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COORDENADAS DEL CUENTO CUBANO ACTUAL

 

Un fisgoneo a través del mito.

Cuba es una isla que navega en los espacios del mito. Isla imaginada, reinventada, construida palmo a palmo en ese ámbito fabulado por los escritores cuando desnudan sus mundos íntimos.

Cuba se alimenta de los mitos. Se multiplica en mil Cubas diversas bajo el influjo de los mitos. Parafraseando a un escritor, podría decirse que “Cuba es un mito rodeado de mitos por todas partes”; parafraseando a otro, el gran Virgilio Piñera, sería exacto decir que los cubanos vivimos “bajo la terrible circunstancia del mito por todas partes”.

Ese mito, en manos de los creadores de la isla (y por obra de ellos), parte a Cuba en dos espacios que, por sí mismos se convierten en mitos: el fabulado y el real. Y de esos mitos tratan estas historias que pretenden abrir ciertas puertas al lector para el conocimiento vivo de un país insólito y hermoso a través de la palabra de sus cronistas (los cuentistas, en este caso); palabra convertida en relatos que transcurren en esos años en que se cerraba el siglo XX y se abrían las puertas del XXI.

 

El cuento… Los cuentistas

Una isla de cuentistas. Eso se dice. Y no anda lejos de la verdad quien así piensa por la sencilla razón de que la poesía y el cuento, en el escenario de las letras cubanas, han cabalgado juntas y por los mismos caminos, desde aquel primer poema que escribiera en la isla Silvestre de Balboa, donde versaba, de modo epopéyico, una historia propia de un cuento: Espejo de paciencia, considerada la primera obra literaria cubana. Otros géneros literarios como la novela, el ensayo y la dramaturgia, por ejemplo, a pesar de tener ilustres y muy famosos cultivadores, no alcanzaron en ninguna de las etapas de nuestra historia literaria los niveles de arraigo que han tenido el cuento y la poesía. Cuba, hoy, sigue siendo un país de poetas y cuentistas que, alguna que otra vez, escriben novelas, excelentes novelas, pero que siguen siendo minoría. Para decirlo al modo de Cortázar: “es una isla iluminada por el cuento”.

Ese manantial de creatividad, ese aluvión de estilos que conforman la historia del cuento, es una de las razones que hace siempre difícil el trabajo de los antólogos, si es que pretenden acercarse a la verdad de un fenómeno que asombra a la mayoría de los hispanistas: ¿cómo es posible que una isla tan pequeña haya tenido y tenga una de las más importantes contribuciones al cuento en lengua española?.

Cierto es que hay nombres esenciales desde los inicios del género, en el siglo XVIII. Me permito citarlos, con el único objetivo de que el lector de esta antología, si se siente motivado a seguir buscando, pueda contar al menos con una guía de los que resultan imprescindibles para entender el verdadero desarrollo de este género en Cuba: Hernando de la Parra, Buenaventura Pascual Ferrer, Tomas Romay, Ramón de Palma, Juan Francisco Manzano, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Cirilo Villaverde, La Condesa de Merlín, Félix Tanco, El Lugareño, Emilio Bacardí, Luisa Pérez de Zambrana, Felipe Poey, Raimundo Cabrera, Martín Morúa Delgado, Manuel de la Cruz, Julián del Casal, Esteban Borrero, Nicolás Heredia, Ramón Meza, José Martí, Emilio Bobadilla, Tristán de Jesús Medina, y Alvaro de la Iglesia, quienes escribieron sus relatos entre los siglos XVIII y XIX.

En el siglo XX se produce la gran eclosión. Del período anterior a la Revolución, cualquier estudio que se precie de seriedad, no podrá obviar nombres como Miguel de Carrión, Jesús Castellanos, Carlos Loveira, Alfonso Hernández Catá, José Manuel Poveda, Luis Felipe Rodríguez, Félix Pita Rodríguez, Arístides Fernández, Pablo de la Torriente Brau, Rubén Martínez Villena, Carlos Montenegro, Enrique Serpa, Lydia Cabrera, Alejo Carpentier, José M. Carballido Rey, Lino Novás Calvo, Onelio Jorge Cardoso, Enrique Labrador Ruiz, Antonio Ortega, José Lezama Lima, Dora Alonso, Eliseo Diego, Guillermo Cabrera Infante, Antonio Benítez Rojo, Reinaldo Arenas y Manuel Cofiño, entre muchos otros.    

Esta antología, entonces, pretende mostrar un breve panorama de un grupo de las marcadas tendencias del cuento cubano que se escribió desde 1959 hasta la fecha. Todos los autores aquí representados son considerados por la crítica literaria cubana como voces imprescindibles del género, aunque lamentablemente por obvias razones de espacio, se ha tenido que excluir a otros nombres también de primera importancia.

 

La Narrativa Cubana de la Revolución.

Una de las características que diferencian el fenómeno Narrativa Cubana de la Revolución de la escrita por otras promociones anteriores al 1959 es la existencia de núcleos fuertes de narradores en distintas provincias del país.  Si en el florecimiento de la cuentística cubana de principios de siglo y en la llamada narrativa de los 50, por ejemplo, podía definirse claramente un agrupamiento de autores en la capital y figuras aisladas en el resto del país, en los cuentistas del período revolucionario junto al gran número de escritores residentes en Ciudad de La Habana (por excelencia, el centro literario de la isla) se desarrollan otros narradores que hacen menos monolítica y metropolitana la incursión en el género.
Los núcleos de mayor desarrollo en el cultivo del cuento se encuentran, además del grupo capitalino, y con ciertos ascensos y descensos en su carácter fenoménico, en el oriente (Santiago de Cuba y Holguín, esencialmente), el centro (Sancti Spíritus, Santa Clara y Cienfuegos) y Pinar del Río, aunque existan también escritores con una obra destacada en otros territorios.

Ese fenómeno es aún más marcado en la cuentística cubana escrita en las dos últimas décadas del siglo XX, caracterizada por una confluencia generacional (coexisten narradores del 40, del 50, del 60, del 70, del 80 y del 90) en un momento en que la creación alcanza niveles de calidad muy considerables en todas las promociones existentes, hecho que ha sido señalado por el crítico y narrador Francisco López Sacha como “la vuelta del péndulo”, ahora en un punto bien alto de su camino.

 

El período de oro de la narrativa cubana

Denominado así por el crítico cubano Ambrosio Fornet, el período iniciado con el triunfo de la Revolución y terminado en 1972 abrió las primeras vías para el reconocimiento internacional de las letras cubanas. En esos años se dieron la mano en los escenarios literarios cubanos autores como José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Onelio Jorge Cardoso y Lino Novás Calvo (que venían ya con una obra sólida desde la época prerrevolucionaria) con jóvenes narradores que vieron la solidez de su obra en esos primeros años como Guillermo Cabrera Infante, Antonio Benítez Rojo, Eduardo Heras León, Jesús Díaz, Norberto Fuentes, Reinaldo Arenas, Manuel Cofiño, y José Soler Puig, entre otros destacados nombres. Libros como Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, El escudo de hojas secas, de Benítez Rojo, Los pasos en la hierba, de Heras León, Los años duros, de Jesús Díaz, Condenados de Condado, de Norberto Fuentes, Paradiso, de Lezama Lima, El pan dormido, de José Soler Puig y El siglo de las luces, de Carpentier, por sólo citar algunas, hoy constituyen clásicos de la Literatura Cubana de todos los tiempos y demuestra la madurez literaria y proyección universal alcanzada por nuestras letras en un momento similar de auge para la literatura latinoamericana.

 

El período gris

Las influencias literarias mal adquiridas de lo peor del realismo socialista, la politización de la cultura cubana hasta niveles que propiciaron el esquematismo y la creación de “modelos literarios permitidos” por la lucha ideológica del momento (fenómenos hoy reconocido por las autoridades culturales y políticas cubanas), entre otras muchas causas generalmente de origen no cultural, convirtieron a los años que transcurren entre 1972 y 1980, aproximadamente, en una tierra estéril donde sólo siguieron destacándose algunos nombres surgidos antes de la Revolución y en la época dorada ya mencionada, especialmente la obra de Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso, Reynaldo González, José Soler Puig, y surgiendo algunos nuevos nombres entre los cuales la crítica destaca la escasa creación (interrumpida por la muerte a los 30 años) de Rafael Soler (hijo de Soler Puig), con dos colecciones de cuentos imprescindibles para la historia de la narrativa de la Revolución: Noche de fósforos y Campamento de artillería.

 

El despegue del péndulo

El narrador y crítico cubano Francisco López Sacha denomina así al período que inicia con la década del 80 y que aún no termina.  El desarrollo acelerado de dos movimientos narrativos diferenciados y sólidos y su confluencia generacional con las otras promociones ya mencionadas han propiciado muchos resultados internacionales importantes (la mayoría de los narradores cubanos residentes en el exterior de la isla con premios internacionales ya tenían una obra sólida en el momento de su salida del país) que han colocado a la Literatura Cubana de fin de siglo entre las primeras de habla hispana en todo el mundo.

Esas dos promociones: la del ochenta (que se inicia a fines del 70 y consolida en esa década) y la del noventa (que arranca a mediados del 80 y madura en la década del 90 y del 2000), junto a una nueva hornada de muy jóvenes narradores (entre 18 y 21 años) caracterizan y enriquecen el panorama de la narrativa cubana actual. De ahí que el despegue del péndulo sea una realidad y que, una vez llegado a la cima, no haya querido descender.

Si se quiere tener un real acercamiento a lo que sucede hoy en este campo en la isla, debe buscarse de la promoción del 80 Rumba Palace de Miguel Mejides, El relumbre del oro de Jorge Luis Hernández, Figuras en el lienzo de Sacha, Donjuanes de Reinaldo Montero, Habanecer de Luis Manuel García, Casas del Vedado de María Elena Llana, Las llamas en el cielo de Félix Luis Viera, El niño aquel, de Senel Paz, Espejismos de Aida Bahr y El horizonte y otros regresos, de Abilio Estévez. De los narradores del 90 (una lista bien amplia) son importantes Confabulación de la araña, de Guillermo Vidal, El muro de las lamentaciones, de Alberto Garrido, Oficio de hormigas, de Gumersindo Pacheco, Prisionero en el círculo del horizonte, de Jorge Luis Arzola, Cuentos para adúlteros, de Jesús David Curbelo, Sur: Latitud 13, de Angel Santiesteban, El derecho al pataleo de los ahorcados, de Ronaldo Menéndez, Manuscritos del muerto, de Amir Valle (1), La hora fantasma de cada cual, de Raúl Aguiar, Blasfemias del escriba, de Alberto Guerra, Una extraña entre las piedras, de Ena Lucía Portela, Cuentos frígidos, de Pedro de Jesús López, y Espuma, de Karla Suárez, por citar sólo los más mencionados por la crítica nacional.

Espacio aparte, y no por ello separado, tiene dentro del discurso del cuento cubano, la obra de cuentistas cubanos residentes fuera de la isla, quienes han contribuido a que el espacio ficcionado de la literatura cubana se amplíe y enriquezca con nuevos escenarios, nuevas zonas temáticas, y nuevas adquisiciones culturales e idiomáticas. Existe consenso en la crítica que dentro de ese concierto de voces que escriben desde hace décadas y hasta hoy la narrativa del período revolucionario (que los críticos literarios del exilio denominan, por razones obvias y con toda razón, “período del castrismo”) destacan los libros El resbaloso y otros cuentos, de Carlos Victoria, Las historias prohibidas de Marta Veneranda, de Sonia Rivera-Valdés, Carga de Caballería, de Armando de Armas, We Came All the Way from Cuba So You could Dress Like This?, de Achy Obejas, Historias de Olmo, de Rolando Sánchez Mejías, El tartamudo y la rusa, de José Manuel Prieto, El jardín de la luna, de Roberto Fernández, Con la boca abierta, de Odette Alonso, Lágrimas de cocodrilo, de Enrique del Risco y Un arte de hacer ruinas y otros cuentos, de Antonio José Ponte, entre muchos otros.

 

Cierre

Los escritores cubanos, que siguen viviendo y soñando los mitos de su isla en esos muchos espacios geográficos donde la habitan (allá en Cuba o en la diáspora) han preferido siempre que el dios Cronos en persona le abra las puertas a la perpetuidad de su obra. Sinceridad mediante. Honestidad literaria mediante. Culto reverente al poder de la palabra escrita mediante. Quizás en ello, en esa sinceridad, en esa honestidad y en ese culto al poder de la palabra escrita, esté la razón que responda a la gran incógnita de los críticos: ¿por qué una islita casi perdida en el mapa del mundo ha escrito una de las literaturas más sólidas de la lengua española? A los intelectuales cubanos nos gusta decir que creemos en el reino de libertad que inventamos con nuestras letras. Ese reino de la libertad que es la literatura y que, con las obras de altísimos quilates de autores como los que reúne esta antología, ha vencido otra vez al paso del tiempo, a los huracanes que asolan el Caribe que habitamos y a esas distancias que separan a las miles de culturas que pueblan hoy el mundo.

NOTA:

1. Cometo el “pecado literario” de mencionar mi libro basándome en el planteamiento de la crítica que ha seleccionado a este libro de cuentos entre los que cualquier estudio debe considerar

 

 
 
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Columna de opinión del escritor