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Capítulo primero

Sabía que iba a morir. Desnudo sobre la cama, los ojos clavados en la madera viejísima de la puerta que siempre le había parecido siniestra, sepulcral, de un color similar al de los ataúdes, sintió los agujonazos del terror en el pecho y el vientre, como si unas gruesas cadenas lo ataran a la perfecta blancura de la sábana que ellas habían tendido, estirado, casi planchado con sus hermosas manos, esa misma tarde.

Afuera, las voces de las muchachas se confundían con los bramidos del viento, con el ulular de la lluvia barrida de un lado a otro del patio, con el repiqueteo de sus gotas sobre el viejo tejado. Y un gato. Sintió el maullido de un gato, primero aislado, apagado, como perdido entre el estruendo acuoso de la tormenta, y después convertido en un cántico de animal en celo que también le pareció fúnebre.

La puerta se abriría alguna vez, en algún momento no lejano. Lo sabía. Todas aquellas noches había inventado métodos buscando una barrera que lo alejara de las muchachas, siempre sin resultado: el inmenso sofá de enormes patas de madera tallada, que tanto trabajo le había dado arrastrar y colocar contra la puerta, fue empujado por la menor, Dazema, trigueña y mágica, como quien sopla un liviano plumón; el librero de caoba, repleto de libros antiquísimos, de gruesos lomos, conservados como salidos de imprenta detrás de las puertecillas de cristal, también fue barrido hasta el medio de la habitación cuando Dulima, rubia y angelical, empujó luego de tocar varias veces sin que él respondiera; Deleda, india y altanera, posesiva, lo sorprendió dormido, seguro ya de que esa noche no entraría ninguna mujer en aquel cuarto, y aún no sabe cómo logró traspasar el muro que creó con el librero, el sofá, y las cajas de libros que había llevado hasta aquella habitación, con el permiso del viejo escritor, para poder trabajar hasta altas horas de la noche sin molestar en el ala derecha de la casona, habitada sólo por el anciano y una criada joven, muda, dueña de un rostro donde el acné y alguna rara enfermedad de la piel había marcado unos surcos horribles, unas protuberancias negruzcas y el estallido de verrugas rojizas que le daban a su cara una semejanza casi real al cuero de un sapo.

Y una imagen recurrente, "siniestra", piensa y se estremece: la sonrisa malévola del anciano en la mesa del comedor, la copa de vino alzada por la mano del anillo de Maestro Masón, como enseñándole que allí había depositado la droga. Y sus dientes amarillentos y picados, el lunar de vellos rojizos a un costado de la boca: todo difuminándose, abrumándose ante sus ojos como quien se ve de pronto envuelto por una niebla espesa. Luego el silencio, la nada. Después, sus risitas molestas, pegajosas: Las manos de las muchachas alisando las sábanas, desnudándolo segundos más tarde: Sus cuerpos que divisaba aún borrosos, pero definibles ya de tan conocidos: Sus risas: Siempre sus risas: Las risas desde el comienzo mismo: Risillas de hiena que entonces, sólo entonces, supo lo atraían hacia ellas, como un canto de sirenas en busca de cópula: Cada vez las risas: Otra vez las risas... Desde el inicio de aquella historia.

Puede recordarlo. Las brumas se han disipado y su cerebro precisa cada detalle, como si el miedo que lo congela le disparara la memoria hacia ese momento en que un anuncio en el periódico lo condujera, ahora sabe que fatídicamente, hasta la casona y la biblioteca desorganizada del viejo escritor, a quien siempre admiró por sus exquisitas novelas eróticas.

¿Por qué Garrido, el mejor de todos ellos según los críticos, había decidido suicidarse? Su literatura se parecía mucho a la del viejo, ya se lo habían hecho saber algunos envidiosos de sus tempranos éxitos en reseñas publicadas en las revistas del país, y quizás eso lo había decidido a optar por aquel trabajo fabulosamente remunerado, donde, además, se ganaba el prestigio de haber servido a quien todos llamaban El Maestro, el mejor narrador de todos los tiempos en aquella tierra donde los escritores crecían con una extraña tozudes, típica de las malas yerbas.

Algo había fallado. Cuando firmó a la derecha del contrato que el viejo le extendió desde su buró de caoba negra, mientras contemplaba de soslayo, fascinado, la sirena sensualísima, de perfecto cuerpo y con una calavera de marfil reluciente por cabeza que presidía el centro de aquel escritorio, no se imaginó continuador del camino que sólo meses atrás había iniciado el noble de Garrido: "¿J.D. Curbelo?", preguntó el Maestro mirando su firma. , respondió algo orgulloso, creyendo que el anciano quizás reconocía su nombre cada vez más presente en los estudios literarios que seguramente había leído, "Julio Dámaso Curbelo" . Y sonrió. El Maestro también lo hizo.

- Tienes nombre de gran escritor - dijo.

Ya era capaz de comprender, aunque lejana, intuitivamente, alguna de las razones que llevaron al suicidio de Garrido. Toda una noticia ese año. Y la intriga: aún nadie había podido encontrar ni una causa lógica para que el joven escritor decidiera frenar su carrera literaria cortándose las venas, ni qué lo había mordido con tamaño sadismo irracional como para arrancarle pedazos a la piel de sus muslos y sus nalgas, y mucho menos qué lo hizo amputarse el pene de cuajo con la navaja que apareció en sus manos en el cuarto cerrado desde dentro.

Después del descubrimiento del cadáver, por precaución o temor o rabia, el Maestro ordenó cacerías muy bien pagadas para matar a decenas de gatos y perros acostumbrados a merodear por la espesa floresta que rodeaba su casona en las afueras de la ciudad. Ningún animal que arañara o mordiera quedó a salvo, y en las casas fueron manjares comunes los hurones asados y las jutías frías, y hasta gallinuelas y yaguasas por "el crecimiento anormal de sus espuelas", habían dicho algunos de los cazadores.

Lo cierto es que se convirtió en el sucesor de su colega: La última novela de Garrido, La leve gracia de los desnudos , había sido un suceso editorial junto a la suya, aquel Inferno que tantas veces mencionó el viejo cuando dijo porqué había aceptado su candidatura para trabajar en la biblioteca: "es una delicada locura erótica" , le comentó, "debes ser un alma muy sensible al erotismo ".

Y quizás lo fuera. Varias de sus amantes lo juraban, despechadas, en cualquier esquina de aquel país: "es un sádico hijoeputa", "un aberrado sexual", "un maníaco", decían. Y a él le parecía cómico, algo especialmente eficaz para la publicidad de su nombre, y en cada presentación de su novela disfrutaba firmando: "Curbelo el sádico", "J.D el Aberrado", JDC el maníaco", pero aún así, nada tenía que ver su sentido del erotismo con el de esas muchachas que ahora lo llaman desde el otro lado de la puerta, rogando que les abra, que comparta con ellas el Amor Infinito, que lo llevarán al Paraíso del Placer: palabras sensuales, cálidas, tentadoras, posesivas, mezcladas en el fondo con la risita siniestra del Maestro.

 

Capítulo segundo

Dazema, desnuda bajo la bata transparente, como de seda blanca, sus pupilas verdes bajo las cejas anchas, negrísimas, el azabache de su cabello, larguísimo, ondulado, derramándose en cataratas sobre su espalda y su grupa ancha donde percibió, claras, visiblemente claras, dos nalgas de una perfecta redondez. Estaba abrazada al marco de la puerta, mirándolo de lado, como quien posa para una fotografía, y el aire de la noche, entrando por la ventana abierta de la biblioteca, hacía ondear la tela pegándola a su cuerpo y forrando sus muslos y su cadera de una blancura lisa, centelleante.

- ¿Eres el nuevo escritor? - preguntó, y él creyó ver dos destellos verdes encenderse con cierta picardía en las aguas quietas de su mirada. "Un lago manso, apacible. Parece un lago", pensó.

- Sí - balbuceó, algo molesto: se había asustado; la muchacha lo sorprendió mientras organizaba viejos recortes de la gloria del Maestro, casi posándose en la puerta luego de una ráfaga de viento y junto a un aullido metálico, que le voló algunos papeles, casi como una aparición.

- ¿Y tiene algún nombre el señor escritor?

Sonrió antes de contestar. El Maestro nada le había dicho de aquella diosa en su mansión, como si pretendiera cuidarla de caer en sus malignas garras, quizás enterado de su copioso listado de conquistas, émulo (y hasta, lo aseguraba orgulloso, vencedor) de Don Juan Tenorio. Tampoco Indira, "la jorobada de Notre Dame", como él había bautizado en sus adentros a la criada, le comentó de la existencia de otra persona bajo aquel techo.

- Curbelo - Respondió -. Julio Dámaso Curbelo.

También ella sonrió: y el destello verde en su mirada, fija, aleteando sobre la pose de escritor que asumió, aún abrazada al marco de la puerta, el viento batiendo mágicamente su bata, "como un ángel", pensó él.

- Tienes nombre de gran escritor - dijo ella.

 

mayo... de ....

...justo un sueño. De pronto, como llegando de un archivo oculto en algún recoveco del cerebro, aparecieron las imágenes de las primeras excursiones a la casona del Maestro.

Por aquel tiempo sólo podíamos verlo de lejos, desde la multitud bulliciosa de aspirantes a escritores, codeándose, conversando, bromeando con otros maestros que, como él, eran noticia en las escasas revistas culturales que por entonces se publicaban. Siempre recordé su mirada de fiera recelosa, su paso como de animal milenario, sus maneras de aristócrata, sus cuidadas manos, e imaginaba que alguna vez, no distante, otros contemplarían mi paso altanero, mi sonrisa de superioridad; o escucharían maravillados mis palabras en la tele y la radio donde aconsejaría a quienes soñaban con ascender a la cima literaria.

Planificábamos excursiones y llegábamos hasta la floresta que rodeaba la vetusta casona. Nunca más allá. Como animales en manada (perros jíbaros quizás, que siempre poblaron esa zona) merodeábamos atisbando desde lejos los amplios ventanales, las puertas de madera vieja, siempre abiertas a la brisa cálida de la tarde, en busca de la presencia magnífica de aquel mito de las letras. Nos separábamos en parejas y el canto de las cigarras anunciaba que debíamos reunirnos en algún punto desde donde alguien lo había divisado. Después regresábamos con los cuentos, y, aún cuando muchas veces las búsquedas fracasaban, decidíamos inventar una historia, por ejemplo, algún encuentro casual mientras el Maestro paseaba por entre los árboles, con la complacencia de ver la envidia como nubes borrosas en los ojos de esos otros novatos que nos escuchaban en los talleres de escritura. Las excursiones, por eso, se convirtieron como en una fiebre del oro donde el premio era la posibilidad de contar una historia, de ganar un espacio en la admiración de los demás con alguna evidencia que demostrara una cercanía real al Maestro.

Abundaban los cuentos, las aventuras fantasiosas donde uno veía al Maestro levitar para ser tocado finalmente, en un momento preciso del ascenso, por una extraña luz bajada del cielo, las exageraciones más increíbles, pero de algún modo soñábamos con poseer aquella gloria, aquel poder, esa fascinación mágica sobre el resto de los mortales. Inventábamos y llegábamos a creernos nuestras mentiras. Todas las mentiras.

Una de esas tardes, cuando aún sólo había escrito algunos pésimos poemas, lo tuve ante mí, detenido, mientras desprendía muy cuidadosamente unas orquídeas nacidas en el tronco cortado de un viejo árbol seco. Quedé aturdido: tantos encuentros había inventado que aquel me parecía otra de mis ficciones. Estaba todavía petrificado, casi sin respirar, cuando sentí su voz. "Ven acá, muchacho", dijo sin volverse, "dame una mano en esto", y al acercarme, cosa que hice como si estuviera flotando, vi un dedo donde brillaba un anillo de Maestro Masón: apuntaba hacia unas tijeras diminutas sobre un pañuelo estirado encima de las yerbas cercanas. "Alcánzame la más pequeña", volvió a decir, y quedó con la mano extendida, esperando. Cuando terminó, ya con las orquídeas acomodadas en una gran cesta de mimbre, se volvió a sonreírse antes de caminar hacia la casona. "Muchas gracias, muchacho", dijo, "sin tu ayuda no lo habría logrado".

Por eso, cuando vi el anuncio en el periódico, supe que aquel trabajo sería para mí y hasta di gracias a Dios de que de alguna manera Garrido hubiera abandonado el terreno. Los años habían aplacado la fascinación mítica que sentía por el Maestro, quizás porque ya comenzaba a disfrutar de mi pequeña gloria, pero de todos modos leer la noticia y revolver viejos recuerdos fueron una sola palabra. Ahora lo evoco horas atrás: está sentado en su butaca de felpa. Lee el curriculum que le envié por correo hace unos días, en una mano el telegrama que él mismo me envió, sobre un muslo mi novela Inferno , manoseada, casi vieja, evidentemente leída con avidez y algo de descuido. "Es una excelente hoja de vida", dice, y sonríe.

 

¿Sería cierto? ¿Tendría un simple nombre el poder de marcar el destino, de asegurar la buena o mala estrella de una persona? Por tercera vez lo escuchaba en toda su vida de escritor, precisamente bajo el techo de aquella casona, como si allí mismo se encontrara el Oráculo de Delfos o el Maestro fuera un adivino, un Nostradamus de estos tiempos de fin del milenio.

Lo escuchó por segunda vez esa mañana, después de verlo entrar en el estudio y sentarse en su butacón de felpa violeta, gastada en el sitio en que ponía sus manos para incorporarse. Lo vio leer en silencio la valoración crítica que le había pedido como prueba de que merecía aquel trabajo y que debería ocuparse de los primeros capítulos del último libro en proceso del viejo: Muchacha azul bajo la lluvia , que pretendía ser el sumum del erotismo, un raro compendio donde se mezclaba el ensayo con la novela y la investigación científica tratando de demostrar una tesis única: el hombre es un animal sexualmente sádico, aún cuando razones vinculadas a la cultura y la ética intentaran negarlo.

Buscando entre los papeles comenzó a comprender el éxito de aquel viejo que tanto daba de qué hablar en los corrillos literarios. Entre el Maestro y los más jóvenes, quizás incluso entre él y el resto de los escritores, había una diferencia abismal: nada le importaba sumirse en esa carrera tiránica y desleal de conseguir publicar al menos una vez cada dos años. Sencillamente trabajaba en un libro tres, cinco, diez años, y sólo cuando pensaba que nada más podía decirse, cuando creía que no existía forma humana de escribir aquello de un modo mejor, más perfecto, entonces, sólo entonces, entregaba su obra a una editorial para que viera la luz.

El tenía las pruebas. Muchacha azul bajo la lluvia apenas llegaba a unas cincuenta cuartillas y en un rincón de la biblioteca se amontonaban seis cajas de recortes, libros y escritos diversos sobre el erotismo y la erótica (cultural, histórica y biológicamente), consultados todos por el Maestro, como lo evidenciaban esos trazos, comentarios al margen y subrayados que encontró en cada uno de ellos mientras los organizaba y empaquetaba.

- No me equivoqué con tu nombre - le oyó decir -. Eres un gran escritor.

Y su sentencia lo llenó de un regocijo raro, casi eufórico, y lo mantuvo el resto del día encerrado en la biblioteca, etiquetando, foliando, chequeando notas, organizando aquellos miles de libros, folletos, revistas, brochures, donde un tema resultaba recurrente: el sexo. Incluso los libros de grandes clásicos que aparentemente muy poco tenían que ver con el comportamiento sexual humano, aparecían subrayados con tinta verde en algunos de sus capítulos.

- Muchacha azul bajo la lluvia será mi última obra - masculló el viejo, en un tono que le llegó como el gorgoteo del agua en una fuente de bordes gastados, atenuada la caída de las gotas por el musgo. Permanecía hundido en la butaca, un fajo de papeles manuscritos en una de sus manos, otro sobre sus piernas -. Ya no tengo fuerzas para revisar todo lo que necesito para escribirla.

- No diga eso, Maestro - replicó él, también bajo el tono de la voz, intentando frenarlo con respeto -. Quisieran muchos llegar a su edad con tanta fuerza.

El Maestro se quedó mirándolo a los ojos. Luego sonrió, "con cariño", pensó él, y lo vio negar varias veces con la cabeza.

- No te creas, muchacho -. Las manos huesudas y blancas recogiendo papeles, como contándolos, tratando de uniformar los que leía con los que ya tenía organizados sobre sus piernas -. Si no fuera por ese pobre inocente. Garrido. no hubiera adelantado tanto. Lástima que no pudo terminar.

En una gaveta había encontrado el día anterior un grupo de escritos donde reconoció la letra de mosca de su antecesor, la misma caligrafía que conservaba con celo en algunas dedicatorias de libros allá en el único librero de su apartamento en la ciudad. Apenas se conocían, pero cada uno sabía de la existencia y la obra del otro, y en sus escasos encuentros creyó adivinar una admiración limpia y libre de envidia en los ojos claros y también limpios de Garrido.

Su atención se centró, al solo golpe de la primera y superficial lectura, sobre todo, en los últimos manuscritos de Garrido, donde hablaba del miedo y el erotismo, del terror y el erotismo, de la muerte bajo la maza de púas del erotismo. En principio no estuvo de acuerdo, pero se dijo que los llevaría a su habitación para leerlos con calma cuando tuviera algo avanzada la cantidad de trabajo que se almacenaba en la biblioteca del Maestro. La tesis de su colega, extrañamente, le clavó un único pensamiento todo ese día: ninguna relación podía haber entre sadismo y erotismo, entre violencia y erótica, ningún placer podría existir en hallar la muerte por vía de la práctica del acto sexual infinito, etiquetado por Garrido como el Amor Infinito.

- Sin embargo, usted lo utiliza en sus escritos - comentó al viejo, luego de explicarle sus puntos de vista para rechazar aquella tesis.

- Sus razones tendrá, muchacho - contestó el Maestro apoyándose en los brazos felpudos de la butaca, arqueado el cuerpo hacia delante, hasta enderezar la columna, levantándose lenta, trabajosamente -, hay cosas que sólo da la experiencia. De algún lado, quizás muy íntimo, tuvo que sacar él esas teorías. No parecen traídas por los pelos.

 

Bajo el recurso de la sombra todo es posible: imaginemos un objeto, un cuerpo; imaginemos la luz proyectándose sobre ese objeto; imaginemos la sombra. Se proyecta la sombra sobre un espacio mutable que puede ser la superficie de una mesa, los mosaicos o las lozas del piso, y hasta la tierra misma. Objeto y sombra: dos caras de un mismo asunto; sin embargo, tan distintos, tan distantes.

Amor y sexo: objeto y sombra. La luz que provoca la sombra: el Amor Infinito. Infinito:adjetivo, que no tiene fin, muy numeroso, grande y excesivo. Quizás también inimaginable. Los antiguos hablaban ya del Amor Infinito como un estigma. No hay acumulación en el Amor Infinito: nada de que la experiencia del hombre se acumule, ser tras ser, generación tras generación, hasta llegar a esa escala suprema. Sencillamente es amar hasta el agotamiento. Sencillamente es vaciar un cuerpo de sus jugos y sus fuerzas, lo mismo que un cántaro sobre la arena de un desierto. Amor y amor y amor y amor: o lo que es igual: sexo y sexo y sexo y sexo: o en otras palabras: vacío y vacío y vacío y vacío. Después del amor en el sexo, la lasitud, el vacío, la nada que dispara el cuerpo hacia la tranquilidad absoluta. Dicen quienes aman vez tras vez, sin descanso, vaciándose de jugos y fuerzas y gritos, que el sueño es más reparador que nunca: la mente despierta sana, liviana, aguda; el cuerpo, herido, pesado, lerdo.

La iluminación tras el instante eyaculatorio, orgásmico, aparece también en la literatura de algunos pueblos asiáticos: levitación, purificación, ascenso, le llaman. También escriben una extraña similitud del período postorgasmo con la muerte: reinan las sombras, dicen. El amor, entonces, nada carga de pureza: uno, el vacío no es puro al ser algo ignoto, término impreciso más allá del alcance de la mente humana; dos, el estado carnal del amor, su materialización en el sexo, nos remite al animal sádico, irracional, sucio, amante de líquidos impuros que es el hombre: no por gusto los textos sagrados (la Biblia, El Corán, La Taura) declaran impuros al hombre y la mujer por un día después del sexo; tres, las desviaciones humanas, sus bajos instintos, sus miserias, se corporizan en el momento climático del sexo, lo que minimiza el sentido hermoso de la unión racional de dos seres bajo el signo del amor.

El cuerpo y su sombra. El objeto y su sombra: cuerpo u objeto estigmatizado por la impureza del Amor (antes vista) = mundo de sombras = miserias humanas. Miserias que Platón intentaba justificar en El Banquete con una linda parábola: los hombres antiguos, gigantes de dos sexos (iguales o distintos: hombre y mujer, hombre y hombre, mujer y mujer) y cuatro manos y cuatro pies y dos cabezas, al rebelarse contra Zeus fueron castigados y partidos a la mitad. Buena explicación para el surgimiento del hombre actual, nada bíblica, como se observa. Los nuevos hombres fueron diseminados por el mundo, despojados del poder de reconocer su otra mitad. Imperfección de los dioses: Zeus, imperfecto, menospreció el llamado de la carne, el canto sirenaico de la sangre. Desde entonces, los hombres partidos en dos buscan, sin saberlo, su mitad perdida: quienes tenían sexos diferentes, buscarán amar a esa parte de sexo distinto al suyo (de ahí el heterosexualismo); quienes portaban sexos similares (hombre-hombre o mujer-mujer) amarán a personas de su mismo sexo (y claro, de ahí el homosexualismo, el lesbianismo). Sombras y más sombras: eternamente los distintos buscarán, sexo tras sexo, hasta encontrar su porción dividida (se agranda así la promiscuidad hetero); y los iguales manifestarán su anhelo de perfección (manifiesta Platón su apuesta por lo paradigmático a través de la unión de seres iguales en un solo cuerpo), persiguiendo, otra vez sexo tras sexo, a ese ser que los hará perfectos. Objeto y sombra: la eternidad de lo repetido, aliciente para el sadismo natural que porta el hombre como un estandarte, disfrazado por los influjos de la modernidad, pero latente.

Objeto idéntico pese a los siglos. La misma sombra. Homero, si es que lo hubo, escribió el llanto de Aquiles por Patroclo, su mitad perdida. Cuentan los estudiosos griegos (Parménides Erostrato, por ejemplo, en su libro Los sagrados instintos, Editorial Gea, Atenas, 1954)que la única certeza sobre la existencia de Aquiles parte realmente de viejas leyendas escandalizadas por las orgías que Patroclo (enorme de estatura y bien dotado sexualmente) protagonizara entre los soldados helénicos, hasta una bacanal en la cual participara Aquiles, su amigo desde entonces.

Siempre el cuerpo imperfecto, impuro, del Amor. Siempre la sombra multiplicada. La humanidad toda llena de sombras. Sombras sin luz. Solo sombras.

 

Dazema apareció desnuda en la cama, la bata de seda blanca, transparente, en un rincón del cuarto, sobre una caja de libros. Se había despedido en la biblioteca con algo que intentó creer fue un "hasta mañana", sin estar seguro, porque de nuevo el viento aulló y entró por el ventanal de vitrales que alguna vez fueron de una cautivante calidez tropical, obligándolo a pararse y cerrarlo. Cuando se dio la vuelta, la muchacha ya se había marchado.

Tomó los manuscritos de Garrido y algunos libros sobre traumas eróticos y abusos sexuales, prometiéndose no olvidar leerlos cuando al menos hubiera clasificado el estante de las enciclopedias, y atravesó toda el ala derecha de la casona hasta llegar a su cuarto que abrió "es la única llave, cuídala", le había dicho el viejo, y volvió a cerrar, pasando incluso doble cerrojo, decidido a darse una ducha bien.

No supo cómo entró, pero allí estaba: desnuda y blanca, curvas hermosas y llenas, estirada, con los muslos entrecruzados, sobre el puro esplendor de la sábana que la criada cambiaba cada día. Un enorme gato blanco, "de Angora", pensó, aparentemente dormía enroscado sobre el vientre de Dazema, cubriéndole el sexo. Ella le acariciaba detrás de la oreja y el animal ronroneaba entre sueños, la piel erizada. Cuando lo vio salir entre la bruma vaporosa que nacía del agua caliente, se quedó mirándole el torso desnudo y el bulto que hacía su miembro bajo la toalla con que se cubrió al verla en el cuarto.

- No temas - dijo. La voz sensual, tierna, casi maternal -. No muerdo.

Sintió un latigazo entre las piernas y una erección repentina que intentó esconder cruzando las manos sobre el sexo, todavía parado en la puerta del baño. Los ojos verdes de Dazema lo atraían de un modo cálido, subyugante, pero también el estupor, la sorpresa de verla allí, como si en vez de hasta mañana hubiera dicho "hasta ahorita", clavaba sus pies en los mosaicos con motivos artísticos del piso, donde comenzó a formarse un charco con el agua que bajaba en miles de gotas desde su cuerpo.

- ¿El señor escritor tiene pena de que lo vean desnudo? - dijo la muchacha, dejando de acariciar al gato y poniéndose las manos detrás de la nuca. El animal refunfuñó y levantó la cabeza para mirarla. Luego se estiró, bostezando, su lengua rojísima y fina serpeando en el aire, y se lanzó de la cama, descubriendo el pubis de Dazema: otra vez el hinconazo de placer en las entrepiernas, el frío erizado en el vientre, la erección, aún más fuerte.

- ¿Sabes una cosa? - volvió a decir ella, cerrando los ojos y volteándose: nalgas perfectas, altas, redondas, de una piel sin arrugas ni venillas visibles -. Nunca me han acariciado. ¿Podrías hacerlo?

Sólo entonces logró moverse. Sintió que algo lo halaba hacia las cumbres hermosas de las nalgas, hacia las columnas caídas que formaban sus muslos, hacia esa planicie que recorrió con su lengua, vértebra a vértebra, luego de morder suavemente el cuello, los hombros, después de besar cada brizna de esos vellos casi invisibles y con olor a yerba que cubrían el nacimiento de las dos cimas, hasta llegar al sitio más alto: besar y lamer, bajar por sus laderas besando y lamiendo, perder la lengua en la hondonada suave que dividía en dominios distintos la geografía que dedos y boca iban descubriendo. Abrió con la nariz la hendidura, zambulléndose en la oscuridad húmeda: cataratas y gotas rezumando de las paredes onduladas y la vegetación tupida, con olor a salitre y mariscos y a llovizna que bate el polvo seco. Penetró reptando en una caverna estrecha, de paredes mojadas, cubiertas de un manto uniforme de esponjas y pólipos que lo rozaban tibiamente, acariciándolo. Nariz y lengua profanando, manantial brotando y humedeciendo su piel. Conmocionó la tierra. Tembló: "Aydiosmíoaydiosmío", escuchó de eco, y el arqueo del cuerpo, el erizamiento todo de la piel de esos muslos que se endurecieron bajo el espasmo final. Luego el silencio.

La volteó y subió hasta los senos, pero ella lo detuvo cuando iba a morderlos, un temblor todo el cuerpo, buscando en sus pezones la llave que abriera las columnatas enormes de sus muslos para hundirse en aquella humedad cálida, cántico de rocío y lluvia y oleaje manso, que inundaba toda la habitación y se desprendía hasta de las sábanas y la almohada.

- No - cortó ella, apartándolo suavemente -. Debo irme. Mi padre siempre viene a ver cómo duermen sus invitados.

Se incorporó sobre la sabana arrugada y mojada allí donde ella había vaciado el jugo de su sexo. Recogió la bata y se puso de pie. El gato asomó la cabeza debajo de la cama y fue hasta sus pies, olisqueando. Pudo ver que lamía el hilillo acuoso que bajaba por el interior de los muslos de su dueña hasta las piernas y los talones. Ella cerró los ojos y quedó quieta, aún desnuda, pero ahora en el centro de la habitación, como quien espera para levitar, mientras el animal lamía entre sus dedos.

- Eres un gran escritor, ¿sabes? - dijo segundos después, mientras caminaba hacia la portezuela de madera y goznes herrumbrosos que dejó abierta al salir. Lo último que vio fue la pomposa cola del gato meciéndose entre las sombras, y la seda blanca de la bata, como flotando, aún en la mano de Dazema, mientras se alejaba por la oscuridad del pasillo.

 
 
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Columna de opinión del escritor