“…tengo unas cosas contra ti: que toleras que esa mujer … enseñe y seduzca a mis siervos a fornicar … Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación. He aquí, yo la arrojo en cama, y en gran tribulación a los que con ella adulteran, si no se arrepienten de las obras de ella”.
Apocalipsis 2:20-22
Señor Valle:
Ante todo mis saludos, aunque no lo conozco. El motivo de mi email es uno solo, y parte también de un mismo hecho: acabo de leer fragmentos de su libro de las prostitutas en Cuba que me hizo llegar un familiar vía internet.
Me presento: soy de Santiago y vivo en Alemania donde vengo dando clases de Español en una universidad privada desde hace dos años. En Cuba fui maestra de escuela primaria, luego de graduarme en el Pedagógico de Santiago. Salí de Cuba casada con un alemán. Como ya imaginará por esto último, fui Jinetera.
Por eso mismo, mientras leía su libro, decidí escribirle, ya que en la última hoja aparecen todos sus datos, algo inusual pero útil como verá.
Su libro es valiente, sincero, necesario. Lástima que no se publique en Cuba, pues serviría para que mucha gente acabara de quitarse la venda. Yo conozco muchas historias similares a esas que Usted cuenta en el libro, y en honor a la verdad debo decirle que se quedó corto.
Le digo esto porque me extraña que no haya incluido Usted muchas historias que terminan en muertes. Yo misma conozco tres o cuatro historias que pararían los pelos de mucha gente y como tengo experiencias de la violencia que es normal entre las Jineteras y los chulos, no puedo dejar de decirle eso: debió ser más duro porque no me hará creer que en su profunda investigación no conoció de casos como los que le digo, ya que en La Habana son mucho más comunes las palizas a Jineteras, los escarmientos y las guerritas entre chulos, que terminan con muertos por el medio.
En Santiago se me conoció como Lucía, la Italiana, o solo como La Italiana. No soy de esas mujeronas que usted describe. Todo lo contrario: soy flaca, con cuerpo de modelo rusa (bien esquelética), pero cara de diosa, como usted describe a algunas. Aprendí italiano y alemán y eso me hizo fácil el camino.
Me molesta mucho en su libro que Usted sólo de la imagen de que las prostitutas lo hacen por necesidad. Yo conocí a muchas y la mayoría estaban allí por descaradas, por vagas, y casi todas eran marginales y delincuentes, carne de presidio, como se dice allá en Cuba.
No le niego que otras muchas puedan haberse visto obligadas a prostituirse por la dura realidad de la mujer cubana. Pero las que yo conocí en Santiago iban a ser putas bajo cualquier sistema y sólo aprovecharon el chance que les dio el repunte del turismo.
Me molesta que diga que no ha encontrado pruebas de que el gobierno permite la prostitución. No le voy a hacer ciertas historias que bien conozco, ni le voy a decir de otras que escuché en cuatro años como Jinetera trabajando en el Hotel Balcón del Caribe, porque todavía mi familia vive en Cuba.
Por esa misma razón le escribo desde una cuenta en Hotmail donde utilizo el mismo nombre que usé allá, pero puedo jurarle ante el Cristo Jesús que nos custodia y guía que esa ceguera que Usted menciona le sirve de mucho a mucha gente con poder allá, porque entre otros asuntos que no puede Usted olvidar está el hecho de que en nuestro país todo el dinero que entra va a parar a una sola mano, y aunque muchos digan lo contrario en sus discursos, creo que ya la gente debe saber que Cuba hará cualquier cosa para salvar el socialismo.
Cuídese. Ese libro puede resultar peligroso para Usted en muchos sentidos. Ha tenido el valor de escribirlo, pero yo en su caso le aconsejaría algo: váyase del país. Aunque usted se empeñe en querer creer que allá entenderán sus nobles propósitos, a nadie le va a importar que Usted quiera hacer un llamado serio sobre el asunto. No sea iluso. Hacerse el patriota no sirve de nada si lo que dice no resulta conveniente a quienes gobiernan. Lo verán, como ya es normal en Cuba, como una voz que se presta al juego de los enemigos y si se queda en Cuba lo van a hacer talco. Ojalá me escuche.
Buena suerte en su carrera como escritor le desea
Lucía.
Nota:
Mensaje recibido por email el 27 de septiembre del 2003. Ciertamente, le contesté a la cuenta de correo desde la cual me escribió: laitalianalucy@hotmail.com, pero todos los mensajes que le envié rebotaron.
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LA ISLA DE LAS DELICIAS
No quiero que se entienda que existe en Cuba un pensamiento uniforme sobre este fenómeno, puesto que casi todos los entrevistados y testimoniantes, de algún modo u otro, manifiestan su desacuerdo con el sistema que hoy impera en la isla. Sería ofensivo con un credo que defiendo desde hace muchos años: la pluralidad de opiniones, la necesidad del diálogo, el entendimiento de que nadie en Cuba ni en ningún sitio de este planeta es dueño de la verdad absoluta. Entrevisté a muchas personas que ofrecieron sus testimonios desde una perspectiva distinta a la que aquí recojo: salvo cinco o seis casos (empecinados en defender la tesis de que el fenómeno era menor en relación a otros problemas del país, y por ello, obviamente, no se le debía dedicar tanto tiempo), todos estaban conscientes del riesgo que se asumía con la ceguera oficial y el menosprecio de un mal de tamaña envergadura. En esas entrevistas intentaban explicar que la corrupción era un asunto de los hombres en una sociedad (y solo de los hombres), argumentando que el sistema nada tenía que ver directamente con el surgimiento y/o rebrote de esos males que rodean a la prostitución. Aunque lo expusieran con honestidad, no ofrecieron un argumento sólido que demostrara esa afirmación, y todo su cuerpo teórico aludía a que bastaba con saber que el socialismo era una sociedad que buscaba lo mejor para el ser humano y que por ello jamás tendría responsabilidad sobre este fenómeno social, como sí lo podría tener, por ejemplo, la sociedad capitalista.
Asumí el derecho de no incluir esas entrevistas para reforzar la visión apocalíptica de muchos de los protagonistas de estas historias reales, precisamente para que el lector recibiera sin tibieza el impacto de un mundo amoral, sucio, denigrante y absolutamente inhumano. Sólo de ese modo creí lograr lo que pretendía: que la gente sufriera, se molestara, se asqueara, se preocupara; en fin, descubriera que, más allá de sus propios problemas existenciales, sociales y personales, existe un mundo terrible del cual deben protegerse y contra el cual debemos luchar.
Simplemente quiero resumir, a modo de cierre, algunas de las preguntas más usuales surgidas en el proceso de investigación y escritura de este libro:
¿Es útil mentirle a la gente desde posiciones oficiales donde sí se conoce la magnitud de un fenómeno como la prostitución?
¿Hasta qué punto es un mal combatible bajo las actuales circunstancias políticas y económicas?
¿Por qué la prensa no dedica más espacio a llamados de atención sobre estos males?
¿Es la represión (el ataque puntual) el modo idóneo de combatirlos o se hacen imprescindibles cambios de concepto a nivel gubernamental que vayan dirigidos a resolver la depauperación social primero, como única vía directa para la eliminación de estos males?
¿No es conveniente incidir en la ética ciudadana, familiar y social, con un trabajo más sólido en el sistema educacional, del mismo modo en que hoy se incide en la ideologización política del estudiantado cubano?
Si no se acepta en todos los niveles necesarios la magnitud del fenómeno, ¿cómo se espera que las instituciones y organismos de masa combatan con todas las armas (y la información necesaria) estos males?
¿Es la prostitución un mal menor en relación con los otros grandes traumas nacionales de los últimos años o debe ser combatido con la misma fuerza?
¿En qué sentido la prostitución es un acto desesperado de las/los jóvenes que la practican ante la realidad social en que se vive?
¿Cómo algunos periodistas y dirigentes se atreven a juzgar a las prostitutas como amorales, como inmorales, cuando ellos mismos asumen el tratamiento del tema hacia la sociedad desde una perspectiva donde falta la honestidad y la transparencia y prima la superficialidad del análisis y el ocultamiento de muchas aristas del fenómeno?
¿Sigue siendo válido mentir y ocultar las reales connotaciones de un fenómeno con el pretexto de que “no podemos ofrecer argumentos al enemigo”?
¿La ceguera oficial ante fenómenos como estos no puede entenderse también como una forma de fomentar, permitir y tolerarlos?
¿No es preocupante sociológicamente que un acto repudiado en épocas anteriores hoy sea visto como algo natural a nivel ciudadano y familiar?
¿No es preocupante en lo ético y lo sociológico que hoy la prostituta sea vista como una figura líder en su entorno por haber triunfado, mejorado su nivel de vida y haber (incluso y lo más preocupante) virado la escala social tradicional en Cuba para ocupar uno de sus más altos escalones, cuando antiguamente ocupaban las escalas más bajas de esa estructura?
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LAS VOCES
“Yo arreo dos jebitas y con eso me forro. Siempre iba a los bailables de la Tropical y una noche me fijé que un músico estaba puesto pa'una de las jebitas que iban conmigo y le puse mala cara, que a mí nadie me quita el material. Pero el tipo me hizo una seña, sacó un billete de a cien y me dijo: “préstame una, aserito”. La verdad es que yo nunca había visto un billete así y me entró el barrentín y le di muela y muela a la Julia hasta que logré que se fuera con el tipo en su carrazo. A la Julia le gustó la jugada. Y aunque me costó más muela y hasta un par de patadas, Yumilka también se puso a trabajar para mí. Desde entonces, vamos a las clases por la mañana para que no nos fichen, y por la noche, los fines de semana, venimos a trabajar aquí, y siempre sacamos pasta de la buena porque a los músicos les gusta la carne fresca”.
José Ignacio (Yogui), 16 años, proxeneta.
“No hay ná que hacer, bobito. Yo vengo aquí todas las tardes, me hago la guanajona y siempre se aparece alguien que quiere mojar el bacalao. Y yo no me engaño, bobito. Soy flaca, fea, y para colmo, negra como un totí. Y para acabar de ponerle la tapa al pomo: soy más bruta que Brutón, y la única pinchita que tuve fue de limpiapisos en una escuela primaria. Ganaba una mierda y un día supe que aquí podía ganar mucho más. No tengo ná que buscar en la zona de los fulas. Lo mío es la zona de los muelles, y aquí me quedo, porque una vez me fui para Monte y Cienfuegos y las yeguas de allá mandaron a sus chulos a que me entraran a trancazos. Con decirte que hasta cagando sangre estuve casi un mes de la entrada a patadas que me dieron. Yo, aquí, como una estaca, esperando me gano cien o doscientos pesitos cubanos cada día. Y soy barata: una mamada, treinta pesos; mojar el bacalao en mi tota flaca cincuenta. Vaya, que con dos clientes que atienda, ya hago el día, y sin romperme el lomo”.
Miladis, 24 años, Jinetera.
“En mi cuadra soy la Ideológica del CDR. Ya se sabe cómo funciona ese chisme: nadie quiere coger un cargo en el Comité porque la gente está para sus líos y no para andar cuidándole la vida a nadie. Yo me dije: “Yany, esta es la tuya”, y como tengo facilidad para hablar empecé a intervenir en la reunión en la que sacarían a los ejecutivos del CDR: que si el bloque, que si los yanquis son unos fascistas, que la unidad era lo importante… y todos cayeron en la trampa. Cuando llegó el momento de las propuestas dos o tres gentes me propusieron y acepté, haciéndome la orgullosa. Salió como planifiqué, y hasta tuve suerte de que la de Vigilancia sea la que me vende la leche en polvo, la carne de vaca ilegal que le traen desde Las Tunas… Hemos hecho tremenda yunta para protegernos. Negocio redondito redondito: si quieren saber algo tienen que verificar con nosotras, y así nunca van a saber que yo jineteo y que ella vende hasta estrellas del cielo si hace falta, porque la gente de la cuadra son más callados que una tumba, que aquí el que no compra, vende, todos tienen caquita encima”.
Yanet, 21 años, Jinetera.
“A mí se me cayó la casa y me metieron para un albergue en casa del carajo. Trabajaba de custodio en un Círculo Infantil y ganaba unos pesos de mierda que no alcanzaban ni para comprar los mandados. Allí mismo, en el albergue, conocí a Bandurria, un negro que vende droga y él me dijo que era un bisne perfecto. Me dio miedo al principio, pero un día me encabroné porque vi que Fidel estaba mandando a construir casas hasta en la luna, en esos países de afuera, y a nosotros nos seguían durmiendo con el cuento de la crisis y esa basura. Empecé a venderle droga a la Jinetera y como tengo cara de tipo decente, me usaban los vendedores para que yo entrara a los hoteles a llevarles droga a los turistas que la pedían. Hice dinero y me compré un cuartico, ilegal, porque en este país ni lo que es de uno se puede vender. Pero los papeles de la casa me costaron cien dólares y ya estoy limpio de polvo y paja, vivo aquí con mi mujer, y si alguna vez me dan la casa por estar albergado, bienvenida sea”.
Emilio F. 41 años, vendedor de droga.
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LOS HIJOS DE SADE
En varias de las entrevistas a Jineteras empresariales en La Habana salió a relucir el nombre de este personaje, a quien coloco esa denominación pues realmente lo es. Su vida parece salida de una novela; él mismo, aprovechando la cuota de glamour que le da esa realidad a su nombre, se empeña en vivir dentro de una burbuja fantasiosa que lo convierte en un ser todavía más interesante. Debo confesar que me sentí tentado a pedirle permiso (y así lo hice) para escribir, alguna vez, una novela con todo lo que ha vivido. Por cierto, nada tiene que ver con un chulo homosexual del mismo nombre que trabaja la zona de La Habana Vieja.
A vuela pluma podría escribir que Loreal es hijo de un reconocido diplomático cubano de los tiempos del gobierno de Fulgencio Batista; que su padre fue expulsado del servicio exterior a partir del fraudulento y escandaloso descubrimiento de una red de tráfico de homosexuales desde La Habana hasta burdeles de Miami y Las Vegas, a través de la mafia norteamericana asentada en Cuba a fines del 50; que comenzó a regentear un prostíbulo ubicado en la calle Industria , en el famoso barrio de Colón, en Centro Habana; que allí tuvo relaciones con una prostituta conocida como Su Lang, La Emperatriz China , y que de esa relación, y en el mismo burdel, nació Loreal el 31 de diciembre de 1958 (véase qué fecha tan interesante); que fue acribillado a balazos dos años después del nacimiento de su hijo, en el edificio Arbos, de la calle Oquendo , mientras mantenía relaciones homosexuales con un joven barbudo, recién bajado de la Sierra Maestra , por los celos de un afamado cantante de una muy popular orquesta de los 60, con quien mantuvo relaciones hasta el año anterior; que la madre de Loreal murió en una sobredosis de cocaína en 1962 y el niño fue mandado a estudiar a un Centro Internado de niños sin familia en la provincia de Cienfuegos; que se graduó de actuación y dirección teatral en el Instituto Superior de Arte; que conoció a quien actualmente sigue siendo el amor de su vida, actualmente bailarín del Ballet Nacional de Cuba; que aprovechó sus contactos en España para que lo intervinieran en una operación de cambio de sexo, fue estafado y tuvo que regresar a Cuba sin dinero y con una operación, pero de apendicitis, que le practicaron para justificar el pago que debía hacer (e hizo) de treinta mil dólares; que vive en una casona del reparto Miramar, cerca del teatro Karl Marx donde viste como una dama antigua y atiende a sus tres grandes pasiones: el bailarín, dos lebreles afganos y un espectáculo de travestismo de altos quilates que ofrece cada dos meses.
Nuestra entrevista tuvo lugar el 23 de abril del 2003, en su casa de Miramar.
¿Por qué una dama antigua con un nombre de ahora?
Por el glamour, mi niño. Hay muchas cosas que se han ido olvidando con la grosería con que hoy se vive. Este país, antes del 59, tenía glamour, vivía del glamour. Fíjate en la Fornés, en la Borja, en María de los Ángeles Santana, en la Coalla; todas desbordaban galanura, glamour. Mujeres como esas ya no existen en el arte cubano… ni en la vida, que es un asco. Y lo de mi nombre: Loreal, es por eso que dicen: soy una dama pero me mantengo.
Y ese glamour, ¿no es contrario a lo que haces en esta casa?
Nada tiene que ver, mi niño. Es cuestión de cómo se mire. Escucha bien: a los show de travestis que doy allá atrás, en la terraza, invito a los más importantes artistas del travestismo de La Habana, y si puedo, del país. Hasta los invitados a ver esos shows son gente de alcurnia. Esa mezcla es la que hace distinto este lugar a otros tugurios que hay en la ciudad donde un show de travestismo se considera una ofensa contra el buen gusto, contra el arte y donde lo único que se va a hacer es buscar una pareja para echar un polvo, como dirían los españoles.
¿Hay muchos de esos sitios?
Como diría Michael Jackson, uuuuuuuuuuf. Cantidad, niño. Solamente en el Prado hay tres, si te metes hacia el barrio de Colón hay dos más, cerca del Parque de la Fraternidad hay uno, en Monte y Cienfuegos hay otro, cerca de la casita del Maestro, de Martí, al frente de la Terminal de Trenes, hay dos más, y hasta en el Vedado, en 17, hay uno que es mejorcito, pero los artistas son como para matarlos.
Y suele ir mucha gente…
Si es que se les puede llamar gente, pepillo. La tralla es lo que va a esos lugares, mariconas sucias que sueñan con ser mujeres y ni siquiera se preocupan por saber que las mujeres no deben tener bigotes, ni pelos en las piernas. La mayoría va a esos lugares a hacer lo que hacen todos los días, a todas horas, y en cualquier sitio, si las dejan: buscar un macho que se las suene, dicho así, groseramente.
Veo que eres de los que crees en el amor homosexual…
Existe, niño, existe. Es triste que exista tan poco, porque una no puede dejar de reconocer que es verdad eso que dicen de que los homosexuales son muy promiscuos. Sólo los que tiene una cultura mayor piensan que el objetivo ha de ser buscar esa media naranja que en alguna parte puede existir solamente para uno. El amor es también una cosa linda entre nosotros, cuando hay fidelidad, claro.
Que no es la mayoría…
La fidelidad está en crisis entre los homosexuales. Y a medida que uno va descendiendo en la escala, la cosa se pone peor.
¿En la escala?
Me explico, niño. Los gays, que tenemos cultura, que defendemos nuestros derechos con argumentos y no con plumerías y griterías histéricas, siempre y cuando la sociedad nos deje, solemos ser mucho más fieles. Las locas de carroza, las pájaras, son tan promiscuas que llegan a dar asco. Conocí a una en La Habana Vieja que cada noche tenía que llevarse al menos a tres machitos a un matorral o a un edificio en ruinas, porque si no le daban ataques de histeria. Saca la cuenta de cuantos hombres se han acostado con esa loca.
¿Alguna preocupación con esas escalas?
Una sola. Antes, en los tiempos que debían ser malos, un homosexual era un ser refinado, demasiado para el machismo imperante, pero refinado al fin y al cabo. Hoy el homosexual es cualquiera. Y me preocupa que muchos jovencitos vayan creciendo con el concepto de que lo único que importa es meterse cada noche una buena mandarria, que así mismo lo dicen. Es una degeneración asquerosa que la gente va resumiendo en el famoso chiste que dice que homosexuales o gays eran Flaubert, Proust, Lezama, y que los demás son unas mariconas de mierda. Es un criterio demasiado reduccionista y burdo como para no ser preocupante.
¿Quiénes vienen entonces a tus shows?
Empresarios, turistas de nivel que ya me mandan desde afuera, Jineteras de alcurnia que vienen con sus clientes a pasar un buen rato de exquisito arte, algunos artistas…
Escritores…
No vienen escritores. Una vez cayó por aquí uno muy conocido, pero jamás volvió, no sé por qué. Pero lo prefiero, ¿sabes? Cuando estuve en el mundo del arte siempre detesté a los escritores. Son muy verteros, muy enredadores. También los artistas gays son muy chismosos. Forman una jodedera con todo y después una se ve enredada en mil mierdas que ni siquiera se buscó. Las peores son las locas escritoras. Y créeme, hay unas cuantas que viven del cuentecito de que las reprimieron en los setenta, pero se las pasan halándole los pellejos a cuanto otro escritor y político se atraviese en su camino hacia el Olimpo. Por suerte, la mayoría de esos no llegaran ni a la piedra donde encadenaron a Prometeo.
¿Viene mucha gente a tus shows?
Se llena. A veces he pensado ampliar la terraza hacia esa zona donde está el altar de la virgencita, y va y le pido permiso a ella y lo hago, pero no acabo de decidirme. De todos modos, el dinero entra, porque la gente se apelotona y hasta se sientan en el césped.
¿A qué dinero te refieres?
Esto es una industria, muchacho. Los shows se cobran, barato, pero se cobran: a cinco dólares la entrada; allá, al fondo, donde ves el barcito, se venden todo tipo de bebidas, e incluso tengo la oferta para quien quiera comprar botellas de ron cubano, que los tengo todos; también preparo unos platillos para picar con algunas confituras y saladitos, y el hermano mayor de mi pareja prepara la comida que se vende adentro, en ese mini restaurante que atravesamos para venir hasta aquí. Tabaco, música cubana de todo tipo, aunque básicamente de la gran música que se hace en este país. Claro, lo que más le gusta a la gente es el jazz, déjame aclararte.
¿Droga?
Nada de eso. Me niego de plano. Ya te dije antes que esa es una de las groserías que se estilan en la mayoría de los shows de mala muerte esos que hay por todos lados: fumar droga, inyectarse, volarse con esa mierda. Este es un sitio de glamour y nunca permitiré que entre esa porquería. Al que no le guste, que no venga… o que se vaya, si pensó en algún momento que aquí encontraría eso.
El sexo, entonces, es ocasional…
Lo es y no lo es. Voy a explicarte: la gente viene, flirtea, se empata, y al final, en los cuartos de la planta baja, si quieren pagar, pueden meterse con todo tipo de lujo y comodidades. Ya te enseñaré esos cuartos después. Pero también hay quienes me escriben por email, me dicen que vendrán en tal fecha y que quisieran una compañía. Lo dicen en clave, porque tú bien sabes que en este país hasta eso lo revisan, pero yo cojo la señal y cuando llegan, les presento a algunos de mis amigos y colaboradores. A los que llegan de sopetón y me dicen que andan buscando eso, les enseño un álbum que tengo con muchachos que han venido a verme para que los ponga ahí, como oferta, eligen y yo llamo al que sea elegido.
¿No has tenido problemas con la policía?
Prefiero no hablar de eso, niño. Siempre hay locas envidiosas que quieren joder a una y te echan a los leones. Pero el dinero, como decía Quevedo, es un poderoso caballero.
¿Crees que alguna vez se llegue a permitir los shows de travestismo en los teatros públicos?
Esos tiempos ya están llegando. Lentamente, pero están llegando. Vivimos en una sociedad donde las cosas van cambiando sin que uno mismo se de cuenta. Antes perseguían a los homosexuales, ahora es el destape; antes nos botaban de los centros de trabajo y de estudio, ahora hasta nos quieren reclutar. Incluso ya no averiguan tu predilección sexual si vas a entrar a las organizaciones políticas, aunque siempre te dejan caer que es preferible que lo hagas en silencio, sin que mucha gente sepa “tu debilidad”. Pero el travestismo siempre, desde tiempos de los faraones, ha sido un arte. ¿Por qué voy a creer que jamás una sociedad moderna como la nuestra podrá entender ese sueño, ese modo de ser libre?
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MYRNA
Vivo aquí y no me importa. Sigo teniendo miedo aunque viva tan lejos de Cuba porque sé que los brazos de muchos grandes allá pueden llegar a cualquier lugar de este mundo y mi madre todavía está en Cuba. Vi muchas cosas. Sé muchas cosas. No puedes escribir ahí mi verdadero nombre. Me llamo Myrna, fui Jinetera y alguna vez contaré toda mi historia.
Llegué a Myrna a través de un amigo libanés, periodista, exiliado en Madrid, que había trabajado con ella en un restaurante del barrio Lavapiés hasta el día en que “la cubana”, como la llamaban, encontró a sus parientes andaluces y se fue a vivir a Sevilla.
Nuestra conversación duró más de tres horas, con la presencia de mi amigo libanés Husni Khadoum, Arturo Daniel Asunción (periodista colombiano residente en Madrid) y un laureado y viejo escritor cubano que, en un momento del diálogo, pidió que no pusiera su nombre si llegaba a escribir aquello que estaba escuchando.
Debo aclarar que Myrna es Licenciada en Derecho por la Universidad de La Habana, que su carrera profesional y su activa militancia en la UJC y el PCC en Cuba la llevó a ser considerada “una persona altamente confiable” y que por ese motivo tuvo acceso a información y lugares donde a otros profesionales cuesta mucho trabajo, por razones obvias. Ella misma me pidió que no refiriera aquí las causas y la historia de su desencanto, pues cree que pueden ser claves para que la localicen.
Respeto su miedo. Es tanto, que en seis ocasiones tuve que enviarle el texto de la trascripción de esta entrevista para que ella lo revisara, le hiciera enmiendas y diera forma a su conveniencia. Esta es su historia.
No fui Jinetera porque quise. Cada vez que oigo a la gente decir que las Jineteras lo son por puro descaro, siento deseos de que la vida vire el curso y sean ellos los que vivan lo que yo tuve que vivir. Es injusto que la gente se cuestione así como así la vida de otras personas, sin conocer de la misa ni la mitad. Pero los cubanos han perdido la memoria de cuando fuimos un país humano y sincero. Hoy, allá, la gente solamente piensa en sus problemas y en sobrevivir; se ponen el traje de buena persona y salen a la calle a comerse a los demás en aras de algo en lo que la inmensa mayoría no cree, porque es el único modo que tienen de salvarse. El socialismo, que debe ser lo más humano, ha hecho a los cubanos inhumanos y expertos en ponerse y quitarse las máscaras.
De niña tuve un sueño y creí que lo cumplía. Me dijeron que debía estudiar, que la Revolución se había hecho para que mujeres como yo tuvieran derechos y que esa Revolución lo único que me pedía era honestidad y entrega. Pero no precisaron qué tipo de entregas. Un día, conversando con uno de esos que todavía siguen allá, haciendo de las suyas, y con todo el poder suficiente como para hacerme polvo si cuento lo que han visto mis ojos, me dijo que a él le había costado mucho trabajo entender que para salvar la Revolución y lo que ella significaba era necesario incluso mentirle a la gente, cerrar la boca o hacerse el de la vista ciega. Eso no va en mí, por mi signo y por la misma educación que me dieron mis padres.
Ya yo estaba acá, en Madrid, trabajando de conserje en un hotel, cuando un amigo del trabajo me trajo un periódico donde denunciaban las posesiones y negocios que tenían los hijos de muchos altos dirigentes cubanos acá en España. Sentí vergüenza. Y sentí también mucha rabia, porque yo seguía con la máscara puesta, a propósito, quizás con el único pretexto que me quedaba para no hacer pedazos lo poco que me quedaba por dentro de mi país. Delante de todos hablaba maravillas de Cuba, del sistema, del gobierno. Y le había hecho creer a todos que yo era otra emigrante económica más. Y mi amigo venía a echarme en cara que yo debía abrir los ojos, que mis gobernantes, como todos, eran tipos ciegos de poder, y que como se dice por ahí: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Ese día supe que no se puede vivir siempre con la máscara puesta, sobre todo cuando ya no te hace falta. Pero ese es un trauma que a los cubanos que emigran les cuesta trabajo quitarse, y sé que será uno de los grandes traumas nacionales cuando se produzca cualquier tipo de apertura o cambio político en el país.
Esa noche, mientras recogía y separaba las toallas sucias que irían al día siguiente a la lavandería, tuve tiempo de pensar. Lo recordé todo. Me pidieron entrega, pero no me dijeron hasta dónde debía ser esa entrega. Era una entrega ciega, sorda, muda. Y eso iba precisamente contra lo que me habían enseñado: me enseñaron a pensar, me enseñaron a decir las cosas como las pensaba, y de pronto resultaba que no yo debía aceptar que no era conveniente pensar demasiado y no era conveniente decir las cosas como las pensaba. Querían que me convirtiera en un simple repetidor de ideas de otro. Y eso me pareció una ofensa tan grande a todos mis años de esfuerzo que algo dentro de mí se rebeló. Eso me costó el traslado a un puesto inferior. Voy a precisar: a un puestecillo de mierda, y perdona la palabra.
Un día, allá en Cuba, un familiar me pidió que viera la posibilidad de asumir la defensa de cierta persona procesada precisamente por un delito que tenía que ver con la libertad de palabra y de expresión. Esa tarde, luego de salir del trabajo, comencé a revisar la Constitución Socialista , la reformada en 1992 que era la válida en ese momento, y descubrí que los cubanos vivíamos en una cárcel. Lo creí horrible. Todavía hoy la inmensa mayoría de los cubanos no saben lo que dice su Constitución. Si lo supieran estarían preocupados, y los que se han atrevido a disentir sin conocer lo que la Constitución establece, estarían aterrados. No pude defender a esa persona. Me sentí sin argumentos. El artículo 38 dice que “es libre la creación artística” y hasta ahí la redacción corresponde a lo establecido para cualquier nación democrática. Pero luego agrega: “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución ”. Eso es una ofensa a cualquier pensamiento mínimamente democrático. Lo peor está en el artículo 52, que demuestra que en Cuba no hay libertad de palabra ni de prensa. Allí dice: “Se reconoce a los ciudadanos libertad de palabra y prensa”, y nuevamente hasta ese punto lo establecido está acorde a otras constituciones democráticas. Pero luego escribe: ““Se reconoce a los ciudadanos libertad de palabra y prensa conforme a los fines de la sociedad socialista ”. Eso es totalitarismo, en Cuba o donde se escriba.
Pasaron varias cosas que me siguieron lanzando bajo, casi hasta el fondo. Finalmente, una mañana de julio que no voy a olvidar nunca, mi jefa me llamó para comunicarme que se estaba preparando en mi contra algo grande y que quizás hasta me retiraran el título. Me aconsejó que pidiera una licencia sin sueldo aprovechando mi embarazo. Me había unido con un hombre hacía un año y aunque apenas tenía unas semanas de embarazo, ella me sugirió que argumentara malestares y sacara un certificado. Así lo hice. Nunca más volví a ejercer.
Mi vida, a partir de ese momento fue un desastre. No puedo ya tener hijos. Tuve que vaciarme. Eran momentos tan amargos que me pasé los primeros meses disgustada, molesta, peleando por todo. Mi marido se ganó el sorteo de la Embajada de Estados Unidos y, como no estábamos casados legalmente, se fue solo. Eso me hizo saber que tampoco me quería lo suficiente como para sacrificarse por mí. Y aunque al principio me llegaron algunas cartas, un día dejó de escribir y tampoco volví a saber de él. Todo eso parece que me complicó la barriga y aborté. Entonces tuvieron que vaciarme. Mi padre había muerto siendo yo una niña y solamente tenía a mi madre, que todavía vive en su pueblito de Oriente, aunque ya gracias a mis parientes acá estamos haciendo todo para que venga a vivir con nosotros a Sevilla.
Intenté buscar trabajo, cualquier cosa, pero era como si una sombra me estuviera persiguiendo a todas partes. Conocí lo que era la paranoia. Creía que todos los ojos me seguían, que el teléfono estaba tomado, que me abrían las cartas de mi madre, que mi apartamento estaba lleno de micrófonos. Mi desilusión total se la debo precisamente a la presidenta del CDR. Es una buena mujer. Todavía le mando regalos, incluso dinero, pues su hijo fue uno de los tantos que se quiso ir en balsa a Miami y nunca llegó. Me quería como una hija y una noche me lo dijo por lo claro: ella sabía todos los trabajos que yo había ido a buscar porque siempre venían a verificarme y ella atendía a los verificadores. También siempre les decía que yo era buena muchacha y todas esas cosas, y el verificador ponía cara de disgusto y le replicaba diciendo que se tenían pruebas de que yo era contrarrevolucionaria. Su consejo fue bien directo: que me pusiera a pintar uñas o me fuera del país porque nunca me iban a dar trabajo.
Me puse a pintar uñas, a cinco pesos cubanos las manos, a diez pesos los pies y tampoco llegué siquiera a cubrir el gasto que hice comprando pinzas, limas y pinturas. Se me apareció un inspector y me puso dos mil pesos de multa. Tuve que sacar los ahorros del banco para pagarla y esa misma semana supe que al inspector lo habían mandado para que me velara y partiera en dos.
La misma presidenta del CDR me habló de un trabajo, ilegal pero que daba mucho dinero. Era por Centro Habana. Estaban buscando una muchacha joven, bonita, y que supiera idiomas. La plaza era de camarera en una casa de alquiler que también tenía un restaurante pequeño. Era ilegal porque el dueño solamente tenía autorización para el alquiler, pero no para el restaurante. Y allí iban muchos turistas, porque el hombre era hermano de un músico importante que tenía muchos contactos afuera, viajaba mucho, y siempre enviaba a sus amigos a que alquilaran en casa de su hermano. Esta lleno todo el tiempo. Y se trabajaba como una mula. Pero al final del día me llevaba a la casa los tres dólares que me pagaba el dueño como salario, la comida y las propinas de los clientes. Comencé a mejorar ostensiblemente.
Estaba trabajando allí cuando conocí a Fernando. Es vasco. Muy agradable y con un corazón de oro en medio del pecho. Estaba en Cuba trabajando en unos negocios con una de las disqueras españolas radicadas allá, pero se iba en unos meses. Fernando me gustaba y yo le gusté desde el primero momento. Poco a poco fuimos acercándonos. Intimamos. Y un día me pidió que lo acompañara a la casa donde estaba alquilado en Miramar, en calle Séptima, cerca del supermercado grande de 5ta y 40. Me esperó a la salida del trabajo, me llevó a la casa y nos fuimos a su apartamento.
Desde esa vez estamos juntos. Si a eso se le llama ser Jinetera, pues soy Jinetera. Pero no lo creo así. Yo estuve con Fernando entonces por amor. Y la prueba es que han pasado casi cinco años y sigo con él. El no es rico. En Cuba una se piensa que todos los extranjeros son ricos y nadie se imagina que yo, una abogada, tenga que trabajar en un hotel o en un restaurante siendo la esposa de un empresario español que en la isla se da vida de millonario. Ya no trabajo porque Fernando ascendió en su trabajo acá, pero cuando lo conocí era un simple vendedor en su empresa, con inversión mínima en Cuba aunque para los que conocieron esa discográfica pensaron siempre que era una inversión millonaria.
Pasaron dos meses y Fernando tuvo que irse. Me pidió que dejara de trabajar y como me dejó bastante dinero, me propuse administrarme bien para sobrevivir hasta que él regresara. Así lo hice. El empezó a buscarme a la casa; a veces pasaba horas allí conmigo; salíamos a comer juntos y regresábamos caminando o en el carro de turismo que él había alquilado en Transtur. Eso llamó la atención de alguien y un día se apareció un inspector de la vivienda con el Jefe de Sector de la Policía. Alguien había hecho una denuncia de que yo alquilaba ilegalmente a turistas. Se formó el correcorre. Al final, luego de tres días de zozobra, y gracias a unos contactos que Fernando tenía en el Ministerio de Turismo, la denuncia fue retirada porque él mismo aclaró que el motivo de sus visitas a mi casa era de amistad. Yo le había dicho que no podía mencionar nuestra relación porque en Cuba no entendían que eso podía suceder sin que para ello una tuviera que ser una prostituta.
Nos seguimos viendo, pero en la casa donde él alquilaba. Al final volvió a irse para España y ahí fue que empezó mi mayor desgracia.
El Jefe de Sector regresó, esta vez con una denuncia de prostitución. Nunca pude averiguar quien hizo la denuncia. Lo único que supe fue que la presidenta del CDR se opuso a ese criterio y le dijeron que ella no sabía nada de las cosas que yo hacía fuera de la cuadra, que yo salía con turistas y que por eso mi nivel de vida había subido en unos pocos meses, a pesar de que yo no tenía un trabajo oficial.
Yo, que siempre creí en las leyes de mi país, soy testigo de que cuando es interés del Estado, el Gobierno y el Partido (que en Cuba son la misma cosa) no hay ley del Código Penal que pueda salvarte. Estaban de moda las granjas para Jineteras y sin hacerme juicio ni nada, fui a parar a una de esas granjas. Me dijeron que allí esperaría a la reclamación legal que hizo un abogado de oficio, pues no quise llamar a ningún conocido para no ponerlo en la disyuntiva de tener que defenderme en un juicio en el que todo estaba pactado para que se me condenara.
No quiero hacer los cuentos. Todavía me erizo cuando los recuerdo. Aquello no tenía nada que ver con una granja de rehabilitación, nombre que le daban oficialmente. Era una cárcel. Una cárcel con todas las desgracias de una cárcel. La violencia era asquerosa. Los atropellos entre las presas eran un bochorno. Me sentí mal siendo mujer. Me sentí con asco. No podía entender como otras mujeres pueden engendrar tantos pensamientos sucios, tanta violencia, tanta rabia. No había visto nunca caer a las mujeres tan bajo, hasta el punto de hacer componendas para violar a las más indefensas. Allí supe que poseía un valor que quizás en otras condiciones no hubiera descubierto.
Habían traído a una muchachita de unos diecisiete años. De las Villas. Le decían La Maga y creo que se llamaba Margarita. Estaba bañándose cuando dos de las mandantes fueron hasta ella y empezaron a tocarle las nalgas. La Maga se reviró y les gritó algo. Entonces una de las dos la agarró por el pelo y la viró hasta cogerla por la espalda, de modo que no podía moverse, mientras la otra comenzaba a chuparle las teticas a la pobre muchacha que empezó a llorar. Yo estaba en mi litera y desde allí se veía el baño. Pude ver lo que pasaba. Y el asco que sentí fue tan grande que me tiré de la litera y corrí hasta allí, en el momento en que la mandante dejaba tranquila las tetas de La Maga y se ponía a lamerle ahí abajo. Vi el trapeador en una esquina, lo agarré y se lo partí en la cabeza. Sin pensar lo hice. Era como si algo me cegara. El trapeador se había partido y cuando la otra vio a su amiga en el piso del baño, sin conocimiento y sangrando, se tiró hasta donde yo estaba. Tuvo mala suerte. Con mucho miedo, y para protegerme, eché el palo partido hacia delante y ella se enterró la estaca a un costado de la cadera. Se dobló y empezó a llorar de dolor. Empecé a patearle la cara, las tetas, la barriga. Las otras vinieron y nos separaron.
Ese mismo día se las llevaron para otra granja, o no sé, pero nunca más volvimos a verlas. A mí me respetaron mucho desde entonces, aunque sólo yo sé que fue la suerte la que quiso que yo enfrentara a esas dos degeneradas que no debieron nacer nunca.
También estaban los encarnes. No los voy a escribir porque esa sería historia para un libro sobre las cosas que pasaron muchas mujeres en esas granjas. Cosas horribles que nada tienen que envidiar a los cuentos de horror que conocí por boca de muchas Jineteras con las que compartí esos cuatro meses. Hay de todo en ese mundo: las pobres que son arrastradas por chulos; las miedosas que no pueden enfrentar a su miedo y ceden a las presiones, incluso de sus maridos para que se prostituyan; las que lo hacen por puro placer sexual; las que apostaron por jinetear para salir del país, y muchas otras inocentes que, como yo, pagaban cuentas que algunas ni siquiera imaginaban.
Uno de esos encarnes tenía nombres y apellidos. Y lo escribo por si alguien se conduele de esas pobres mujeres que seguro todavía está torturando. Se llama Jorge Miguel, civil de las FAR, encargado de custodiarnos en el campo, mientras trabajábamos. Una especie de capataz que abusaba de su poder.
No recuerdo cuántas veces tuve que abrir las piernas para que se vaciara dentro de mí. Nos turnaba. Había seleccionado a las más bonitas y nos turnaba. Una por día. Con la amenaza de que sus influencias podrían hacer que nos pudriéramos allí. Un día descubrimos, gracias a un oficial, que era un comemierda sin poder ni influencias, a quien habían cogido robando como administrador en una Unidad Militar y lo habían mandado para la granja como castigo, con el sueldo rebajado incluso.
A partir de entonces se valía de su pistola y de la ayuda de otro hombre, un guajiro subnormal, tartamudo a quien llamaban Metralleta porque hablaba cortando las palabras, que siempre andaba con él, para obligar a otras muchachas, nuevas todas, a que lo dejaran hacer.
Fui viendo los cuentos que antes escuchaba en la calle y no creía: los guardias que aprovechan y sacian sus deseos sexuales sin ninguna contemplación; los que abusan de su poder y humillan a las presas obligándolas incluso a que se las chuparan delante de otros guardias; los abogados (una vergüenza más para ese oficio en nuestro país) que prometían sacar a las Jineteras de aquel lugar, cobraban una barbaridad y luego no hacían nada o se justificaban echándole la culpa a la rigidez del gobierno con aquellos casos; las muchachitas que no soportaban y se suicidaban (como Clara, la camagüeyana, de veintiún años, que se ahorcó colgando de un árbol un alambre de púas que ella misma había arrancado de una cerca, o como Luisa María, una de las muchachas que había sido amante de uno de los fusilados en el juicio de Ochoa y después que fue descubierta tuvo que servir de amante a otros jefes menores, que la amenazaron con procesarla porque sabía demasiado: amaneció desangrada en uno de los baños, luego de que se cortara las muñecas con el filo de la taza del inodoro que rompió a patadas para poder cortarse); los jefes de prisión que cambiaban mejoras en las condiciones de vida y pases a la ciudad a cambio de favores sexuales; los extremismos de algunos capataces (las mujeres guardianas eran las peores) que hacían casi reventar a las mujeres trabajando hasta altas horas de la noche “para que paguen sus puterías, cabronas”; las palizas de escarmiento a las que se resistían y querían denunciar (o denunciaban ante los psicólogos, abogados, y otros) los maltratos que recibían; e incluso el crimen: ninguna de nosotros creyó jamás que Liudmila, una negrita muy bonita que estaba allí por haberle dado candela a su chulo, decidiera tomarse por su propia cuenta una botella del salfumán que se utilizaba para limpiar los baños, y sí sabíamos que ella había descubierto un negocio entre alguien de la granja y los campesinos de la zona; un negocio de venta de ropa, jabones, detergentes, comida y zapatos de trabajo que debíamos utilizar nosotras y jamás llegaron a nuestras manos.
También vi, justo es decirlo, los esfuerzos de algunas psicólogas, abogados, y algunos oficiales que intentaban frenar tantas injusticias. Para ti, J.S.G, si lees este libro alguna vez, mi agradecimiento por todas las cosas que hiciste por mí, honrando tu profesión de psicóloga.
Vi los cielos abiertos cuando un oficial vino a buscarme al campo una tarde y me dijo que tenía que acompañarla. Fernando me esperaba en la Oficina Principal. Lo supo todo y nuevamente (esta vez no le pregunté, y jamás he vuelto a hacerlo) usó ciertas influencias para sacarme de allí.
— Mi desilusión con Cuba ya rompió todos los parámetros — dijo con una decisión que no le conocía —. Te vas conmigo a España.