora.
Para Cortázar simplemente era una muchacha. Hermosa. De ojos tan profundos como la nada. Sonrisa triste, de niña perdida. Siempre sentada en una de las mesas del café Old Navy, en Saint Germain, mirándolo escribir desaforadamente, con la aplastante intuición de que serían aquellas sus últimas letras; de que al salir de allí y tomar la calle rumbo a su casa donde lo esperaba su mujer (nunca ha logrado entender por qué en el sueño no precisa el rostro de su compañera: ¿Aurora, Ugné, Carol?) sucedería algo fatal, inevitable, una estupidez como tropezar con la acera y caer de frente contra algún muro, un auto que pierde la dirección y lo convierte en un torta sangrienta y chamuscada, o una teja desprendida de un techo cercano que llega y le arranca la cabeza con la precisión sádica de una guillotina.
De nuevo le ha pasado. Igual que aquel año en La Habana, ahora despierta, invadido de una tristeza que lo aturde y lo asquea, y piensa, mientras intenta despejar el mortuorio neblinazgo que le ha dejado la pesadilla allá adentro, en lo que Carpentier llamó "las telarañas del cerebro", que al menos tiene a Mario y a Nicole, despojados de la capota pesada que usan cuando deben ser Mario Muchnik, editor, y Nicole, "mi brazo derecho, pie izquierdo, riñones y otras vísceras", para ser exclusivamente los amigos, aunque le moleste descubrir también en sus miradas la certeza de que "Julio, hombre, te estás muriendo", apagándose como uno de esos cirios de Túnez, delgados como palillos de dientes, despidiendo un tímido hilo de humo, con ese olor a madera y a gloria, "que la gloria huele, Carol, a incienso y pino verde".
- La muerte es una vieja puta, Julio - se repite en voz alta, con la misma rabia con que lo ha hecho en estos últimos años, esperando que al conjuro de la frase la muerte sea, en realidad, tácita y rotundamente, una puta entrenada, algo para usarse y tirar.
Se ha dicho así: una puta , aunque sabe que esas nunca han sido sus palabras cuando se refiere a las mujeres "de happy life", como las nombraba la propia Anäis, la Nin, "el rebelde desparpajo", que así prefirió decirle él para verla sonreír desde sus arrugas irreverentes pero aniñadas, en algunos de aquellos encuentros que tuvieron en París. "Rolando, Rolando", piensa, y recuerda que la culpa de esas nuevas voces, ciertamente prosaicas y a veces soeces, que ha sumado a su forma de hablar, la tiene ese "chicano amigo de los placeres de la carne de Eva", como él mismo se describe, bromista como no puede encontrarse otro, con el apellido más esclarecedor de su condición de mestizo: Hinojosa - Smith.
Era un amigo de esos que no abundan, con el desparpajo típico de su sangre mexicana y la solemnidad altiva de su raíz gringa, mezcla que lo hacía un ser irrepetible, siempre con un gesto insólito, una frase fuera de lo común, y lo mejor: la inglesa costumbre (por lo de la puntualidad, no por lo de la bebida) de paladear cerveza de la buena a una hora precisa del día, como una pastilla de la cual dependía para vivir.
- Nada tiene que ver el amor en esto - le contestó Rolando, en uno de sus encuentros, mientras daba vueltas sobre la mesa a un enorme vaso de cerveza alemana, espumeante y acabada de servir por un cantinero gordo y de bigotes a lo Hitler, que los miró detenidamente ir a sentarse en una de las mesas más apartadas.
Nada tenía que ver, ciertamente. El chicano expuso su tesis entre sorbo y sorbo, llevando a sus labios cada vez un bigote de espuma que se desvanecía en breves segundos bajo la bofetada tímida de la brisa marina que entraba por uno de los amplios ventanales de la cantina La Ballena Rosada, en Gijón, y Cortázar asentía ante algunas palabras, movía la cabeza con un gesto de duda que obligaba a Rolando a nuevos ejemplos, a extenderse en justificaciones que iban del campo de la sociología hasta la más científica excusa biológica: explicaciones cada vez más lógicas sólo si se las miraba desde el típico machismo latino que ambos compartían.
- Tengas o no mujer - decía -, siempre te hará falta una puta.
Pues la naturaleza del hombre tendía a buscar lo ignoto, agregaba, "y aunque no te encontrarás a una mujer que en vez de labios, allá abajo, tenga espinas, uno siempre quiere conocer más de lo mismo", pues no por gusto todas las tentaciones del Diablo habían nacido precisamente "con el lío ese de Eva y Adán y la serpiente, Julio, que Dios es sabio y se imaginó que el relajo de tipos fajándose para entrarle a mordidas a la manzana iba a revolver el Jardín, el Paraíso, e incluso el mismísimo Salón de Reuniones del Trono Celestial". Les había gustado tanto el asuntillo de la mordida prohibida que, desde aquellos remotos tiempos hasta la aplastante modernidad que vivían, la única cosa que no había cambiado en la historia de la humanidad era el vicio de paladear la manzana en cualquiera de sus variantes.
- Además, Julio - concluyó, y le hizo una seña al camarero para que trajera dos nuevas jarras -, lo nuevo es lo nuevo. Con lo que uno tiene, una esposa, una amiga, la compañera de tu vida, se perdió el susto de la mordida.
Y que ese sólo podía disfrutarse, con todo lo excitante de lo prohibido, de la novedad, del secreto, en un cuerpo desconocido "aunque esté gastado a mordidas, como el de las putas".
Le había hecho aquel cuento a Lezama y disfrutó cuando su amigo movió toda su majestuosidad paquidérmica, que así se refería el propio Lezama a su paso por los salones de la intelectualidad: "distante, y sin la olvidada liviandad de la prestancia en el pavorreal, mi majestuosidad es paquidérmica hasta el perogrullo, Julio", se burlaba de sí mismo, sentado en una de las butacas, en la Casa de las Américas, alguna de aquellas mañanas de 1967, y luego se extendió en el mito de Eros, en la hipótesis platónica desde El Banquete: "Nada se esclarece, Julio. Bajo el manto de nuestra estupidez ética no hay lugar para el genio equívoco de Platón. No entendimos la trascendencia de su locura: nada importa si la relación homosexual es superior. Coexistencia pacífica la llaman ahora. Ser o no ser no es el dilema; sino que los dos sean ".
Anäis Nin pensaba igual. "El placer es uno, Julio, la misma cosa, pues al fin y al cabo, no se te olvide, es el sabor de la manzana", asegurando, émula de Freud, "que sólo el plano sexual nos hace superiores, nos magnifica, eleva el cuerpo a la inmortalidad de Dios".
- Para los cristianos es "el gozo", una sensación idéntica al orgasmo, pero sin los jugos del cuerpo - le dijo ella esa vez, caminando por el Louvre, de pronto detenidos ante un cuadro moderno en el que una inmensa pinga se hundía, como una nave, en un mar de edificios que se perdían en el horizonte -. ¿Has oído hablar del Orgasmun ?
Una antigua tesis. El centro filosófico de una perdida secta maya, que descubrió en manuscritos del siglo XV, venidos desde las nuevas tierras conquistadas, y que habían permanecido escondidos por los jesuitas en un monasterio abandonado en las montañas de Jaén.
¿Habría encontrado Lezama aquellos manuscritos? Quizás no llegaría a saberlo. Y aunque existiera la posibilidad cada vez más cercana de encontrarse con el gordo José y preguntarle, allá, en esa otra parte de la existencia que comenzaba a anunciársele en otros sueños como algo mucho más palpable que la levedad etérea en la que antes ni pensaba, nunca llegaría al mundo de los mortales la respuesta que esperaba "sí, Julio, los encontré", y tampoco podrían saber en la ingenua tierra que aquel documento debió ser destruido.
Era posible, incluso, que todavía permaneciera en alguno de los atestados archivos del cubano, en su casa de Trocadero, esperando junto a otros papeles que una mano experta fuera a develar los secretos del mundo interior de uno de los intelectuales más completos que había conocido en la lengua. "Que Dios nos acoja confesados", se dijo, de sólo pensar qué pasaría si aquellos manuscritos se abrían alguna vez ante ojos que no anduvieran buscando la sapiencia humana en el asunto más escabroso en la historia del hombre: el sexo. ¿Se repetiría esa locura sádica, de libertinaje sexual, que había descubierto él mientras buscaba aquel manuscrito que "esa hermosa pervertida de Anäis" había engrosado, también escribiendo a mano, con sus absurdas tesis sobre el predominio de la mujer como Ser Sexual Superior y la necesidad de crear una Orden de Amazonas de Dios que encabezaran la lucha de la mujer por su reivindicación como Matronas Absolutas del Universo?
- No tuve valor para destruirlo - le confesó la propia Anäis.
Había leído aquella traducción jesuita del manuscrito maya, quemado por orden expresa de los superiores de la Orden, y confiesa que sintió verdadero placer, "hasta orgullo, no puedo negarlo", por un asunto, en apariencia, simple: fue escrito por sacerdotisas mayas, un desconocido clan de poder que se desarrolló en los mismos inicios de aquella civilización, y del cual existían pruebas que "se ocultaron por pura estrategia machista, Julio", le contó.
- Yo misma vi la carta - dijo, recostándose en la butaca, y mirándolo al fondo de sus ojos azules -. De puño y letra de Sor Juana Inés de la Cruz, dando fe de haber descubierto un pliego eclesial donde un sacerdote recogió una antiquísima leyenda indígena.
Las sacerdotisas habían alcanzado tanto poder; y en su templo, perdido en las junglas de lo que hoy es Guatemala, tenían lugar tantas cosas ocultas, gritos de terror, músicas nacidas de las gargantas de los mismísimos dioses de la muerte, que los sacerdotes decidieron arrasar con ellas.
- Las sacrificaron, una a una, más de mil entre sacerdotisas, sirvientas e iniciadas, sacándoles el corazón y arrojando su cuerpo a los pantanos podridos más cercanos - le contó Anäis, con los ojos cerrados, la cabeza recostada al espaldar de la butaca, como si así pudiera transportarse a los tiempos de la historia narrada.
Como escarmiento, los corazones de las mujeres fueron regados por toda la ciudad.
- Nadie podía recogerlos, ni botarlos, sólo pisotearlos y patearlos, bajo amenaza de muerte - dijo, y abrió los ojos -. Eso cuenta el papel encontrado por Sor Juana.
Un sacerdote amigo de Henry Miller y de su mujer June, en una corta estancia del escritor en Andalucía, le habló de la existencia del manuscrito, le dio la dirección del monasterio abandonado desde finales del siglo XIX, "cerca de un pueblito que se llama Orcera, en Segura de la Sierra, en Jaén", convencido de que nada lograría: "el hermano Miguel Zambrana, que andará por los 90 años, es quien único vive allí, Henry, casualmente en el pabellón donde estuvo la biblioteca".
- No lo consiguió - terminó, incorporándose en la butaca, como para ponerse de pie. Cortázar la ayudó a levantarse -. No sé de qué mañas se valió, pero un día se apareció aquí con el manuscrito. Luego supe que el monasterio se había quemado, que alguien salvó esos papeles y se los hizo llegar a Henry.
- Bueno, Julio, a comer algo - se dice en voz alta, como para que la orden comunique a sus huesos una energía que le falta y termine con tantos recuerdos que sabe le han llegado desde ese sueño donde la muerte le sonríe en una apartada mesa del Old Navy, con la misma sensualidad libidinosa de esa historia que alguna vez ha pensado escribir sobre aquel manuscrito, Anäis, Henry Miller, Lezama, aún cuando no se crea ya con las fuerzas necesarias para hacerlo.
"Mejor se la cuento a Mario", piensa, se estira cuan largo es, y siente cómo traquean algunos de sus huesos y sus músculos adquieren una elasticidad mustia, "él puede encontrar a alguien que la cuente mejor que yo. Es una historia que no puede perderse".
|
|