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Los muertos apestan. Cuando retiran la tapa de la fosa, el hedor se esparce en la noche como una nata pesada que se cuela nariz adentro, permeándolo todo con la viscosa podredumbre del olor a carne descompuesta y Alex se lleva la mano a la cara, voltea la cabeza e intenta atrapar algo del aire limpio que les llega a ráfagas aisladas pero fuertes, como brotando de ese portalón inmenso por el que entraron casi corriendo al cementerio. Afuera, La Habana es una ciudad dormida, y, sólo de cuando en cuando, notan que está viva por las luces de algún carro al bordear el muro que marca las fronteras entre el mundo de los muertos y el de los vivos.
El hedor no cesa. Siempre ha odiado la carne podrida y por eso apenas lanza una mirada rápida, fugaz, al interior de la fosa cuando uno de sus sobrinos ilumina el fondo, donde se amontonan los tres muertos, unos sobre otros, evidentemente arrojados allí con apuro: dos hombres y una mujer, los ojos ya vacíos, los gusanos en esa conocida masa blancuzca, asqueante, brotando de bocas y orejas como el magma de un volcán; la panza reventada del que está encima ofreciendo la desolada imagen de una mezcla galopante, viva, de gusanillos, grasa sucia y tripas hinchadas.
Eso recuerda. Está parado en la terraza que construyó hace unos años en la misma azotea de su casa, y cree que puede sacar de los pulmones ese olor impertinente de los muertos. "Mierda de olor", se dice con rabia, y aspira profunda, lentamente, la brisa fría y aún nocturnal, cargada con el inconfundible aroma a marisco y salitre, que llega desde el mar. Por eso quiso vivir cerca del Malecón: "el mar puede limpiarlo todo, hasta el alma más sucia", pensaba entonces, aunque luego fuera descubriendo que hay suciedades eternas, cosas inmundas que nada en el mundo logran limpiar, "como este paisito", bañado por la brisa del mar que lo rodeaba con sus azules aguas por todas partes y, sin embargo, lleno de tantas cosas turbias, sucias, cagado de tantas mierdas. Consiguió vivir allí, de cara al inmenso mar Caribe, gracias a ese ricacho que escapó al Norte cuando entraron los rebeldes a La Habana. El hombrín se fue con su amante: aquella casona en medio del barrio de Colón, el reino de las putas, los prostíbulos y las drogas en tiempos de Batista, y de las jineteras y las casas de alquiler y otra vez las drogas en estos tiempos de Fidel, había sido un regalo del ricachón a su puta oficial, quizás sin imaginar siquiera que en los bajos viviría, casi cincuenta años después, una de las prostitutas más cotizadas de La Habana: Jenny, The Most Fabulous Culo of Cuba, como se promocionaba en un afiche que ella misma mandó a imprimir y en tarjetas de presentación que mostraban sus hermosas nalgas, esa muchachita que Alex vio nacer, crecer y hacerse mujer en aquella barriada marginal.
Pero el olor persiste. Respira más aire y nada. Está ahí, pegado como una costra a las paredes de su nariz, recordándole el lado pútrido de la muerte: antes de ser polvo seremos carne podrida, piltrafa hedionda. Se lleva el vaso a la nariz y aspira el aroma dulzón de la crema de vié, y luego se da un trago y paladea el líquido, mirando ese atisbo luminoso y rojizo que, más allá del Malecón, en la línea imprecisa del horizonte, le anuncia que la noche va cediendo el espacio a otra mañana.
Horas atrás, cuando regresaba de la Morgue, La Habana ciertamente dormía. Descansaba sus escombros después de una licenciosa y disipada nocturnidad. Pudo ver que la ciudad se empeñaba en seguir siendo esa vieja puta que se colgaba sus mejores trajes cuando los ciudadanos decentes se acostaban. No había bares, cantinas, discotecas, como en los antiguos años de esplendor, en los tiempos en que Rusia enviaba hasta el aire que se respiraba en Cuba, pero la gente seguía buscando modos de soltarse las amarras y mostrar que, pese a toda la escasez y la falta de libertad, nadie les podía quitar su costumbre de gozar y divertirse. Lo jodido de todo es que la diversión, en aquellos o en estos años, incluía una buena cantidad de esa droga que volvía a llenar las calles de la capital y que obligó al gobierno a reconocer que el fenómeno se les estaba yendo de las manos.
No puede dejar de pensar en eso. "Estoy viejo", se dice, y de golpe le viene a la mente la frase de alguien que alguna vez le aseguró que sí, "los viejos se pasan la vida reflexionando, Alex, y cualquier cosa les sirve". Llevaba razón: desde hacía, al menos, un par de años, se molestaba por el tiempo que perdía dándole cabeza a boberías tan intrascendentes como la calidad del pan que vendían por la libreta de racionamiento en la bodega, "aunque tú ni compras ni te comes esa basura, Alex", o esos grandes cambios que de un día para otro daba aquella sociedad, "que siguen llamando socialismo aunque sea un Frankestein que nadie entiende, viejo", le había dicho Alain Bec en una de esas conversaciones en las que el teniente de la policía soltaba el traje en un rincón, como un pellejo sucio y molesto, y esgrimía su verdadera piel de cubano normal que también sufría las mierdillas incomprensibles del país.
- Me voy a recorrer el paisaje, viejo - le había dicho justamente hace tres días.
Lo miró a los ojos, en silencio, como siempre que no entendía las palabras del muchacho: entre ellos, aquel sistema de señales, al que se habían acostumbrado tras varios años como amigos, funcionaba a la perfección. Alain Bec pudo resolver otros muchos casos en su carrera de policía gracias a esa amistad, y hasta se enorgullecían de aparecer en dos novelas que otro amigo común, el escritor Justo Marqués, publicara en España con tremendo éxito de crítica y ventas, y donde hablaba de dos casos que ellos pusieron en sus manos de escritor y periodista: el de unos niños secuestrados para ser prostituidos en Las puertas de la noche , y el de una banda de travestis y el asesinato real de la propia hija de Alex, Patty, en una venganza pasional homosexual en Si Cristo te desnuda , que así se llamaban las novelas.
Alain se dio cuenta de la duda por la cara del viejo, y aclaró.
- Al Guaso, viejo - dijo -. A Guantánamo. Un cabrón habanerito se llevó de la golilla a una vieja del Vedado, salió huyendo para Oriente y ahora mató a otro por allá.
Era un caso suyo y Alain había pedido coger personalmente al tipo.
- Uno de mis informantes, viejo. - precisó -. Se ha puesto tan fatal que tiene que pagarme también una traición. Me dio información falsa y metí la pata.
Alex sabía que Alain odiaba hacer el ridículo y por eso se dijo que no quería estar en el pellejo de aquel delincuente.
- Pobre tipo. No quiero estar en su pellejo cuando lo agarres - repitió en voz alta.
Le echaría de menos. Se había acostumbrado a que Alain viniera a sacarle las castañas del fuego siempre que algún problema requería ser resuelto y aunque, pensaba, Alain no era un policía estrella, nada lo comparaba a un Perry Mason y mucho menos al agente 007, tan conocido en Cuba por las viejas series de la tele, sí era dueño de una asombrosa intuición similar a la del gordo Hercules Poirot (olfato de perro joven, lo llamaba el propio Alain). Tenerlo del lado de acá, en el terreno de la justicia marginal, era uno de los mejores hallazgos de Alex en los últimos años. Lo tenía bien claro.
Si Alain estuviera, por ejemplo, no hubiera hecho falta llevar aquellos tres muertitos a la Morgue del hospital donde trabajaba Eugenio, el doctor que atendía la familia de Alex desde unos quince años atrás, todo bajo el más absoluto secreto, ni poner al pobre médico, que se cagó del miedo cuando Alex le pidió aquel favor, en la obligación de ingeniárselas para que les hicieran la autopsia y determinaran qué carajo había producido la muerte a los infelices. Todo eso, sin despertar las sospechas de las autoridades, con la justificación de que "la gente del Oncológico están a ful y nos pidieron ese favor", para lo cual Alex había tenido que falsificar los documentos de envío y solicitud de autopsia, metiendo en el potaje a otro amigo que trabajaba en la Dirección Municipal de Salud Pública, en el Vedado, zona que precisamente controlaba al Hospital Oncológico. Todo muy complicado.
Alain, sin demasiadas complicaciones, obtendría los resultados "de la picadura", pues con tal liviandad llamaba a ese método, y desaparecería los cadáveres sin mucho esfuerzo, igual que otras veces, utilizando los mismos recursos que la policía empleaba usualmente para aquellos asuntos y gracias a la ayuda y la complicidad de sus colegas. "Todos tenemos nuestros asuntillos pendientes, viejo; todos tenemos nuestras deudas de silencio", le había explicado Alain en el último caso, cuando un expresidiario, enterado de la escandalosa cornamenta que su esposa le colocaba refocilándose en su propia cama con un lindo macho del barrio, decidió estrenarse de carnicero con su mujer, con el muchacho que se templaba a la muy puta y hasta con la niña que jugaba a las muñecas en la sala, mientras su padre le daba una magistral cogida de culo a la mujer del infeliz carnudo que había regresado a la casa, sin avisar, en el mismo momento en que ella era cabalgada por el amante. Se armó la carnicería. Los hizo pedazos con un machetín afiladísimo que siempre guardaba en la cocina para cortar la carne de res comprada en el mercado negro. Una satánica masacre. No paró de darles machetazos a sus cuerpos desnudos, sudados, pasmado el gozo del coito por el susto de la muerte, hasta que no estuvo él mismo salpicado de tanta sangre que no logró ver más nada y se detuvo para ir a limpiarse la cara al lavabo del baño. Las cabezas las echó en una bolsa de nylon y las tiró en el latón de la basura, afuera. Después, con paciencia de carnicero del infierno, separó la carne de los huesos, guardó los grandes trozos sanguinolentos en el refrigerador, echó los huesos al doberman que cuidaba el patio, y salió huyendo.
Si el viejo Alex no hubiera metido las manos en el asunto, aquello seguro terminaba en un linchamiento público del asesino. Prometió atraparlo y lo cumplió en pocos días. Lo encontraron escondido en un cuartucho de La Habana Vieja y le aplicaron lo que Alex llamaba el Ojo por Ojo: un tiro en la pierna para dejarlo vivo, y que no escapara, y la entrega del pobre diablo a los familiares de los muertos, que andaban pidiendo venganza. Dos días después fueron a buscar los pedazos. Todo se complicó luego: una mujer de la familia del amante estalló en un ataque de locura y remordimiento, fue a la policía y soltó la lengua. Ahí tuvo que manifestarse en toda su plenitud y alcance el sistema de deudas e influencias de Alain y el asunto fue silenciado.
Mueve la cabeza como para airear los pensamientos. La brisa fría lo estremece. Los faros de la avenida, un par de cuadras más allá, le permiten ver las olas del mar estrellándose, furiosas, contra el muro del Malecón. El estado del tiempo no se parece a lo que dijeron por la tele: fuertes lluvias asociadas a un frente frío, excepto en eso, en la frialdad que se cuela en sus huesos viejos y le eriza la piel. Pero sigue de pie, mirando la inmensidad negrísima y compacta del océano que comienza a romperse, a matizarse con ciertos tonos tímidos de un rojizo esplendor, el vaso de crema de vié en una de sus manos, respirando profundo el aire que invade los techos de la ciudad.
Pero el hedor persiste. Y los muertos: las imágenes de los muertos.
No entiende porqué ha cambiado. "Estás viejo, Alex", vuelve a decirse. Cuando era joven, allá en los tiempos en que el país era regido por los mafiosos yanquis y Batista, cuando puso sus fuerzas y sus artes al servicio de aquellos genios del mal que fueron Meyer Lansky y Lucky Luciano, la muerte de una persona significaba lo mismo que el adiós a la vida de una hormiga que uno aplasta con un dedo. Llegó a pensar que se había acostumbrado a la muerte de otros del mismo modo en que respiraba sin darse cuenta de que lo hacía. Le molestaba reconocer que tuvo delante de aquellos ojos, ahora cansados, cientos de muertos, que "hasta tú mismo has mandado a unos cuantos al reino de los difuntos, cabrón" y ahora es que se le removían las tripas simplemente con enterarse de la muerte de alguien. "Es porque estás viejo, Alex", se repite, "tú también la tienes cerca", y entonces vuelve a recordar a Alain, y sonríe ante el recuerdo de las ocurrencias del muchacho: "bicho malo como tú no muere nunca, viejo; y si te mueres, es que te vas tras el culo de la Parca".
Al que estaba encima de los tres, bocarriba, en el hueco de la tumba, le habían abierto la barriga de un navajazo. No puede quitarse la imagen de su panza inflada, con aquella masa viscosa y viva de gusanillos, mezclada con la grasa y la sangre podrida. Era extranjero, quizás español. En uno de los bolsillos, que los asesinos vaciaron para no dejar huellas, se les había quedado un pequeñísimo talón de multa de tránsito que Alex mandó a verificar mientras se iba con Eugenio a la Morgue. Francis se llamaba el tipo, y el muy burro que le puso la multa, uno más de esos agentes empeñados con su brutalidad en engrosar la mala fama de iletrados de los policías, tenía la letra tan mala que el apellido ni se entendía, aunque era bien corto y raro: algo así como Rubi o Rulls. Vestía, además, un pulóver de NH Hotels, y Alex recordó que el hotel Parque Central, antes regenteado por la Golden Tulip, había sido comprado hacía poco por NH, una cadena bien conocida, de capital español.
Los otros dos, por la forma de vestir, eran cubanos. El muchacho, según la autopsia, debía andar por los treinta, y la muchacha no pasaría de los 25. Tenía un cuerpo hermoso. Blanca, de enormes caderas y grandes nalgas, de senos pequeños pero firmes, fue muerta de una puñalada en la espalda que le alcanzó el corazón. "A éste se lo fumaron por aquí, mira", le dijo Eugenio, enseñándole un agujero negruzco en la base del cuello del otro cadáver. "Es un punzón fino, de metal", aseguró, y que la muerte le había llegado porque le partieron la tráquea. Se sentía asqueado: "He perdido un tiempo del carajo limpiando los cuerpos de toda esta gusanería, voy a estar una semana bañándome con un cepillo de hierro para quitarme la peste", y señaló a los regordetes gusanillos blancuzcos que todavía reptaban sobre la mesa metálica, removiéndose sin rumbo fijo, como molestos de que le hubieran interrumpido el festín.
- ¿Cómo crees que llegaron a la tumba? - le preguntó Alex a uno de sus sobrinos, que observaba la escena con cara de quien va a vomitar, parado a la espalda del viejo. Oficiaba de guardaespaldas, junto a dos de sus hermanos, desde muy pequeños y Alex siempre le lanzaba preguntas de aquel tipo, especialmente cuando necesitaba pensar en voz alta, más que por la necesidad de recibir una respuesta.
El mulato hizo un gesto de no saber, dio la vuelta y se fue a cumplir otra de las tareas que Alex le había ordenado, aprovechando un contacto de Alain en su Unidad: verificar si las huellas que Eugenio tomara a los muertos en la Morgue estaban fichadas en los archivos de la policía. "Pregunta por Tomate, el archivero", le dijo a su sobrino, y recordó que de un favor anterior le debía al negro, que se jactaba de ser el mejor amigo de Alain, una botella de Havana Club añejo siete años.
La sangre, casi literalmente, le borboteaba en las venas, insuflada la llama que la hacía hervir por una rabia seca, de impotencia. ¿Cómo era posible que alguien se atreviera a tirar aquellos muertos en una de sus tumbas, sin consultárselo? O La Habana estaba cambiando demasiado, o su autoridad estaba perdiendo fuerza; o quizás, como le insinuó su otro sobrino guardaespaldas, era pura coincidencia: alguien que tuvo que deshacerse de los difuntos y los tiró allí, sin saber que esa era una de las tumbas que se usaban para desaparecer cuerpos de bestias que la sociedad ni siquiera debía haber conocido vivos, ajusticiados por "la ley del barrio", así la llamaba él, en aquellas limpiezas que se veía obligado a realizar de cuando en cuando, para recordar a ciertos delincuentes demasiado brutos que el poder en las barriadas de La Habana Vieja y Centro Habana tenía nombres y apellidos a respetar.
Pero él, a esas alturas de su vida, y precisamente por la putrefacción que ya cubría toda la ciudad, ni creía ni podía darse el lujo de creer en coincidencias ni casualidades. Tenía que encontrar al asesino, o a los asesinos, entre otras cosas por eso: él, Alex Varga, podía estar viejo, pero seguía teniendo los mismos cojones que hicieron que los mafiosos yanquis lo respetaran hace más de cincuenta años; los mismos cojones y la misma inteligencia que permitían que su nombre se pronunciara con respeto y hasta terror cuando se hablaba de eso que los ciegos periodistas oficiales llamaban "el bajo mundo", olvidando que era el mundo real, quizás el único mundo posible en el cual reptaban las vidas de millones de cubanos. Y los iba a encontrar. De eso estaba seguro.
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