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LA NOSTALGIA ES UN TANGO DE GARDEL
-- ¿Son tristes? - preguntaba el viejo.
-- Para llorar a mares - aseguraba el dentista.
-- ¿Con gente que se aman de veras?
-- Como nadie ha amado jamás.
-- ¿Sufren mucho?
-- Casi no pude soportarlo - respondía el dentista.
Luis Sepúlveda
Un viejo que leía novelas de amor
A José Soler Puig, maestro,
Que me enseñó a contar historias.
Y a Juan Manuel Velasco, Adolfi, Patri y Fernan.
El borracho vacía sobre la tumba más cercana su vómito nostálgico y amarillento y los restos de comida y bilis van a manchar las flores que alguien puso quizás esa misma tarde. Horas y horas bebiendo. Desde que llegó, luego de un asqueroso viaje en autostop desde Madrid, se había dicho que aún París seguía siendo aquella fiesta interminable que había calado en Hemingway, que había hecho bien Carpentier en cambiar las calles mugrientas de La Habana por las luminosas avenidas y los bares de aquella ciudad. En definitiva, se dijo Marcos, los ojos clavados en la maniobra de uno de los borrachos por mantener el equilibrio con el brazo del otro recostado a sus hombros, la nostalgia servía mejor que cualquier otra pócima mágica para sentir que uno pertenece a un lugar del mundo que nada tenía que ver con aquel París, o el México D.F que había visitado en la última Feria de Guadalajara y ni siquiera con el Madrid del Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos, gracias al cuál ahora estaba frente a la tumba de Cortázar .
-Argentinos -escuchó la voz y pudo ver la sombra enorme que llegó a sentarse a su lado y a mirar a los borrachos-. A los argentinos nos mata la nostalgia.
-Sí -contestó Marcos-, y eso que dicen que la nostalgia es sólo un tango de Gardel.
Quedaron en silencio. Los argentinos, haciendo eses entre las tumbas, se fueron alejando y ellos quedaron solos mirando la escena: otra arqueada del borracho y de nuevo el chorro de vómito esta vez sobre el mármol delantero de un panteón bajo, viejo y cuarteado. El hedor ácido de la bilis derramada minutos antes sobre las flores cercanas llegaba a Marcos en efluvios calientes, pese al frío que ya comenzaba a reinar desde la entrada de la noche.
-La nostalgia hiede -dijo el hombre-. Ellos vienen aquí cada semana, se sientan sobre esta tumba y brindan a mi nombre botella tras botella. Son escritores. y los argentinos escritores somos el portador natural de la nostalgia.
Y quizás fuera cierto. Ahora, cuando el avión, ronroneando quedamente y casi detenido en el aire, atraviesa el Atlántico de regreso a Cuba, mientras descubre de cuando en cuando algún barco en ese infinito azul oscuro que se desliza allá abajo, Marcos puede recordar todo con una claridad absoluta: había soñado toda su vida de escritor con sentarse en la tumba de Cortázar y lo había hecho. París era una fiesta que sólo le importaba por aquel pedacito de tierra donde yacía callado uno de sus ídolos. La torre Eiffell, los Campos Elíseos, el Museo del Louvre eran cosas que podía casi tocar ya de tanta publicidad y hasta tanto Internet, pero sentir la inmensidad de aquel hombre inmenso, saber si eran ciertos esos rituales que los argentinos en París develaban sobre aquella sencilla tumba, eso era algo que sólo podía vivirse sentado allí; la mejor foto del mundo, el mejor vídeo, no podía encerrar toda esa magia del dios. Cuando le dijeron que el avión regresaba en la noche a Madrid, se dijo que ya conocía a París y a la nostalgia, dos lugares comunes para los latinos de Europa.
Y todos la sentían, aunque pretendieran negarlo con artificios que siempre quedaban al descubierto. La tarde en que Waldo Pérez Cino le dijo: «yo no vivo en el exilio, vivo en España», supo que aquel era un bicho terrible que iba taladrando las venas y sintió miedo de dar el paso que tanto había pensado. España era el sitio perfecto para que un cubano viviera a sus anchas: salvo la frivolidad y el vacío de una sociedad vacía creada sobre un falso lujo, todo lo demás le recordaba la isla, y aunque los madrileños le parecieron gente superficial, vacía como la vida misma que llevaban, cuando viajó a Jaén supo que en aquella enorme península nada era uniforme, como nada es uniforme cuando se trata de los seres humanos.
Quizás esa impresión, ese acertijo de quedarse o regresar que ni siquiera ahora en el avión sabe resuelto, fue la causa de que no se sorprendiera cuando vio descender a Loretta por las escaleras del Salón de Actos de la Casa de América, justo el primer día del Congreso: aún Madrid le parecía un sitio donde él no cabía y flotaba y la gente hablaba como desde muy lejos y flotaba y las cosas tenían mucho brillo, sí, pero le parecían de cartón y lo único que podía asegurar es que flotaba y flotaba, buscando al menos disfrutar el viaje, sacar algo bueno de aquel Congreso.
Loretta, su novia primera, para decirlo al modo de Alberto Cortés; la misma cabellera negrísima, los mismos ojos negros, profundos, como para hundirse, el mismo lunar justo entre los dos senos, la misma sonrisa de Mona Lisa, enigmática, retadora.
Benedetti recitaba un poema donde se preguntaba qué quedaba a los jóvenes y él la miraba y no escuchaba y sólo en ese momento, mirándola, espléndida como la última vez en La Habana, sintió el piso del teatro bajo sus pies y el aire frío erizando su piel y la apretazón ardiente de la vejiga con el líquido retenido desde que llegó casi a la carrera y el portero le dijo que ya el Congreso había empezado y fue a sentarse en una butaca de las primeras filas junto a Ronaldo, otro de los cubanos.
Sabe ahora que no se dijeron una sola palabra. En el aeropuerto de La Habana, cinco años antes, Loretta había dicho cosas que nunca pensó escuchar. «Estuve amándote todos estos años como una perra rabiosa», escuchó, y se dijo que aquella frase, ternura y rabia mezcladas en la voz, no podía ser falsa: era una frase limpia, franca como siempre fue ella misma, y volvió a creer en la vida como un perfecto melodrama cuando ella le contó de su matrimonio conveniado con un tío lejano en Miami, para salir del país «buscando un sitio donde poder respirar», como decía Carlos Varela en una canción de aquellos noventa, y de como un día descubrió que tampoco allá, en el Norte revuelto y brutal, para decirlo al modo de Martí, se podía verdaderamente respirar y decidió ir a sus raíces más puras: una islita al norte de Africa a las que siempre se había referido como Canarias. También allí tenía sus tíos lejanos y vivió con ellos hasta que un día descubrió a Ezequiel, el mayor, masturbándose mirándola dormir, desnuda, como hacía siempre que el calor apretaba en aquellas islas que mucho le recordaban a la quizás para siempre lejana Cuba. Ahora vivía en Madrid en casa de un pajarito español que había conocido por sus amores escandalosos de turista en el bar donde trabajó en Miami.
Sabe que nada se dijeron, salvo quizás esos estallidos de luz de sus miradas, ese cuchillo de hierro frío que se le clavaba en la nuca lanzado por los ojos negros, profundos, de Loretta desde su butaca en la última fila mientras, de pie, aplaudían esa gravitación en el aire de las palabras de Benedetti. Por eso se volvió y la miró callada, tranquilamente, con un silencio atravesado en la garganta y algo que le humedecía los ojos sin precisar qué era.
-Odio -le dijo ella después-, tuve que imponerme a ese odio para venir a verte cuando vi tu foto en El País.
Habían pasado muchas cosas. Todas en Cuba. Si se hubieran hablado, si hubieran cruzado apenas una frase quizás todo hubiera quedado en un simple saludo: dos conocidos que se encuentran fuera de su país y comparten unos minutos esa rara unidad del exiliado, del que está lejos de su terreno de caza natural. Pero recuerda, ahora el avión atravesando una pequeña autopista de baches que anunció hace unos minutos la aeromoza, que cuando salió del baño ella lo esperaba y como si hiciera sólo segundos desde aquellos cinco años que los separaban vino hasta él, lo besó como a un viejísimo amigo y salieron de la Casa de América. Ella se entretuvo unos minutos mirando los libros que estaban de venta en un costado de la recepción y compró un ejemplar de Líneas Aéreas, la antología de cuentos que se había hecho con los participantes en el Congreso y simplemente le había dicho al muchacho que vendía: «hay un cuento aquí de un gran amigo. Veré si escribe tan bien como antes».
Madrid, junto a ella, también podía ser una fiesta. La glorieta de Cibeles por primera vez le enseñó su luz, todo su brillo real, fascinante, y aún en silencio, acariciándose las manos leve, cariñosamente, en un gesto casi ancestral, como si se conocieran desde el principio mismo de la Tierra, tomaron el autobús hasta Carabanchel, un poco alejado del lujoso y antiguo centro: el apartamento entonces, de sólo abrir la puerta como tantas otras veces lo hizo desde que un amigo español se lo prestara para los días del Congreso, le pareció que tomaba una luminosidad rara, angelical, similar a esa que debió iluminar la vieja habitación de Fausto cuando Lucifer le dio la juventud eterna. La soledad y la nostalgia, siempre el animalillo gris de la nostalgia, que lo hacía esperar hasta altas horas de la madrugada para regresar a dormir, trasnochando de pub en pub en las callejuelas cercanas a la Plaza Mayor o la Plaza Colón, escaparon por el amplio ventanal, abierto desde que también las noches se habían hecho cálidas en aquel mayo madrileño.
Sentados en la butaca enorme que el bueno de Fernando había puesto en la sala para ver la televisión acostado, quedaron callados por un tiempo largo, como dejando correr los años atrás, mirando la noche que cubría los techos color ladrillo de los edificios más cercanos bien distintos a las tejas rotas, desteñidas por la lluvia y el solano, que acostumbraban a mirar en aquellas noches de Santiago de Cuba cinco años antes.
No sabe cómo empezó: ahora, justo cuando espera que sirvan el insípido y frugal almuerzo de Cubana de Aviación, aprovechando para volver a mirar al mar desde su ventanilla y ver los últimos vestigios de una Portugal que hubiera querido conocer en este viaje, no recuerda qué fue primero: si el olor o el llanto. Sí sabe que le pareció un melodrama. Un perfecto melodrama que escrito en un cuento nadie creería, porque nadie sería capaz de imaginar que no se dijeron una sola palabra hasta aquel preciso momento porque realmente querían encontrarse, como si conocieran de la existencia de un convenio escrito de antemano entre los dos: hablar era lo mismo que volver a abrir heridas y algo superior a ellos, lo reconoce, les hizo quedarse mudos, y huir para estar solos, completamente solos, como nunca pudieron estar en Cuba.
El aroma, mezcla de incienso y almendras tostadas y tierra recién mojada por la lluvia, volvió a golpearle los sentidos, llenando la habitación, quizás naciendo en algún lugar del mundo que sólo echaba a producir aquel olor cuando estaban juntos. Una vez lo había dicho: hacían el amor entre los naranjales inmensos que rodeaban la universidad cuando aquel aroma los detuvo, obligándolos a respirar, atrapar todo el aire con la seguridad de que disfrutaban el aroma de su sexo. «Se me queda en la piel mientras no estás», le dijo entonces y ella lo miró y lo hizo hundirse en aquel negro profundo de sus ojos y en ella misma, con una fuerza que no había sentido en ninguna de sus relaciones anteriores. Desde entonces supo que sería único, esas cosas que pasan en la vida una sola vez. Cuando la abandonó, un año antes de que ella aceptara salir del país con aquella boda premeditada desde mucho tiempo atrás por toda su familia, se dijo que le hacía una canallada, tan contenta como la veía comprando las cosas para la boda, los adornos para el cuarto donde vivirían en casa de la madre de Loretta, lo indispensable para una pareja joven que se había sublevado a los designios que para la niña de la casa tenían los abuelos y la madre y el padrastro y toda la plana mayor de los Ruiz Zamora. Pero también se jugaba su futuro. El tedio de una relación de cuatro años lo hizo pensar entonces que una mujer, en aquel país tan promiscuo, podía aparecer en cualquier esquina, pero era bien cierto, como le habían dicho sus amigos de la capital, que si se quedaba a vivir en aquel pueblito de provincias jamás sería ni siquiera un escritor de medias tintas y tendría que conformarse con que alguien lo recordara por haber escrito los chismes de viejas de un sitio tan lejano de La Habana. Sus años capitalinos, aunque realmente lo convirtieron en uno de los escritores más respetados de su promoción y del país, le demostraron que mujeres como Loretta aparecen una sola vez en tu camino y que los chismes de viejas de los pueblos de campo resultaban verdaderas historias a contar por el más insigne de los narradores.
Loretta vino a despedirse una tarde de junio cinco años atrás y cuando Marcos vio al avión guardar su tren de aterrizaje, ya levantando el vuelo y bien alto en el cielo, sintió en el pecho el dolor del que pierde para siempre algo que, hasta aquel preciso instante, no sabía tan valioso.
Pero no recuerda. Realmente no recuerda. Sabe del llanto, primero sólo unas lágrimas rodando por la cara de Loretta, luego un quejido reprimido, que ella intentaba apagar y se convertía en hipido, hasta que estalló en un llorar como de cine mudo. Nunca la había visto llorar y sólo entonces supo que era ella la causa de aquel aroma que los envolvía cuando estaban medianamente solos. De tierra húmeda el olor. Siempre afrodisiaco, cálido efluvio que despertaba su instinto paternal.
La abrazó y la sintió estremecerse en su pecho, estallando a veces en una crisis de llanto que lo hacía apretarla más y besar su cabeza y su pelo y decirse, o recordarse, que realmente había sido un tronco de hijoeputa, que realmente merecía no haber encontrado aún a ninguna mujer que lo hiciera tan feliz y pleno como deseaba. Quizás, hablando como en melodrama, se dice mientras mastica el panecillo que ha untado de mantequilla, aquella era la única mujer que le tocaba plena, totalmente.
Después, el amor. Madrid de noche y ellos que se desnudan. Las ventanas abiertas y ellos que se acarician. Su cabeza buscando entre los muslos siempre firmes, duros, de Loretta el sentido perdido en aquellos años, la maraña de su sexo, la eterna posición de las serpientes: unidos, vientre con vientre, ella, agarrada a sus pies, absorbiendo los jugos de su sexo; él, hundiéndose su lengua en un mundo de algas y cavernas y olor a sándalo y a mar, y el estallido: dos cuerpos que se estiran, convulsionan y caen en un segundo de total calma que rompen una vez, otra vez más, tantas veces que no recuerda. Siempre distinto. Con el resto de las mujeres era lo mismo: demoraba la eyaculación mientras podía, por suerte para su hombría bastante, pero cuando se vaciaba ocurría eso: se vaciaba y se perdía en el vacío, total, irremediable. Con Loretta el amor duraba un tiempo largo, inexplicable, y cuando los sorprendía el estallido final, luego de muchos estallidos siempre distintos y compartidos que los hacían abrazarse casi con furia, se sentía vacío, sí, pero lleno de una paz celestial que lo equiparaba a Dios.
Por eso, mientras entrega al sobrecargo la bandejita con los recipientes vacíos y vuelve a colocarse el audífono para escuchar el concierto de Enya que lo ha transportado al recuerdo mientras mira al océano, inmenso, quieto y terrible allá abajo, recuerda las últimas palabras de Loretta después del amor, como cierre de las historias que le escuchó sobre lo sucedido a la muchacha en aquellos cinco años. Aún el aroma a incienso, almendras tostadas y tierra recién mojada por la lluvia, entonces mezclado con el dulzón olor del sudor y el semen, flotaba sobre la habitación.
-Este aroma me sigue mientras no estás -le dijo ella-. Ojalá te vuelva a ver en cinco años otra vez.
Poco después, ya de madrugada en Madrid y algo de frío que lo hizo levantarse y cerrar las ventanas, se quedó dormido. Cuando despertó, Loretta no estaba.
Si alguna vez Luis Sepúlveda llegaba a leer aquel cuento, si es que realmente Marcos se decidía a escribirlo por su eterna resistencia a que su propia realidad se convirtiera en literatura, seguro diría que estaba tratando de ganarse puntos para que lo premiaran en algún concurso donde hubiera al menos un socio del chileno, pero tiene que confesar que hace un rato, cuando devoraba con miedo, expectación, rabia, las últimas páginas de Un viejo que leía novelas de amor, en la bella edición de Tusquets, él, amante de los finales felices, fervoroso defensor del melodrama como el viejo Antonio José Bolívar Proaño, maldecía a ratos a Sepúlveda si al final el tigrillo se zampaba al viejo y anduvo así, imaginando un final triste, desgarrador, como dicen por ahí que deben tener las grandes novelas, hasta el mismo momento en que Antonio José Bolívar Proaño matara a la hembra del tigrillo y llorara luego envilecido, sintiéndose perdedor, se quitara la dentadura postiza y sin dejar de maldecir a los culpables cortara una rama y, usándola de bastón, echara a caminar hacia El Idilio, donde lo esperaban novelas que hablaban del amor «con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana». «Tronco de novela», se dijo para no llorar como una vieja maricona y hasta pensó que si tuviera al genio de Sepúlveda delante se lo comería a besos aunque después los socios de Cuba le colgaran el cartelito de pajarraco.
«Y todavía hay quien habla del melodrama», piensa y mira a un viejo español que lee con una fruición casi enfermiza las páginas económicas de El País. «No sé cómo pueden», vuelve a decirse y mira al océano. Descubre otro barco al parecer petrolero, que deja una estela blanca mientras avanza muy lentamente y va quedando atrás, muy atrás, hasta desaparecer convertido en un punto. «Mi vida es una historia de melodrama».
Cuba, la isla bella que anunciaban los posters turísticos en tantas agencias de viaje en España, lo esperaba ahora en otra imagen bien distinta: esos posters no decían que en muchos lugares los escombros comienzan a crecer en las esquinas como yerbas malas, que las paredes se cuartean y van dejando al desnudo sus ladrillos antiquísimos y sus hierros viejos y oxidados, que las calles se llenan de baches que crecen y crecen como amebas que se extienden por el asfalto y el cemento y joden las gomas de los carros y los amortiguadores y van a podrir las más flamantes carrocerías que ya vienen heridas de salitre y sol. Una ciudad llena de negros, chinos, blancos, mulatos, indios que asumen su vida bajo una cotidianidad que a veces aturde.
Esa Cuba lo esperaba: la otra, la de los posters, era sólo para los turistas o aquellos pocos cubanos que tenían acceso al dólar. Él, un simple escritor (como diría un amigo, sería mejor decir excretor) pertenecía a una clase social de muertos de hambre de la que habían escapado Leonardo Padura y Abilio Estévez, aún permaneciendo en Cuba, gracias a la suerte y a Tusquets. Otros de los triunfadores favorecidos por el poderoso Caballero que tanto vapuleara Quevedo en su poema vivían en el exilio y, aunque criticaba la calidad de su literatura, envidiaba tremendamente a Lichy Diego, a Zoe Valdés, a Daína Chaviano, que se podían dar el lujo de escribir sin la penuria de las colas para comprar la ración diaria de pan ni las limitaciones del peso cubano, aunque tuvieran otras, porque él mismo había descubierto que la vida allá afuera no era del hermoso color rosa con el que muchos la pensaban y soñaban. Sólo Cabrera Infante, se decía a sí mismo, tenía salud, dinero y amor ... y buena literatura, aunque Marcos no acabara de entender el odio rabioso contra Cuba que marcaba la vida de aquel real monstruo de las letras cubanas.
-El exilio es triste -y escuchó otra vez la voz entre el ronroneo uniforme y monótono del avión. Había quedado solo con el hombre, sentados sobre la tumba de Cortázar. Una voz que no lo dejó levantar la cabeza, como venida de ultratumba, pero que sabía material porque podía ver junto a las suyas las piernas del otro, enfundadas en unos cuidados pantalones negros. También estaba su sombra: enorme, de cabeza grande y quijada rematada en una barba que imaginó negrísima, como el pelo del que hablaba.
-Lo peor de la nostalgia es la culpa -volvió a decir-. Una culpa que descargamos con odio sobre otros, sobre otras cosas que pasaron allá de donde venís y que te obligaron a salir. Un día notás que el odio se ha tragado a la nostalgia y entonces ya es tarde.
Sólo así levantó la mirada. Sí, tenía el pelo negro y los ojos negros, muy tristes. Miraba a una muchacha rubia poner un ramo de flores en una esquina de la tumba: «Me llamo Karla Suárez», dijo ella a las letras con el nombre de Cortázar y la fecha de nacimiento y muerte, «soy escritora»,
-¿Ves? -dijo de nuevo-. Ella es latina, mirá el temple. Mirá sus ojos y verás la nostalgia. A los escritores nos hace falta lo nuestro, ¿entendés? , aunque sea una perfecta cochinada, una mierda.
Y tal vez eso le ocurría a Loretta: llenándose de él, Marcos Ojeda, exnovio al que quizás realmente recordara, no se llenaba sólo del antídoto contra la melancolía sino que cargaba todos los tanques del alma con esencias humanas de esa lejana Cuba que ella intentaba desterrar para siempre.
La cama vacía, el perfume tibio de su cuerpo desnudo, siempre hermoso y perfecto, aun entre las sábanas, la permanencia tozuda del incienso, la almendra y la lluvia mojada, esparcida en todos los rincones y, lo confiesa, la posibilidad de empezar una nueva vida, allí, en España, con el gran amor de su vida, para decirlo al modo de los novelones radiales, le llenaban el alma de esa alegría extraña, de esa sensación de triunfo que sólo recuerda haber sentido con Loretta hace ya unos años.
Pero no volvió a verla. Imaginó que regresaría esa tarde al Congreso y pasó toda la mañana intranquilo, nervioso, con un salto en el estómago que no lo dejó disfrutar de los spaguettis que preparó con todos los ingredientes, como hacía años no podía hacer allá en Cuba: el queso era un lujo y la salsa de tomate, que sólo aparecía en las tiendas en dólares, bastante cara por cierto, no podía despilfarrarse en platos como aquellos si querías sazonar bien la comida del resto del mes.
No vino esa tarde, ni la siguiente. Cuando Iñigo dejó clausurado el Congreso con palabras rimbombantes que sólo corresponden al director de una Casa de América como aquella, supo que Loretta no vendría a él y decidió hacerlo al estilo Mahoma: la montaña no venía, tendría que ir a la montaña.
Lo terrible, se dice ahora, es que las montañas por lo normal se ven desde la distancia (aunque le quedaba un mes en Madrid, con algunas salidas ya planificadas a Barcelona, Jaén, Sevilla y Toledo) y Loretta no había dejado ninguna señal del sitio donde vivía, salvo un detalle: el pajarito que compartía el apartamento con ella era dueño o algo así de un bar pub para gays, y se asqueó sólo de pensar en andar por toda la ciudad nocturna a la caza de los sitios de reunión gay, sin contar con que nada podían saber el resto de los cubanos con los que se había reencontrado en España, para evitar habladurías y jodederas. Se consideraba un machito cubano en toda la extensión de la palabra, y eso no lo pondría en juego por nada del mundo. Cosas del machismo nacional.
Pero, y de nuevo atravesando esta vez una autopista larga de baches aéreos que hacen estremecerse al avión, piensa que lo decidió la misma fuerza que le hizo abandonar a Loretta en el pueblito de campo y perderse para La Habana en busca de gloria. Aún en el apartamento se justificó diciendo que eran cosas del destino: estaba escrito que él dejara a Loretta para que ella se decidiera a irse del país y que luego pudieran encontrarse en Madrid para que él se quedara con ella que ya estaba ubicada en aquella magnífica ciudad para un escritor. Lo perfecto hubiera sido que viviera en Barcelona, se dijo esa vez, pero tampoco se le podía pedir tanta perfección al destino.
Recordó que uno de los cubanos que vivían en España, el poeta Alberto Lauro, gustaba frecuentar ciertos lugares nocturnos a los cuales lo había invitado «para que veas la otra vida de esta ciudad», le había dicho esa vez, y sin pensarlo mucho, levantó el teléfono. Lauro, como si fuera un perfecto inglés y no un informal cubanito, estuvo en el apartamento a la hora adecuada y Marcos le contó de un tirón todo lo que pensaba.
-Una perfecta historia de amor -respondió cuando Marcos terminó de contarle-. Y mira que la gente habla mierda de las telenovelas. Ahí estás tú: protagonista principal de una de verdad.
-Lo mismo digo -le contestó Marcos con una mueca de sonrisa-. Pero respecto a lo de esta noche, ya sabes.
-Claro, claro, señorito Marcos... soy una tumba... -y quedó sonriendo, lanzando una mirada rara que hizo a Marcos mirarlo muy serio- ... cerrada, Marquitos. Una tumba cerrada.
Y la tumba cerrada y Marcos se vieron caminando el Madrid de noche porque el desgraciado de Lauro estaba en tantos problemas que ni una bicicleta podría comprarse, según le dijo, aunque habían reducido el campo de búsqueda, que era más amplio de lo que Marcos pensó, por un cuento hecho por la propia Loretta: en el bar del pajarito no sólo había que ser homo para entrar sino que había que ir disfrazado de alguna de las grandes mujeres de la historia. Eso reducía la cosa, pero no tanto como pensaba Marcos. Había en Madrid más de diez pub que hacían lo mismo, con mayor o menor lujo y exigencia según el local y el dinero del dueño.
Lo encontraron ya bien tarde en la madrugada, después que tocaran a la puerta de un pequeñísimo bar cercano a la plaza de Colón y asomara la cara la mismísima Lady D: «¿Buscan diversión, chicos?», preguntó en voz melosa, agresiva, que Lauro frenó: «De eso nada, Lady, buscamos al dueño», con un tono tan varonil que hasta Marcos hubiera podido jurar que algún jodedor le había cambiado un Lauro por otro. «Todo va por mí, Marquitos», le dijo el poeta, quitándose unos segundos la capa de Don Corleone, cuando Lady D cerró la puerta y los dejó solos un instante.
Al aspecto de hombrecito siniestro que esgrimió delante de Lady D, Lauro unía esa noche un chaleco negro, largo, que lo semejaba mucho a esos matones de las películas americanas y Marcos se miró a sí mismo buscando un acople con la imagen que Lauro seguiría dando: él podía pasar por un señor escoltado por aquel guardaespaldas casi enano pero con cara de asesino: en definitiva, los mejores venenos vienen en frasco pequeño.
El dueño se presentó como Gumersindo Cabrera, alias Gumy La Poderosa, y resultó más blandita que un merengue en medio de una estampida de búfalos. Lauro, siempre fiel a su papel, lo atacó apenas vio que asomaba la cabeza. Empujó la puerta ante los ojos asustados del otro y pasaron a un recibidor pequeñísimo desde donde podían verse las mesas repletas de mujeres ilustres: «El señor anda buscando a Loretta», dijo, «y tú sabes dónde estás». Marcos sintió cierta resistencia en los gestos todavía asustados de Gumy, una resistencia que se vino a tierra en un santiamén: «¿Tú has oído hablar de Nerón, Doña?», dijo Lauro y vio asentir al pajarito otra vez con los ojos muy abiertos: «Pues canta rápido la dirección de Loretta», siguió diciendo, «canta, doña, que me gustaría ver arder una pajarera. Me encanta el olor a pluma quemada».
Una hora después estábamos sentados en un show para hombres cerca de la Plaza de España. Loretta, desnuda, meneaba sus grandes nalgas excitándose con un tubo alrededor del cual bailaba al puro estilo de las puras putas. Marcos creyó de pronto vivir, además del melodrama, una película americana, y siguió viviendo en la película cuando la música terminó y Lauro le hizo una seña para que lo siguiera. Entraron a los camerinos y fueron directo al del Loretta, como si se conocieran el camino desde siempre. Lauro se quedó afuera, esperando. «Yo velo», dijo.
Loretta, totalmente desnuda, se peinaba frente a un espejo. Marcos seguía creyendo estar en una película y sólo despertó cuando ella lo sintió y se volvió, cubriéndose los senos. Bajó los ojos de golpe unos segundos, después levantó la cabeza y lo miró.
-¿Qué vienes a buscar? -agresiva, distante, nada que ver con la Loretta de días atrás, menos con la que dejó abandonada en Cuba.
-A ti -dijo él-. Tenemos que hablar, ¿no crees?
Ella quedó en silencio, mirándolo. A veces, Marcos creía que algo flaqueaba en el fondo de aquellos ojos negros, profundos, pero Loretta volvía a una mirada muerta, seca, que lo desarmaba.
-Cuando te fuiste, nunca fui a buscarte -dijo-. No quería que supieras, pero ya estás aquí. Ahora vete.
-Tenemos que hablar -respondió él-. No creo que te guste esto.
-Cada cual tiene el destino que merece, ¿sabes? En algún libro Dios escribió que yo fuera puta y aquí estoy. ¿Te basta con eso?
-Puedes ir a la embajada y regresar -balbuceó entonces Marcos-. Seguro entienden.
Otra vez el silencio. Unos segundos. Loretta volvió a fijar la mirada en las losas del piso y al levantar los ojos la agresividad era aún mayor.
-¿ Ves? Tampoco me conoces -dijo-. Cuando jodiste todo lo que soñé y decidí salir de Cuba, rompí con todo. Para serte franca, prefiero ser puta y vivir bien aquí, que licenciada y estar comiendo porquería y viviendo como un animal allá. Ahora -y siguió hablando con la cabeza baja -, aquí las reglas están claras: si quieres templar conmigo, paga; si no, vete. Este es mi trabajo. No quiero volver a joderme por tu culpa.
La Habana, un tercer mundo anhelado en todo este tiempo por Marcos, ciudad por la que apostó contra el exilio y la nostalgia y contra Loretta, que de pronto no sabe cómo ni por qué lo hicieron dudar, comienza a crecer abajo mientras el avión desciende. Recostado a su asiento, puede ver por la ventanilla cómo crecen los cañaverales que rodean al aeropuerto, cómo los carros pasan de hormigas a monstruos de metal, cómo la gente en bicicleta se hace visible en las carreteras, junto al tráfico de autos modernos y máquinas viejas y camiones despintados y le recuerdan que ya ha llegado a Cuba, que sus días y noches madrileñas y Loretta y el Congreso y los nuevos amigos escritores de América, han quedado atrás y sólo el email o Internet los podrá mantener unidos, salvándolo de pertenecer a esa raza a veces gris a veces luminosa que llaman exiliado.
-En Rayuela -le había dicho el hombre, aún sentado sobre la tumba de Cortázar, en París-, en una escena donde La Maga arrulla al Bebé Rocamadour, descubrí que luchamos contra la nostalgia por tozudez. Un día descubrí también que Cuba me traicionó. No la culpes entonces. Ni Loretta, ni Cuba tienen la culpa.
A esa hora de la noche, cuando partió del cementerio hacia el aeropuerto para regresar a Madrid, en la tumba de Cortázar un grupo de jóvenes argentinos descorchaban botellas y cantaban un viejo tango de Gardel donde un caminito era borrado por el tiempo y un hombre padecía mordido por el bicho triste de la nostalgia, recuerda Marcos y respira profundo - parado en lo alto de la escalerilla del avión, mirando a los que se bajan y caminan hacia los ómnibus - el aire que en España se confundió con un ahora lejano aroma de incienso de sándalo, almendras tostadas y tierra mojada por la lluvia; un aire que, de pronto, bañado por el calor sofocante de esta tarde de julio le hace jurar que alguna vez escribirá una historia, como pedía Sepúlveda en el Congreso a los latinos que no habían olvidado contar historias desde que lo hicieran sus ancestros; una simple historia de amor, se repite en voz baja y comienza a descender por la escalerilla, una historia de dos donde la nostalgia, ese bicho que muerde las esquinas más débiles del hombre, fuera mucho más que un viejo y olvidado tango de Gardel.
Julio, 1999
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