Mierda.
Mucha mierda.
Las aguas infestadas de una mierda que se le metía hasta en la sangre.
Una mierda que sigue estando ahí, anclada en su cerebro, como un pendón de victoria, recordándole que todo ha sido cierto, que su cerebrito de mujer no ha inventado nada y la mierda seguirá empozándose en sus noches y sus días y hasta en sus sueños.
-- La gente se caga cuando va a morir – dijo alguien, una vez, no recuerda.
Y ella tuvo la prueba ante sus ojos: el mar negrísimo anegándolo todo con sus sombras de muerte, el yate que los sacaba de Cuba (“la nave de la salvación”, había dicho su hermano, con los ojos disparando una alegría que ella jamás había visto), la cubierta llena de gente que gritaba y lloraba y pedía clemencia y ¡por Dios! y las dos niñitas llamando a ese papá que se quedó en la costa como eternizado con su mano levantada diciendo adiós y los gritos y la mierda de algunos que se escurre pantalón abajo, saya abajo, y el llanto “su madrecita santa, no dispare” y esa voz que no olvida “¡a callarse, cabrones!” y el hedor a orín y a mierda y a mar bajo el manto de las sombras, ¿huelen las sombras?, o era el miedo, ¿hiede el miedo?, y los gritos y el llanto “¡las niñas no, las niñas…”, …los rafagazos.
Luego el hombre que lanza los muertos al mar y hacen ¡plaff! y levantan olas pequeñas y unos flotan y pasan a su lado: las niñas con los ojos tan azules, tan abiertos… ese viejo como una masa blancuzca de sangre con hedor a mierda… aquel muchacho con la cabeza cortada a puro rafagazo, la sangre todavía manando del cuello… y Fabricio… y su madre… y el recuerdo de Fabricio: “seremos libres, Mayra, estoy harto de consignas y mentiras, mi hermana”.
Y las sombras: esas sombras que la cercan mientras ve a Fabricio hundirse, el pecho agujereado, y al vestido de su madre (“hay que estar bonita, mi'ja, que cuando nos recojan sepan que somos gente decente”) aunque los disparos de la ráfaga hayan convertido su cara de ángel en una plasta sanguinolenta y negruzca, asqueante, irreconocible.
Peste.
Hedor molesto.
Y nosotros envueltos en su mocosidad asfixiante, como de nata.
Habíamos visto cómo iban sacando los cuerpos de la bodega del yate y los arrojaban al mar.
Apestaban.
Debían llevar algún tiempo muertos porque hedían horriblemente. O eran nuestros olfatos aguzados por el terror.
Estábamos abrazados: Nadia, Norgito y Noel. Las aguas nos vapuleaban. Fuertes. Intentando desunirnos. Y el miedo. En nuestros ojos. Y una voz: “resistan”, decía. A nuestros pies lo decían. A nuestros brazos. A sus cuerpecitos: Nadia llorando “papá, papá, sálvanos”, mirándonos, aferrándose a nosotros… Norgito y Noel intentando mantenerse a flote.
-- No seas mierda, maricón – gritó una voz, ronca, seca, como de infierno --. Déjanos subir a los niños.
Nos miramos. Norgito miró luego la mano que se le extendía desde lo alto del yate y alargó la suya y entonces, sin hablar, decidimos que los niños subirían, que no había otra salvación que dejar que los subieran, que quizás luego Nora podría mirarnos también desde la cubierta y no como ahora, buscando mantenerse a flote gracias al chaleco salvavidas, abrazada a Nadia, llorando las dos, sus ojos con ese vacío de quien dice: “¿por qué nos metimos en esto, coño?”…
-- Deja que tus hijos suban, coño – otra vez esa voz --. A ustedes no los íbamos a matar, comemierda. Ustedes pagaron bien y esos maricones nos quisieron engañar…
-- Dijeron que pagarían en Miami, cuando llegaran – nos soltó otra voz, como de ratón --. Y descubrimos que era mentira.
Fueron subiendo los niños, lentamente, a medida que los fuimos convenciendo de que luego subiríamos nosotros y que debían hacer cómo mismo hizo Norgito: dejarse alzar y esperar allá arriba.
Y esperaban ya, todavía abrazados, siempre mirándonos, seguro confiados de que también nos salvarían, cuando sonó el tiró.
La frente de Nora enseñó un agujero perfecto, un hilillo tenue de sangre, y luego su cuerpo dio un brusco giro a un lado y comenzó a hundirse.
La abracé y nos hundimos. Con el llanto de los niños martillándonos nos hundimos.
Muertos.
Desnudos, tiesos.
Los pedazos de esos cuerpos atontándote… y esa imagen de infierno terrenal.
El infierno a su lado. Cuerpos que apestan. Nada idílico ese oleaje que los mece y los arrastra sobre la arena en la orilla. Quedarse abrazada sólo a la cabecita y al pecho de tu propio hijo, sentir que te moja el líquido de sus vísceras podridas cuando esas otras manos te lo arrancan: “está muerto, señora, está muerto”, y no descubrir que ya se ha podrido, que sus ojos abiertos ya no te buscan, y sólo Dios sabe a qué vacío miran.
Como se dice en Cuba: “no es fácil”. Y tú agregarías: “es de pinga”, convencido de que no podrías sobrevivir a un momento así si ese niño muerto fuera Camilito, tu propio hijo, y no una simple historia que alguien te ha contado, quizás porque en estos días, después que fusilaron a los tres muchachos por intentar llevarse ese barco hacia Miami, todo el mundo se ha fijado en estas cosas que llevan más de cuarenta años existiendo en este país, como si Dios se empeñara en recordarles de pronto que han estado ciegos a una realidad que El había puesto siempre a la vista de todos.
-- Sí – te dices --, es de pinga ver cómo tu hijo se despedaza, podrido ya, entre tus manos.
Y te repites que más triste es ver cómo los guardafronteras le arrebatan el bebé muerto a la muchacha, que se resiste y da manotazos; cómo el cuerpo se parte en dos y queda unido sólo por la culebra blanquecina y pútrida de una tripa; cómo lo van depositando, pedazo a pedazo, sobre una pequeña lona que luego atan igual que a un bulto de correos y lo bajan a una de las bodegas. Ella no sabrá nunca que allí estaría, junto a las cajas de balas y las provisiones del navío, amontonado al lado de otros cuerpos también podridos, hasta que llegaran a Cuba y fuera quedando cada vez más atrás ese islote donde la encontraron varios días después de que los lanzaran al mar, único ser vivo entre cuatro muertos, abrazada a lo que ella seguía creyendo con vida.
-- Se volvió loca –dijo la misma vecina que te contó está historia--. Ahora anda por los barrios de Centro Habana… una pordiosera más que busca en los latones de basura algo para llevarle a su hijo, como si el angelito estuviera vivo.
Asco
Y el vacío.
…porque las locas como ellas, descuartizadas en las aguas, o tiradas en una fosa, junto a otros cuerpos podridos, solo dan eso: puro asco.
¿Imaginarían acaso que una tarde ese puño militar de toque militar tras uniforme militar tocaría a la puerta: “Con Ramón Granados, por favor”, y diría que Pedro González había aparecido desmembrada en la fosa podrida de un cayo cercano a Cuba? ¿No verían con asco que ese esperpento que ahora es se echara a llorar como la más puta de las putas porque el tal Pedro González es su marido: “y cuando llegue a Miami te mando a buscar, putica mía, te enseñaré un lugar donde nadie nos tratará como a perras”, aunque el militar preguntara por Ramón Granados y no por Magnolia, la suprema Magnolia , ni tan siquiera por la loca Magnolia , la maricona Magnolia , esa asquerosa aberrada con nombre de flor?
¿Llegarían a imaginar que el alma frágil de Magnolia volaría hacia ese sitio del infierno donde estaría su amantísimo Pedro, el de las embestidas fabulosas, para seguir pecando eternamente en las calderas ardentísimas de Lucifer, como lo pronosticara algún vejestorio católico cuando el fierro potente de Pedro dejó de clavarlo bajo la sagrada cruz y se vino al edificio en ruinas donde Magnolia lo esperaba como mujer en celo? ¿Entenderían que la vida de alguien puede estar marcada por el asco igual al Padrenuestro que se recita con cada nuevo día, una sensación de asco y vacío que se lleva como un traje o un cuero encubridor, o se diluye en la sangre, o se dispara a todas partes desde los pelos de la piel?
No podrían saber ni a retazos el dolor en el pecho, allí donde se ajustaba los senos postizos para suplir la silicona “que en este país de mierda una no puede injertarse”, y mucho menos lograrían dar con la medida exacta de ese cuchillo de hielo que la acecha por las noches, en ese aliento de muerte… y ese sueño que le revuelve las entrañas con arqueadas de un asco feroz: caminaría por una isla sin cocoteros ni mangles, todo desierto; se hundiría hasta los tobillos en una masa apestosa de gusanillos blancos que contorsionan y revientan bajo sus pies hasta formar una nata babosa, como esperma sucia, que se le pega a la piel mientras busca la ruta; caería de cabeza, tras un empellón contra una rama rota o una piedra, y su cuerpo se estrellaría contra la esponjosa viscosidad pestilente que yace al fondo de la fosa: torsos y manos y brazos y piernas y cabezas arrancadas y pies y muslos y tripas…y rostros blancos, como de ángeles muertos, como de fantasmas dormidos. Y siempre los gusanillos blancos… los gusanillos blancos… los gusanillos blancos.
Vómito.
Su hedor rancio.
Y descubrir que también la muerte puede tocar a mi puerta cualquier día.
Uno se va haciendo viejo y estas historias lo conmueven, aunque el pellejo se le haya curtido de ver tanto muerto y tanta hambre y tantas cosas y saber que puede ser ya natural levantarse y escuchar historias que escalofrían donde una playa amanece llena de muertos y los niños se levanten, alborotados, luego de soñar toda la noche con el baño al sol y el juego entre las olas, y cuando lleguen a la orilla los muertos los reciban, blancuzcos, hinchados, con los ojos comidos por los peces, quizás en el que será el primer encontronazo de esas criaturas con la Parca.
-- Más de once cadáveres, Alex – me dijo Fermán, y aseguró que en sus años atendiendo el faro en esa parte de la costa ya estaba acostumbrado a que las corrientes en esta temporada arrastraran todo hacia la costa, sin dar apenas tiempo a que las bestias del mar dieran buena cuenta de los restos.
La policía del pueblito más cercano fue sacándolos del agua, alejándolos de la orilla, oteando las olas y el rompiente lejano por si algún cuerpo más aparecía, hasta dejarlos sobre un montículo de arena en perfecta alineación, con sus caras sin ojos apuntando al cielo.
Bajo los rayos ardientes del sol mañanero, la piel de los muertos refulgía como bombillas de neón.
-- Un niño corrió a decirle a su madre que el mar estaba vomitando gente – agregó Fermán, sin poder reprimir una sonrisa por tan macabra inocencia.
El hedor rancio del vómito de unos cuantos comenzó a teñir de charcos amarillentos la arena blanquísima de la playa.
Uno se va haciendo viejo y ya estas cosas las escucha sin siquiera darse cuenta, sin prestar atención a lo que significa que exista un lugar del mundo en que la gente se lance al mar buscando quién rayos sabe qué cosa, y que haya otros que trafiquen con esos sueños.
-- Te estás poniendo viejo, Alex Varga – me digo, e intento borrar con un trago largo de ron Havana Club esa imagen pegajosa de los muertos inflados sobre la arena, exageradamente blancos, como ángeles caídos.
Sombras.
Como fantasmas.
La voz que se le ahoga en el llanto, ante el resoplido fatal del disparo… y las tinieblas.
Eso recuerda aunque no quiere. Aunque sea algo que haya vivido juró no recordarlo. Se ha dicho que hay cosas que es preferible tirar al rincón más lejano y oscuro del cerebro, allá donde solamente las telarañas y el polvo de otras cosas olvidadas le hagan compañía.
Está sentado en su oficina. El aire es frío, agradable, y se recuesta en su butaca giratoria para alcanzar el botón del intercomunicador: “no estoy para nadie, Tamara”, suelta a su secretaria, y lanza hacia el techo una gruesa bocanada de humo antes de hundir sus ojos en ese cable de prensa que por primera vez le trae algo de alarma, aunque sea levemente, a la ruta hasta entonces sosegada y casi monótona de su vida:
[…]
Fuentes del Ministerio del Interior de la República de Cuba aseguran que ya son trece los detenidos y en proceso legal acusados por el delito de trafico de seres humanos.
“Estos delincuentes”, aseguró el portavoz de ese ministerio, “se amparan en el deseo de muchos cubanos de abandonar el país y llegar a las costas de La Florida, cobran alrededor de seis a ocho mil dólares por persona y luego se deshacen de ellos en el mar, por métodos que realmente preferimos no comentar para no herir más a los familiares de las víctimas de este tráfico”.
[…]
Algunas agencias noticiosas con oficinas en La Habana manifiestan su desacuerdo con el tono que las autoridades cubanas han dado a las posibles causas de este fenómeno, argumentando que Cuba pretende hacer ver al mundo que se debe únicamente a la existencia de la llamada Ley de Ajuste Cubano, que facilita la entrada e inserción de los cubanos que abandonen el país por métodos no legales, y no a la depauperada situación económica y social que obliga a muchos cubanos a pensar en el exilio como único modo de sobrevivir.
[…]
Hasta diciembre del 2003, se calcula que la cifra de muertos a manos de estos traficantes se eleva a la cuantiosa cifra de dos mil o tres mil personas, por lo cual se alerta a los cubanos de la isla a que desistan de utilizar esta forma de salida ilegal, y a todos los ciudadanos de La Florida a prestarse a brindar cualquier tipo de apoyo a este nuevo modo de bandidismo y piratería.
“Por suerte, estamos trabajando en conjunto con las autoridades norteamericanas para atrapar a estos criminales”, aseguró el portavoz cubano, “no les queda mucho tiempo en libertad a quienes buscan lucrar con la muerte de seres humanos inocentes”.
“Permiso…”, dice la secretaria y empuja la puerta con una cadera. Trae una bandeja donde puede ver un sándwich de jamón y queso, un gran vaso de refresco y una taza de café que humea.
-- El mundo está jodido, Tamara – le dice, mientras ella pone la bandeja sobre el buró.
-- ¿A qué te refieres? – y lo pregunta con esa voz melosa que siempre lo ha sacado de sus casillas.
-- Todos los días mueren miles de gente – contesta, y apunta al periódico --. ¿Será verdad que el mundo se está acabando?
1
Se llama Mayra y tiene las manos atadas a la espalda. Sí , Mayra es su nombre y se lo repite en un intento por despejar esas sombras que se empozan en su cerebro como las aguas malolientes de un charco. Alguna vez tuvo una madre que la nombró Mayra al nacer, Mayrita mientras fue niña y muchacha y tuvo su primer noviecito y se hizo mujer, aunque ya ahora esa misma Mayra logre descubrir, entre las nieblas de su memoria semidormida y la lucecilla tenue que ilumina la habitación, que las manos le duelen porque están amarradas con algo que le corta las muñecas, que la cabeza le late como a martillazos sobre un muro de acero, que las nalgas le duelen de tantas horas sentadas sobre el cemento rugoso y frío de este sitio que va precisando como un viejo almacén, sólo Dios sabe en qué apartado rincón de la ciudad.
Es un método sencillo, una especie de auto reconocimiento, de tanteo a sí misma, al cual se ha ido acostumbrando en estos últimos dos años, para convencerse de que, ciertamente, se llama Mayra y es mujer y es hermosa y es joven, y alguna vez tuvo un padre que la abandonó aunque no lo conociera y una madre tan buena como se sueña siempre a una madre y un hermano mimoso y tierno. No se llama Nadie; no es un cuerpo vacío, una Nada con patas y senos y culo que hace poco fue virgen, como ha pensado muchas veces desde que vio a su madre y a su hermano perderse en las negras aguas del mar Caribe.
Mayra Mayra Mayra Mayra, se repite entre dientes, y sus ojos van definiendo a ese otro hombre todavía desmayado cerca de ella, también con las manos atadas y un manchón de sangre anegando su camisa justo sobre el músculo del brazo.
Mayra Mayra Mayra Mayra, sigue mascullando y su mirada se desplaza y se asusta, cae sobre esa cara siniestra y se aterra: el mismo bigote y las mismas cejas tupidas y los mismos ojos achinados y azules. Y la misma sonrisa.
-- Hola, bombón – dice la misma voz --. Qué gusto verte.
Y detrás de la ironía y las brumas que le quedan en el cerebro puede precisar la boca negra del cañón de algo que cree un revólver, una pistola, no sabe de esas mierdas; algo que puede disparar ¡pum! y al carajo con la vida y los sueños y el cuerpo a reventar de gusanos bajo la tierra, del mismo modo en que debieron llenarse de gusanos su madre y su hermano, en ese lugar del océano en que ahora se encuentran.
Esa cara que no ha podido arrancarse jamás del recuerdo, aunque haya intentado lanzar el bigote y las cejas y los ojos y la sonrisa a lo que merecería llamarse el estiércol de la memoria. Sigue ahí. Y le llega con la voz “Hola bombón” que la saludara cuando subieran al yate y esa cara los recibiera, sonriendo, y los invitara ante una mesita donde brillaba el cristal fino de algunas copas “al champán de la despedida”, sin imaginar jamás qué despedida era aquella: no la suya, el sueño de vivir libres, trabajar, creerse personas en el país del imperialismo cruel y sanguinario desterrando al animal de rebaño que fueron en la sociedad justa; sino esa otra del hombre que apunta a todos con su arma y amenaza y dice: “¡al mar, cojones, al mar!”, una vez que ya ha cobrado el pago del embarque y ha llevado el yate mar adentro, oscuridad adentro, y segundos antes de que Fabricio le colocara el salvavidas en el cuello y la empujara al agua, “se salvará”, seguro pensaría, aunque ya ni sabe: “me he quedado vacía”, se ha dicho muchas veces, y desde el agua viera el arpón lanzado al pecho de Fabricio y el grito y el llanto de las mujeres y el viejo y ese salto que entre las olas puede ver da su madre hacia el hombre. Y el disparo: la cara de su madre abollada por el tiro que entra por su mejilla revienta ¡paff! carne afuera hueso afuera ojo afuera, y repita que es Mayra y flota en las aguas frías y oscuras de un mar que se le antoja siniestro, triste, y ve pasar los muertos que el hombre tira: las niñas con los ojos tan azules, tan abiertos… ese viejo como una masa blancuzca de sangre con hedor a mierda… aquel muchacho con la cabeza cortada a puro rafagazo, la sangre todavía manando del cuello… y Fabricio… y su madre…
Se repite que es Mayra para no olvidar que fue ella quien descubrió esa cara: el mismo bigote las mismas cejas los mismos ojos la misma sonrisa que saluda al portero y pregunta y una mano de guantes blancos le señala escaleras arriba. Mayra lo sigue. O no sabe si está siguiendo ese rostro que juró no ver jamás, que pensó incapturable, volátil, invisible, bien lejos de esta tierra donde todavía muchos soñaban con irse al mar como Mambrú se fue a la guerra, sin saber si alguna vez regresarían, o si llegarían a algún sitio, qué pena. O si camina tras ese hombre de traje finísimo y maneras de gran señor, de empresario, porque quiere demostrarse que “estás equivocada, Mayra, no es posible”, se ha confundido, “todos estos meses con esa cara acosándote te han vuelto loca, muchacha”, y existe la posibilidad de que alguien en este mundo se le parezca tanto a ese maricón que vio sacar el arpón del pecho de Fabricio y revisar los bolsillos del hermano y la madre de esa Mayra que miraba desde lo oscuro, flotando como un corcho, sin determinar qué coño la hacía mantenerse a flote si sentía deseos de hundirse y hundirse y hundirse, como ahora, en que casi quiere pedir a gritos que “¡dispara ya, maricón!” y esa rabia la haga fijarse en que no está sola: Magnolia y el viejo Alex en una esquina, casi juntos, los ojos clavados en ese que la encañona y aquel, que debe ser Alain, apuntando a ese otro hombre de traje que no distingue por esas sombras que de nuevo la aturden o por la molestia cegadora de esa sonrisa otra vez frente a ella o por la luz amarillenta y tímida de la bombilla en el techo o porque se resiste a creer lo que significa en su historia personal la imagen de ese hombre detenido como una vieja estatua ante el arma de Alain…
Dispara ya, maricón!”, dice ella y el grito nos despierta. Nos despierta. Desde aquella noche estamos juntos, respiramos juntos, nuestra sangre corre por los mismos cauces. Imposible decir “mis hijos y mi mujer están muertos” porque con sus muertes nos fundimos. Somos un cuerpo múltiple, un cerebro partido en cinco partes perfectas: Nora, Norgito, Noel y Nadia, la misma carne en el mismo cuerpo en la misma sangre.
El grito nos despierta. Podemos ver la escena: algo que estaba ahí cuando dormíamos, debilitados por toda esa sangre que se va saliendo de nuestros cuerpos. La sangre brilla tímidamente bajo la mustia luz de una bombilla casi muerta y comienza a secarse mientras esos otros se dan cuenta de que ya estamos despiertos. “¡No te muevas, pendejo!”, dice el que tenemos enfrente, apuntándonos con un viejo Smith & Wesson, idéntico al que una vez descubrimos en las gavetas personales del abuelo.
Vieja costumbre aprendida en la guerra de Angola: despertar ya despiertos, abrir los ojos cuando ya todos los sentidos estén acechantes, alertas, y saber dónde estamos cómo estamos qué debemos hacer. Espíritu de supervivencia, lo llamaban. De modo que abrimos los ojos con el grito “¡Dispara ya, maricón!” y esas imágenes nos asaltan y nos dicen: “alerta, cojones”, que ese cañón puede soltar una bala y mandarnos todos al infierno. Cuando se tiene una familia tan grande no debe nadie andar comiendo mierda si un arma nos apunta directamente al pecho. O a la cabeza. O no sabemos. Porque también puede ser que apunte a esta mujer que empieza a gimiquear a nuestro lado, toda temblores, iguales a esos de aquellas muchachitas que probaban las pastillas de éxtasis que le vendíamos en Miami y se convertían de tímidas chiquillas en locas buscando sexo y mas droga y más droga y más droga.
-- Conmigo tienes futuro, blanco – nos dijo Milton con una sonrisa que se le escapaba hasta de las pecas y de pronto fuimos cinco los vendedores y manejábamos los carros del año y vestíamos a la moda y comíamos en nuestra casa para luego pasarla mirando las fotos de cuando en Cuba, antes de lanzarnos al mar, éramos felices y nos jactábamos ante todos de ser de verdad esa familia con su home sweet home, aunque durmiéramos tres en cada una de las únicas dos camas que cabían en nuestro cuartucho de La Habana Vieja.
Teníamos dos trabajos y eso se llamaba dinero. Mucho dinero. Y bebimos como locos siempre a favor de nuestros dos jefes: Miguelón y Milton. Pero algo nos hacía andar muchas veces tristes, soñar que una granizada de balas nos perseguía por un desierto inmenso, interminable, o que perdíamos los brazos, las manos, las cabezas, el pellejo, las tripas y una manada de peces hambrientos nos daba caza en una laguna de aguas negras, también inmensa, interminable. Y despertábamos sudorosos, ahogados en un llanto indefinido de niño o mujer, o de hombre, nadie sabe.
-- ¿A Cuba? – nos preguntó Milton --. ¿Qué mierda se te ha perdido allá?
Y le dijimos: “los muertos no van a estar quietos hasta encontrar venganza”. O fueron otras las palabras: “encontramos al tipo, Milton, tíranos ese cabo”, aunque volviera a molestarse el pecoso por esa cabrona costumbre de hablar en plural, de pensar en plural “coño, que eso me recuerda al plural de modestia de los comunistas: nosotros ganamos una medalla por nuestro valor, nosotros cosechamos mil quintales de verduras… lo único que les faltaba decir era: nosotros nos templanos a nuestra mujer”, sin recordar que no éramos cinco desde aquella noche; éramos uno, la carne y la sangre y el alma de cinco en un cuerpo, que tal vez se separaran y buscaran su lugar en el reino de Dios una vez que fuéramos vengados.
-- Busca al viejo Alex – nos sugirió Milton --. Alex Varga… No hay ni una mosca que se mueva en La Habana sin que ese viejo lo sepa.
Y aquí estamos. Y hemos visto esa seña casi invisible que hace el negro viejo al que apunta a Saúl y en el aire respiramos que algo va a pasar en apenas unos segundos…
Piensas que el grito de Mayra: “¡dispara ya, maricón!” pudo fastidiarlo todo, pero sabías que Samuel no iba a disparar porque ahora apuntas a Saúl, concentrado en que si algo pasa no va a salvarse de que le abras un hueco en medio de esos dos ojos que miran asustados, aunque quiera convencerte, con esa mueca de sonrisa cínica, que está tranquilo, seguro de que éste será otro de esos muchos triunfos en su vida de hombre con suerte que ha escapado, y lo hará de nuevo, a todas tus redadas.
¿Cuántas veces creíste tener a este desgraciado entre tus garras de sabueso, Alain, como se dice por ahí, con las manos en la masa, para que al final la masa desapareciera como por arte de birlibirloque y con esa masa volátil se fueran a la mismísima mierda las pruebas que tenías en contra suya?
No recuerdas. Solo tienes en tu cabeza el recuerdo de la llamada del viejo Alex: “necesito comentarte algunas cositas”, y la inquietud que te dominó todo ese día hasta que pudiste soltar en manos de tu ayudante el nuevo caso de la puta degollada que apareció flotando en las aguas podridas del río Almendares. Casi volaste hasta la casa del viejo en Centro Habana.
-- Necesito cazarle la pelea a este hombrín – te dijo Alex, en esa pose suya de recostarse en su butaca preferida y esperar con la mirada posada en tu cara el sí que le dirías, después que te hizo la historia, esa historia, una historia donde los muertos flotaban en medio del Estrecho de la Florida, o eran pasto de los tiburones, o recalaban en las costas de los islotes de esa región del mundo, o eran pescados como pejes enormes de las olas; una historia donde algunos llenaban sus bolsillos con esos muertos y donde los pocos que sobrevivían pedían venganza.
Trabajo te ha costado. Quizás porque el hombre se las arreglaba con una inteligencia temible para borrar todas sus huellas. Quizás porque los años le habían colocado una coraza y una máscara que hacía increíble cualquier mancha en ese sol moral que representaba ante todos. Quizás porque ya el país estaba tan enmierdado que un hijo de puta como aquel podía hacer y deshacer a su antojo, sin que la palabra “castigo” existiera en ese diccionario íntimo y personal que la vida va fabricando para cada persona.
-- Ese tipo me confunde, ¿sabes? – te confesó Orestes, y no sabes qué te hizo levantar la mirada y dejarla unos segundos en esa imagen de Fidel abrazando a Ramiro Valdés, tal vez en la ceremonia de algún aniversario del Departamento de Seguridad del Estado, donde te encontrabas sentado.
Orestes te soltó las preguntas en ráfaga, como quien busca compartir preocupaciones que ha sufrido mucho tiempo, y luego hace silencio y te mira, mientras va dando ligeras mascadas al tabaco que se ha llevado a la boca. Preguntas que te rondan. Tal vez las mismas que te han lanzado señales, igual a esa columna de humo o fuego que guiara al pueblo de Dios en busca de la Tierra Prometida : siempre al frente, a lo alto, diciéndote sígueme sígueme, como un cántico que sólo tú podías escuchar.
-- ¿No te parece raro que un alto funcionario mantenga relaciones con su hermano de Miami, que es un alto funcionario en un grupo anticastrista? – soltó Orestes.
Y respondiste que era raro, sí, aunque no tanto, porque si algo había aprendido la gente en todos estos años era que política y mierda son casi una misma palabra y apestan igual.
-- De todos modos – le contestas, y es como si de golpe el recuerdo te lanzara a esa mañana --, que dos hermanos piensen distinto políticamente no es motivo para que olviden que son hermanos. Eso fue normal en otros años. Ahora es distinto.
Aunque ya piensas que cualquier cosa puede creerse, sobre todo ahora, en que al fin lo tienes frente a ti, con el azul de esos ojos opacándose bajo las sombras del miedo, con esa mueca de sonrisa cínica que intenta rescatar la imagen de hombre curtido, bravo, capaz de no temblar ante el agujero metálico de un arma que puede traerle la muerte, sin darse cuenta de que la guadaña de la Parca lo está picando cerca porque ha captado la seña fugaz que le hace el viejo Alex y se dispone a darle un halón al gatillo cuando reciba la señal…
Pegarían un grito como Mayra: “¡dispara ya, maricón!”, si alguien les apuntara. O hasta dirían algo más dramático: “¡dispara papi, coño, despluma a esta loca!”, y estarían temblorosas, mocosas, musitando como viejas pájaras su miedo a la muerte, a que se escapara un tiro y ¡pac! el corazón rajado en pedazos y la sangre y el adiós a este valle de lágrimas, a este mundo cruel en el que tanto las han jodido.
No podrían imaginar que acercarse al viejo Alex puede significar la salvación y que se acercarían al negro por ese único motivo, aunque la realidad es que estarían soñando con haber estado a cien leguas de este lugar, a dos millones de años luz, en una galaxia tranquila donde ser gay loca maricona travesti homosexual no resultara un fastidio, un estigma, una cruz que ha de llevarse por todo ese calvario que son sus vidas.
Sentirían tal vez la mirada hombruna del viejo Alex y una sensación de paz las invadiría, aunque las locas suelen ser inconstantes y la paz extrema puede llevarlas a mariconeados ataques de histeria. Pero se estarían quietas, contemplando la escena, recordando que cosas como esas suceden en algunas películas y hasta pensarían que ellas son las estrellas del filme y que al final aparecerá un machazo hermoso que las fustigue con su látigo enorme, gordísimo, luego de salvarlas de ese blanco de ojos azules que encarna al malo, qué lástima, y se dedicarían a mirar el arma en esa mano de dedos finísimos; un arma que apunta a Mayra y a ese otro hombre que sigue amarrado y abrirá los ojos también para descubrir que el blanco de ojos azules y bigote grande y cejas tupidas es de pronto el único Dios, el que rige su permanencia en el mundo de los vivos o su paso al paraíso celestial adonde, dicen, no van las locas.
Una escena se escaparía del pasado y llegaría quizás hasta ellas: los uniformes marchándose de la casa, alejándose en su auto Lada por la calle anegada de baches y aguas pestilentes y mierdas y tachos de basura repletísimos, dejándolas tristes, muy tristes, con el corazón partido no como en la canción de Alejandro Sanz, tan buen machote, riquísimo ejemplar de macho, sino como debe ser en estos casos: el corazón hecho mierda, un dolor en el pecho, justo allí donde cada noche colocan sus senos postizos, y un vacío como de hambre que se les clava en el estómago.
Ese recuerdo podría regresar vivo, como los recuerdos de las cosas que han dolido, y llegarían a sentir que ese dolor las tira en un rincón de la casa, que los minutos pasan y las horas y la noche cae sobre la ciudad y La Habana se viste de puta y sale a desandar sin ellas, que seguirán tiradas en ese rincón sin bañarse ni comer, reviviendo las palabras de los hombres de uniforme: “apareció en una fosa”, “muchos muertos podridos”, “un mar de gusanos”, y pensar que todo era una pesadilla, que Pedro no trabajaría todo un año para reunir los ocho mil dólares del pasaje, ni se despediría de ella, la suprema Magnolia , la putísima Magnolia , la loca Magnolia , luego de una noche de placer intenso en que se sintió poseída por aquel dios con su báculo de ébano, ni se montaría en ese yate que lo recogería en la zona de Guanabo, ni que los machetearían en altamar, ni los llevarían hasta un islote, ni lo echarían en aquella fosa que los guardacostas descubrieron por la nube de auras tiñosas y buitres y pájaros del mar que disfrutaban ya del botín de gusanillos blancos cuando ellos llegaron a salvar los cuerpos muertos.
O seguro no pensarían en nada de eso porque andarían concentradas en la mano de Samuel y en el arma y en la cara de Mayra y el otro hombre que seguiría amarrado y en las señas fugaces que hace Alain al viejo Alex mientras apunta a ese degenerado de Saúl. Y se dirían que si saltan hacia Samuel y le desvían el tiro quizás haya posibilidad de venganza para Pedro, que Lucifer tenga en la gloria porque, le habían dicho, Dios no lo haría por su pecado, y también podrían ayudar a que el castigo llegara para esos que lo desmembraron a machetazos y lo lanzaron a esa fosa…y esperarían, como animal que aguarda para el ataque… esperarían…
Luego del grito: “¡dispara ya, maricón!”, más explosivo de lo que yo mismo pensaba, sé que Alain ha cargado todos sus radares y siento que recibe cada una de mis señas. También sé que espera. La costumbre de estos años me permite adivinar hasta lo que piensa, y sabe que una sola solución se impone a esta escena: detener a Samuel. Por eso hago, además, una seña a Magnolia y he descubierto que la entiende. Está al acecho, en tensión, cargando su alma de mujer con todas las fuerzas del hombre que una vez nació en su sangre. Siente que la necesito. Por eso se acerca. Y estos minutos parecen horas y se alargan como hilos invisibles que una mano siniestra estira y estira, mientras todos esperan. Sólo esperan: Ignacio y Mayra todavía sentados, detenidos en quién sabe que pensamientos por el cañón del arma de Samuel que los apunta y por suerte, de espaldas a Saúl, no puede ver las señas que lanzó para Alain y Magnolia desde este lugar del almacén.
¿Cómo carajo parar esto? Yo mismo no puedo evitar que los recuerdos lleguen, en tropel, se agolpen y se atropellen en mi cerebro, igual a la canción: son tantos. Y descubro que es cierto eso que algunos cuentan: cuando la tensión es grande y la muerte ronda, las imágenes llegan a la cabeza de la gente y uno piensa aunque no quiere, aunque no debe, aún cuando sabe que toda la atención debe estar puesta en esas armas apuntando y esos rostros apuntados o amenazantes o temerosos. Pero piensa. Y no logro quitarme de la cabeza a Omaida: “Magnolia está jodida”, “¿Está jodida?”, “Sí, tío, dicen que unos militares vinieron a decirle que Pedro, su marido, apareció en una fosa, despedazado, y se ha tirado a morir”.
Una seña de Magnolia me dice que ya está lista. ¿Para qué está lista? Sus ojos responden aferrándose a la mano de Samuel que sostiene el arma y la entiendo. Es una posibilidad. Alejado el peligro de que Ignacio y Mayra salgan jodidos de ésta, dominar a Saúl será cosa de juego: sigue quieto, a todas luces apendejado ante el arma de Alain que lo encañona a un par de metros de su cara que intenta enseñar una cínica sonrisa que llega a ser solamente una mueca, un amago del cinismo de quien se siente inseguro o ya perdido.
Magnolia ya no es Magnolia. Lo veo en sus ojos, en la pérdida repentina de sus gestos femeninos, en la asunción de una amanerada postura varonil, pero hombruna al fin y al cabo. De pronto ha dejado su alma de mujer tirada en el suelo rugoso de este almacén y se ha colocado el pellejo del hombre contra el que ha intentado luchar desde que se sintió mejor poseída por un macho. Y es Ramón vestido de mujer quien espera para lanzarse al ataque. Nada tiene que ver ese cuerpo, que se me aleja ahora un poco y se acerca a Samuel, con aquel otro adefesio de cara embarrada por el maquillaje corrido bajo las lágrimas, semidesnuda y con los senos postizos tirados a los pies que tuve frente a mí en el cuartucho donde vive; nada que ver con aquel esperpento humano que contorsionó como la más femenina de las mujeres cuando lo ayudé a levantarse del rincón en que llevaba horas echándose a morir, sin bañarse ni comer ni hablar, respirando a duras penas; y mucho menos tiene que ver con esa cara horrorosa que bajo un ataque de llanto, con los mocos afuera, me soltó en un hilillo de voz: “me lo mataron, viejo, me lo mataron”, con un melodramatismo maricón que en ese momento llegó incluso a molestarme.
-- Toma un trago y cuenta – le dije, extendiéndole un vaso de ron que serví de una botella recién comprada que encontré sobre una repisa.
-- La compré para brindar cuando me llamara desde Miami y me dijera que había llegado bien – siguió diciéndome, llorosa, patética, grotescamente cursi.
Tuve deseos de salir. Sentí asco. Jamás pude entender cómo un hombre puede llegar a sentir como mujer, a soñar con ser mujer. Pero saber que ese adefesio tenía un alma noble como pocos, me detuvo.
Quiero olvidar su historia. Quiero que termine de una vez todo este enredo. Que los muertos descansen. Que quienes deban pagar, paguen. Estar lejos. Sentarme a conversar con mi familia y que esto quede como un simple mal recuerdo, un terrible mal recuerdo, una historia que no debió suceder nunca. Aunque esa esperanza sea una gran mentira y mañana despierte con otras muertes y otras mierdas. Vivir en estos barrios que no importan ni a Dios ni a los gobiernos es un asunto para espectros. Hay que dejar el ser humano en alguna loma de escombros, quizás junto a una plasta de mierda recién cagada por alguien, y perderse en estas calles con la coraza más útil: la indiferencia.
¿Magnolia olvidará? ¿Alain olvidará? ¿Olvidará Mayra? ¿Ignacio regresará a Miami y también olvidará? Quien sabe. ¿Y esa seña?: Magnolia va a lanzarse. Lo presiento. Alain ya lo presiente, aprieta el arma. Samuel ni lo sospecha…
Cuando esa puta gritó: “¡dispara ya, maricón!” creyó que todo acabaría, que Samuel halaría el gatillo y la cabeza de la muy zorra explotaría como un globo ante la fuerza de la bala, disparada de tan cerca. Pero no. Algo hizo que Samuel no se decidiera y se dice que otra vez por su pendejería están embarcados. Si hubiera soltado ese tiro ahora podría enfrentarse a ese cabroncito que le apunta con muchos deseos de halar el gatillo. Se lo ve en los ojos: una rabia impotente que salta hasta donde está. Pero lo detiene su cara. Sabe que su cara ha inmovilizado el brazo de Alain, y por eso mantiene esa sonrisa, o lo que intenta sea una sonrisa, bien cínica, como de quien está seguro de que nada pasara, de que librara de esta y le hará pagar bien caro a quienes se le han enfrentado. Aunque no se sienta así, y por dentro le parezca estar entre arenas movedizas, tiene que hacerlo: mantener esta pose de vencedor siempre ha sido una de sus armas, el mejor antídoto anticabrón que haya probado jamás. Y ha llegado hasta aquí gracias a eso. Se lo dice: “has llegado hasta aquí gracias a eso, Saúl” y cierta esperanza lo embarga. Porque si Samuel le hubiera hecho caso: “lo más inteligente es hacerse el bobo, no tienen pruebas”, ahora estaría en su casona de Miami, vacilando la buena vida que ha luchado en estos años y Saúl andaría en lo que ya es rutina todos los sábados, en Varadero, en alguna buena habitación de hotel, vaciándose dentro de una buena puta como esa que debía estar ya muerta si Samuel se hubiera decidido cuando ella le gritó, casi como en un reto: “¡dispara ya, maricón!”. Y no lo hace. Sigue empecinado en que lo mejor es apuntar a la muchacha y al tal Ignacio, por suerte, amarrados y tirados en el cemento sucio y mal pulido de ese almacén de cierta empresa turística que prefiere ni recordar. Otra ley de este negocio: olvidar, olvidar, olvidar, pagando favor con favor y olvidando el favor pagado; una ley que se ha ido imponiendo entre todos los altos funcionarios por su efectividad para mantener en silencio los trapos sucios: te hicieron un favor, debes pagarlo, y una vez que lo pagues debes olvidar y ya jamás nadie podrá decir que una vez te hizo un favor porque “deuda pagada no es deuda muerta; es algo que no existió, que no pasó nunca”, le explicó alguien que no recuerda, cuando dio sus primeros pasos en este bisne del turismo. ¿A qué espera Samuel? ¿Qué lo detiene? ¿No sabe que ahora lo que importa es salir de esta, dejar a estos verracos como él sugirió y regresar a la tranquilidad sabrosona de sus vidas de ricos? No lo entiende. Y se lo repite en voz baja: “no lo entiendo”, y descubre que Alain ha escuchado sus palabras aunque no las haya entendido, porque aprieta el arma y levanta la boca del cañón hasta colocarlo justo frente a sus ojos, ahí, a un par de metros de esa sonrisa burlona que se empeña en mantener, de esa pose de hombre intocable que cada vez le cuesta más trabajo lograr. “Haz algo, Samuel, cojones”, piensa y siente que quizás deba gritarlo, pero no lo hace: se descubriría con todo ese miedo que le está haciendo agua la sangre, aflojando sus piernas, cosquilleándole en la barriga, y ni siquiera señas puede hacerle porque Samuel está de espaldas, aún cuando mira de reojo hacia Alain y el negro viejo y la maricona vestida de mujer, de cuando en cuando. “Si seguimos haciendo bien las cosas se joderán, carajo, tendrán que meterse la lengua en el culo porque no encontrarán ni una sola pruebita y tú bien sabes que para fastidiarnos en esto hacen falta muchas pruebas”, le sugirió a Samuel una semana antes, pero el muy tozudo movió la cabeza y le aseguró que no: “hay que borrarlos del mapa, Saúl”, le dijo, “una ley bien clara en este negocito es no dejar rastros… ni testigos”. Y por esa tozudez ahora estaban allí, Alain y esa boca negra del arma apuntándole a la cara, Samuel apuntando a la putica y al tal Ignacio, el viejo moviendo su mirada de negro de falsa alcurnia desde un grupo a otro, escoltado por esa horrible maricona que quiere ser mujer y viste de mujer y parece estar esperando, desgreñada y ahora mucho más grotesca, casi varonil, como dispuesta a saltar de un segundo a otro sobre Samuel…