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YO SOY EL MALO

Nono Cardenal es el colillero más ilustre del pue­blo. Rara vez alguna colilla se salva de caer en sus manos y de teñir sus dientes del humo amari­llento que ahora sube blanco hasta allá arriba donde están los muchachos mirando del otro lado a las muchachitas y el baño es un hervidero qué nalga mira eso chico coño déjame ver; bobadas, digo, haciéndome el mayor, suelto otra bocanada que se une a las demás y forma dos bolas, dos nalgas inmensas que para mí son las de Mirita, que aunque la gente del barrio decia que era men­tira yo sabía que ella estaba para mí y si no se dejaba caer era por la edad. Tú estás loco si no miras. Loco está Nono que aparece en el pueblo cuando empiezan a arder las piedras bajo el sol y los collares negros del churre se hacen mayores en nuestros pescuezos, va hasta la guarapera y se agacha a recoger las mejores colillas. Caray, que­dan pocas chupadas; es como si uno después de haber sido grande volviera a la niñez como cuando ella tenía quince y yo doce y aunque no soy bobo los de la banda se reían de mí - te ahoga- decían, y yo que no porque las chivas me lo habían pues to grande. Más grande lo tengo yo, oigo a los mu­chachos que ya no tienen que ver y andan midiéndoselo para saber quién es más hombre, que según ellos eso es igual a la física, lo que aquí el ta­maño es directamente proporcional a la hombría; el tuyo parece un fósforo, chotean a Cachi. Eso sí, fósforos siempre lleva, no sé cómo, pero nunca lo he visto pedir ni comprar porque plata no tiene, ni vergüenza. ¡Miren!, un grito y los huecos de arriba de la pared se llenan de caras y de nuevo las manos van a sujetarse los huevos qué rico se le ve se le ve mierda ni un filito mejor no hacer caso a esa habrá otra. Uno no puede hacer caso a lo que digan los muchachos del ba­rrio y aunque te echen de la banda - por vaina - ­ o por flojo, que es lo mismo; se debe tapar los oídos y echar para alante con los ojos cerrados, la nariz y todo bien apretado. Cabrón, me vas a mear, y él, perdona, no te vi, oye dame ese cabo; ya jode, digo, y mientras mastica un tacaño este empina el chorro para un rincón haciendo figuras en la pared como todo un señor loco pintor de orine sin vergüenza, esa que nunca ha visitado la casa de Nono, ni su cuerpo y por eso anda desde el cementerio a la bodega, de ahí a la guarapera y se para a mear en cualquier parte, como los perros. Los de arriba, hablen bajito que va a ve­nir la profe. Mirita tiene más cuerpo que la profe, y me gustaba. Una vez se lo dije bien bajito para que nadie del barrio se enterara si me decía que no. Ella no me quitaba los ojos de encima y yo no sabía cómo carajo iba a parar la gaguera; se sonreía cuando le decía algo picudo de moda y debe­rían darme el merito de pintor honorario por inventar más colores para que me tiñeran la cara y también nombrarme Gran Físico por conocer tan de cerca los distintos colores que di en séptimo, sobretodo el de las orejas. Voló el cigarro. Oye, vamos, ya es tarde; espérate, chico qué coso­ta; vamos, y le halo el bajo del pantalón; se tira de la división de los baños, ¿y ese apuro?; ya es tarde, digo; estás loco, responde, pero me sigue. Salimos al pasillo. Está desierto como las noches del pueblo en que Nono aprovecha y se va a dor­mir en el cuartico que tiene al lado del corral de la vieja Eulalia, la abuela de Mirita. Los días de fiesta se queda bien tarde para hacer buena cosecha y llenarse los bolsillos con cigarros de todo tipo y tabacos que ya no son ni soldados siquiera. Los otros días se duerme temprano. El humo todavía me da vueltas en la cabeza cuando la profe me mira muy seria: ¿donde estaban?; me toco la ba­rriga y los demás se ríen sin pensarlo, no como Mirita que aquella vez me dijo que tenía que pen­sarlo y empecé a brincar de gusto por dentro porque eso era un buen inicio. Dame dos días - y se los di. Ahora es el humo en la cabeza y Gaínza que me dice que hicimos mal en irnos, que ya de español sabemos bastante. Cállate, digo, y menos mal que fue eso lo que la profe oyó y que no tengo nada de malo en la cara; estoy tranquilo, así como Papá cuando dice que Nono tiene cosas de gente normal. Con otras ropas y sin esa costum­bre sería otro, porque trabaja bien la tierra de Nacho y le cuida mejor las chivas para que no po­damos ir a joder allí. Hasta lo han visto mirarle el traspatio a Conchita, la tendera, que tan masuda es, y tan sata. La profe viene hasta mi asiento, ¿ terminaste?, y respondo que sí con la cabeza, parecido al que me dijo Mirita, pero con condiciones de no andar juntos por el pueblo y de que su abuela Eulalia no se enterara. Eso no es ser novios - repliqué, y contestó que nos veríamos en el río por las tardes, por mi edad y porque había prometido a su madre que en paz descanse no tener novio hasta los veinte. La profe va hasta la pizarra y le miro sus bolas, con ojos de loco, dice Gaínza, si fuera una chiva como esas que cuida Nono que de bobo, mirando a la tendera con esas ganas no sabemos por qué no se la des­quita con ellas como nosotros cuando nos dicen que no y al terminar el trabajo se va a dormir a su cuarto con una cola de muchachos detrás -¡ Colillitas!, le gritan. El mismo numerito de siempre, no se debe gritar, hay que hablar normalmente, re­pite la profe, que así es mas bonito el español y Gaínza en voz baja, a mí que coño me importa­ eso. A ellos sí les preocupa, por eso lo dije en la banda, desde el chino hasta el Grande Carvajal que estaba detrás de ella hacía tiempo. La tumbé, y me iba para el río. Ahora te va a importar. Me echo a reír porque Gaínza va colgado de su oreja y la mano de la profe es una tenaza; los vemos ir hacia la dirección que él y yo conocemos tan bien como Nono se sabe de memoria el camino por donde los muchachos lo ven coger para lo de Eulalia y viven inventando que a la vieja, igual que a la madre de Mirita, le gustan los lo­cos y está con él cogiendo mangos bajitos. El aula es un silencio enorme. Nadie quiere tener proble­mas con el cabezón de Federico que se las da de gran director y de eso ni un pelo tiene, claro, si es calvo y sí tiene una lengua de hablar basura y meter mentiras como esa de la merienda que debe ser invisible, o como la de Eulalia; ¡men­tira! - negó Papá - es ella, y le echó en cara a la vieja que la descarada es Mirita, que para eso es mayor, y yo me volví un infeliz para que me de­fendiera porque vino a decir Eulalia que yo he pervertido a su nieta. El y los del barrio - dijo, pero Papá casi no la oyó y la mandó a salir - an­tes de que explote - lo oí, y puse cara de yonofui por si acaso. La profe ha vuelto y Gaínza se sien­ta rápido para enseñarme un tabaco de la guataquería del director, para que vea que yo soy hom­bre, lo imita; eso es para decir que es bueno, no te infles, digo; un pretexto para limpiarse con nosotros; lo mismo que hacen los muchachos para ir has­ta lo de la vieja - a buscar anillos de tabacos, y una vez fueron y los vieron juntos conversando; Mirita mirando a Nono y Nono mirando los pe­ chos de Mirita, tapados por la blusa y entonces volvieron a gritarme bobo y abundaban los car­telitos y los dibujos de toros que no sé como caían en mis libretas; parecidos a este que descubrí esta mañana y que tanto embrollo me ha for­mado en la cabeza. Hoy vino a mi aula Cheo para saber que hacía la vieja por la mañana en mi casa. Se lo cuento todo y se echó a reír, porque es el único que sabe que aún no he podido verle nada y eso que estamos largo tiempo en el río, sólo conversando y ella que a veces me toca entre las piernas y soy yo el que se pone colorado, ella queda igual; se ríe mucho de mí y cuando voy a tocar se aparta - me voy, dice. Recuerdo a la vieja; que su nieta sólo habla de hombres, que la cogió tocándosela a un perro y todo eso por mi culpa; yo era su novio y ella lo sabía porque de boba no tenía ni una cana, le contó a Papá. Por eso, para que no juegue más conmigo voy a hablarle a Mirita con carácter; si yo soy el cul­pable de todo eso tengo que hacerle algo para que sólo hable de mí y no chive a los pobres perritos; para que de verdad la culpa sea mía y la vieja no se equivoque. Pero ella hoy no vino a las clases por­que Cheo estuvo por allí escapado. No la vi en todo el pre - dijo y arrancó para lo de Nacho a aprovechar que Nono está durmiendo la juma que le metieron anoche un grupo de guajiros para que cantara una vieja me dio un beso que me supo a cucaracha y divertirse de lo lindo con el pobre loco que ojalá le dure el ron una semana, aunque a mí no me interesa que siga velando las chivas. De hoy en adelante voy a ser duro con Mirita y no va a hacerme falta eso, porque al final me los enganché bien: profe, voy al baño, dije, y ella movió la cabeza porque sabía que la risa del aula no la dejaría hablar. Ahora es de verdad, le sople a Gaínza antes de bajar para el baño de la pri­mera planta a la carrera y aunque era un invento tuve que sentarme en una taza porque el cabrón de Federico vino a premiar con una meada de gran director el baño de los profesores donde yo estaba porque es el único en la escuela al lado del hueco de la escalera que da al sótano. Cuando se fue, salí, y menos mal que no me sintió, por­que si hubiera mirado, de seguro me echaría en cara: usted ensucia con los pantalones puestos, y no estaría ahora yo esperando a ver si Mi­rita sale de la casa. Si se mete en el corral des­pués de la paliza la lleno de besos, por la suerte que ya va siendo bastante porque la vieja salió hace un rato para el Central y ella debe estar sola allá adentro y yo... Caray, Mirita, y va... no, mentira, se metió en el corral; no, si yo lo digo, feo, pero con suerte, y hasta tengo tiempo de de­cirle lo que quiera. Le voy a hablar así quecoñotepa­saaticonmigoestásjugandoynomedalaganaqueelhom ­ bresoyyo, así de carretilla se lo voy a decir y no darle tiempo a que se ría de mí, luego cogerla por el brazo, tirarla en el suelo y obligarla para que vea quién manda. Voy entrar al corral, pero la puerta está cerrada y empujo con cuidado. Des­prevenida es mejor, pienso, entro y se me apare­cen los muchachos dando vueltas en la cabeza un par de tarros dibujitos te ahoga y soy un toro; miro con los ojos muy abiertos y es Mirita en cueros, Nono en cueros entre las piernas de Mi­rita que lo mira y sonríe y chilla y sonríe y sonríe y ya.

Abril 1983

 
 
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