| |
EVA, ADÁN, LA COSTILLA...
Alguna vez, cuando aun se hallaba bajo el influjo bíblico de la dominación de Adán, la mujer miró al cielo y se preguntó qué hubiera sido del mundo si la historia se hubiese escrito al revés; o sea, miró el fulgor enfermizo de las estrellas, el color plácido de la luna, se entretuvo escuchando los sonidos apagados de la noche, el ulular quieto del viento y se dijo que otra sería la vida en aquellos terrenos de Dios si ella se hubiera sacado a Adán de una de sus costillas.
La pregunta eterna: ¿qué hubiera sido si ...? continúa signando, generación tras generación, esa lucha de la mujer en cualquiera de los sitios habitados de este mundo por recordar, y recordarse, que precisamente su papel en el desarrollo de la humanidad no ha sido nada prescindible, nada secundario: su marca se halla en la génesis, en la concepción, en el nacimiento y en cada uno de los pasos, imperfectamente humanos, de esa raza animal que, sin embargo, cada día se empeña en ubicarla en un lugar prescindible, secundario.
Esa lucha, y se hace notar en cada sitio donde se habla del tema de la mujer, parte de la misma hambre que llevó al hombre a comer de la manzana en el árbol prohibido. De ese modo, amor y sexo han sido palabras claves para demostrar, en el bando de los hombres, la inferioridad de la mujer, y en el bando de esta, su superioridad, cada uno de los dos (hombre y mujer) con razones poderosas, históricas, ancestrales, defendiendo con esas razones la seguridad de que el mundo sería distinto si reinara el matriarcado o el patriarcado, según el caso.
En las artes, la modernidad ha ido imponiendo la voz de la mujer en un espacio compartido, generalmente y por desgracia, desde la perspectiva de la segregación, desde un dejo condescendiente hacia ellas, y muy escasas veces desde el natural entendimiento de que a Eva Dios le dio los mismos sentidos que a Adán y que, precisamente, ella fue quien decidió probar del árbol de la sabiduría con la mítica mordida.
Los cambios ocurridos en el escenario literario internacional apuntan cada vez más a una mayor presencia de la voz de la mujer en el concierto de la literatura universal. Si antes eran bien distinguidos y raros los nombres de mujer, de algún modo saliendo a la luz desde y gracias a un movimiento regido por la creación masculina, a partir de la segunda mitad de este siglo XX que termina, en cualquiera de las modalidades de la escritura, la mujer absorbe un protagonismo lógico dentro de una sociedad en la cual su lucha agónica por hacerse respetar ya no puede ser silenciado de un plumazo, como sucedía en otras épocas.
Desde la ya conocidísima Corín Tellado, convertida en un clásico de la literatura universal, a pesar de los criterios contrarios que se le opusieron en un inicio, y que en los últimos cincuenta años comparte el escaño de autores más leídos junto a los que salvaron la Biblia, hasta llegar a la aceptación internacional de Isabel Allende, Ana María Matute o Alice Walker, y pasando incluso por variados nombres de la literatura light, la de tema religioso, o el bestseller tan vendidas y compradas en estos días, la creación femenina matiza con la perspectiva de la mujer esa mirada moderna que las artes de la escritura ofrece sobre la realidad convulsionada, erosionada y compleja de este fin de siglo.
Las condiciones sociales que desde 1959 dotaron de ciertas libertades a la mujer cubana, especialmente para su desempeño intelectual, derivó en una eclosión creativa en todos los órdenes de la cultura artística y literaria. A las cuatro promociones surgidas dentro de la narrativa cubana en los últimos cuarenta años (la del 60, el 70, el 80 y el 90) ingresó también, y con cada vez más fuerza y protagonismo, un número importante de escritoras que la crítica no ha valorado en su justa medida ni en los aportes que han ofrecido y ofrecen al desarrollo del género en el país.
No estamos hablando de una simple filiación feminista, ni de las consabidas discriminaciones que, aludiendo a la necesidad del feminismo para emanciparse, algunas intelectuales han develado como bandera en las últimas décadas. Si se parte del concepto de feminismo como principio social que intenta luchar por otorgar a la mujer los mismos derechos del hombre, en sus connotaciones psicológicas, éticas, accionales, sociales, etc., se entiende la existencia de obras netamente didácticas en la mayor parte de las escritoras cubanas que realizaron su escritura a partir de 1959 y que pretendieron utilizar su obra como un puente comunicativo hacia la sociedad de los logros y derechos de la mujer en la nueva era social del triunfo revolucionario. Este didactismo, que logró, incluso, interceptar algunas zonas de la creación de autoras "hechas" en promociones anteriores a la Revolución, frustró/retrasó/estatizó las propuestas estéticas, como ya se dijo, de la mayor parte de las narradoras surgidas a partir de la década del '80.
Mirta Yáñez, en su prólogo a la antología Estatuas de sal, se refiere a un punto que comparto, pero que prefiero añadir al mío, pues considero que no fue sólo como ella dice:
...la abigarrada problemática social y estética trajo muchas consecuencias, entre ellas la casi total exclusión de la voz narrativa femenina. Las autoras femeninas aspiraron a poner su pica en el Flandes de la narrativa desde los mismos principios de los años sesenta, pero no sólo por razones de "invisibilidad" sexista, sino por la propia inclinación salvaje de la balanza temática hacia los temas de la "dureza", las narradoras se convirtieron con rapidez en estatuas de sal. (1)
En otras palabras, aún con la terrible certeza de ser algo crudo, a esa "invisibilidad sexista" y a esa "inclinación salvaje hacia los temas de la dureza", sumaría la saga de literatura feminista didáctica a ultranza (de la cual aún podrán recordarse algunos tristes y terribles ejemplos) que comenzó a evidenciarse en la década de los sesenta y alcanzó su auge en el llamado "período gris de la literatura" (los setenta) aumentando el ya amplio caudal de malas obras escritas en ese tiempo por los narradores.
Precisamente, con una mirada cosmogónica totalmente liberada de ese tipo de feminismo, surge, como una luz, Casas del Vedado (obra superior de la narrativa femenina cubana hasta hoy, después de la cuentística de Dora Alonso y un competidor que deja bien detrás a mucha narrativa escrita por los hombres) que propone una identificación del asunto "contar un cuento" que en nada se diferencia a la propuesta ya bien definida en el lado de los "machos".
Lo cierto es que la mayor parte de las primeras piezas narrativas de algunas autoras de la promoción del 80 adolecen de un marcado didactismo feminista que hace totalmente plausible la mano de una mujer detrás del texto con la intencionalidad de "hacer ver" que la mujer como ser social "tiene los mismos derechos que el hombre" en una sociedad como la nuestra, al tiempo que, en algunos casos, se descubre otra intención de demostrar que "la mujer puede escribir tan bien como un hombre", tal como se discutió en varios encuentros de la crítica en la década del '80, características éstas que no están presentes en las obras mencionadas (y posteriores) de María Elena Llana, Mirta Yañez, Lázara Castellanos y Olga Fernández, y donde se evidencia el concepto de narrar la historia desde la óptica de la importancia de la propia historia y no desde el interés de demostrar que "es una mujer quien narra": lo esencial en estos libros, y valga la redundancia, es la historia ; fenoménica que logra convertirse en una regularidad en las obras escritas por narradoras de la promoción del 90 y de algunas escritoras que comienzan a dar sus primeros pasos en este inicio de milenio.
Lo que nadie puede negar es que la tradición de la narrativa en la isla apunta a la existencia de grandes nombres de mujer. Clásicos como la Condesa de Merlín, la Avellaneda, Juana Borrero o Mercedes Matamoros resultaron antecedentes, escasos pero ilustres, en los cuales las escritoras de épocas posteriores quizás hallaron fuerzas nuevas para enfrentar el reto de imponerse en un terreno en el que su voz era escuchada como de soslayo, con cierta irónica lástima. Pero la obra de Lydia Cabrera, Dulce María Loynaz, Mirta Aguirre, Dora Alonso, Fina García Marruz o Reneé Méndez Capote, por sólo poner algunos ejemplos, está colocada, como se diría por ahí: pésele a quien le pese, en el único Parnaso de la historia de la Literatura Cubana.
Dentro del campo que nos ocupa, la narrativa, la eclosión creativa abarca aportes importantes con la obra de Mirta Yáñez, María Elena Llana, Marta Rojas, Julia Calzadilla, Nersys Felipe o Mary Cruz; o con el influjo renovador de Marilyn Bobes, Aida Bahr, Ana Luz García, Ivette Vian, Ena Lucía Portela, Anna Lidia Vega Serova o Karla Suárez, como tampoco ha de olvidarse esos logros parciales en lo literario y totales en el plano del comercio que han contribuido a despertar el interés internacional por nuestra literatura, presente en la obra de autoras como Zoé Valdés, Daína Chaviano, Chely Lima, Sonia Rivera Valdés o Cristina García, citando solamente algunas.
Una de las características que hicieron notoria, casi escandalosamente, la presencia de estas narradoras en el escenario de la narrativa cubana de los últimos veinte años, fue precisamente el paso a una mirada totalmente desprejuiciada sobre las cuestiones relativas al amor y al sexo, que anteriormente, incluso en las autoras clásicas del género habían sido abordadas bajo el tamiz de ciertos prejuicios morales. El desparpajo a la hora de referir el sexo, la agresividad contra lo establecido como estrategia para la imposición de criterios, la natural plasmación de conflictos tabúes como el de la homosexualidad femenina y la prostitución, o la apelación a una total liberalización de todo tipo de frenos y trabas morales, políticas o sociales, en la búsqueda de la realización humana, motivaron ese escándalo, incentivado además por el aparente simple hecho de que las obras escritas mostraban una calidad que nada envidiaba a la que se escribía, como ya se ha dicho, en ese entonces, "en el lado de los machos".
Esa mirada de libertad, conjugada con otras libertades antes comentadas, está presente en los cuentos de estas narradoras, seleccionados entre muchas otras por haber obtenido importantes premios nacionales y reconocimiento nacional e internacional, pretendiendo mostrar que la eclosión narrativa protagonizada por la mujer no es privativa de la capital del país, como puede entender si se lee y analiza como modelos posibles la obra y los nombres incluidos en varias antologías que reúnen la creación femenina en este género.
Hoy, bajo estos vientos que revuelven el estertor último de un siglo y el nacimiento de otro, estas mujeres salen al patio de sus casas, o a los balcones, o a las azoteas, miran el fulgor enfermizo de las estrellas, el color plácido de la luna, se entretienen escuchando los sonidos apagados de la noche, el ulular quieto del viento y vuelven a decirse, sin descubrir que repiten un ciclo comenzado en el inicio de los tiempos, que otra sería la vida en aquellos terrenos de Dios si Eva se hubiera sacado a Adán de una de sus costillas. Entonces regresan a sus casas, a sus cuartos, se sientan frente al papel en blanco, la máquina de escribir o la computadora, una taza de té, aderezada con limón, a la cubana, y escriben. Simplemente escriben.
La Habana, 2002.
Notas:
1. Yáñez, Mirta, "Y entonces la mujer de Lot miró" (Prólogo). En: Estatuas de sal. p. 32, Ediciones UNION, 1996.
|
|