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TATUAJES

(Fragmento)

 

INFIERNO

 

Terriblemente sola . Siente que se va quedando angustiosamente sola. La noche va cayendo sobre La Habana y se encienden las primeras luces. El Malecón, con el paso incesante de los carros, se transforma a su vista en dos hileras de luces que avanzan de un costado a otro de la ciudad, bordeando el mar, a veces cortadas por segundos de oscuridad. Hay apagón. Gracias a los destellos de las luces de esos autos logra distinguir sobre el muro a la gente que busca aire fresco y espera a que pase el tiempo y vuelva la luz a las casas de los barrios cercanos.

Está sola. Loretta de golpe sintió que toda la soledad del universo le caía sobre los hombros, que su casucha era asquerosamente detestable, el sitio más detestable del mundo, que sus viejos muebles le sacaban una lengua mugrienta y apestosa, que las sábanas hedían a podrido. Solo atinó a coger el fajo de cartas que había amontonado, apretadas por una liga, salir del cuarto, tirar la puerta a sus espaldas y casi correr escaleras arriba hacia la azotea amplia, siempre llena de cagadas secas de los perros del solar, pero donde la brisa traía un olor a mar que otras veces la había despejado.

¿Tendría sentido seguir? ¿A la altura de sus treinta años podría sacar fuerzas para continuar mintiendo, para seguir mintiéndose? ¿Hasta dónde tenía que llegar para darse cuenta de que todo era una mierda? ¿Sería aquel su destino? Si lo era, y Farah tenía razón, entonces la alternativa era única: joderse, empinarse desde la mierda y seguir caminando buscando ensuciarse lo menos posible de toda aquella podredumbre que la rodeaba. ¿Valía la pena soñar? ¿No le bastaba con el ejemplo de Farah, con la rotunda y absoluta lección que había sido la vida de su único amigo?

De cualquier modo, era cierto: estaba, estaría, seguiría eternamente sola. La Habana, el mundo, el planeta había cambiado tanto que a nadie importaba los sueños de una mujer como ella. Más aún: a nadie importaba los sueños ajenos. Todavía más: sólo significaban algo sus propios sueños.

— Debes tatuarte el corazón – le había dicho Farah poco antes de morirse —. Debes escribirte con el punzón de tu propia vida que sólo te importes tu misma, que el resto es mierda. Debes tatuar bien claro en el pedazo de carne que más te duela en tu corazón que aunque luches, vives en una ciudad de perdedores, en un país de perdedores, en un mundo de perdedores, y que en un mundo de gentes perdidas no se puede dejar que el corazón piense.

¿Tendría razón el bueno de Farah? No sabe. No puede precisar. Siente la brisa que llega desde el malecón con ese conocido olor a salitre y petróleo. Desde el piso le sube en efluvios aislados el hedor del orín y la mierda seca de los perros. Era cierto. Cuando se mira la ciudad desde una azotea como aquella, se tenía la idea de que todo estaba lleno de mierda, de que la gente se paseaba entre las plastas, los latones de basura en las esquinas, los desagües y las cañerías rotas inundando las calles con piscinas de agua pestilente y los escombros de los edificios cubriéndose de bolsas de nylons llenas de basura, como enormes montañas con los picos nevados. Hasta el olor del mar era distinto. No era salitre puro. El agua albañal de los alcantarillados de la ciudad que desembocaban en el malecón y las manchas de petróleo de los barcos que entraban y salían cada día de la bahía, se tragaban el hálito purificador de la sal.

Enciende un cigarro. Esa costumbre suya de andar siempre con una fosforera y cigarros encima se la debe a la existencia de los apagones, a su insistente presencia en los barrios que frecuenta. El humo la despeja. Aspira el olor del tabaco encerrado primero en aquel papel blanco que ahora sube y se pierde con la brisa. Es fuerte la brisa. El muro de la azotea protege su cuerpo de la cintura hasta los pies, pero el pecho, sólo cubierto por una blusita desmangada y fina de tan vieja, siente el embate frío del aire. Es húmedo. Como si afuera, en ese horizonte que se adivina oscuro a lo lejos, estuviera lloviendo.

La noche sigue cayendo sobre las casas y los edificios de la ciudad y ya están encendidas casi todas las luces. Se ve el área de los apagones, como manchones de niebla sobre las luciérnagas posadas en distintos repartos de La Habana. Loretta aspira el humo del cigarro enredado en el aire, aspira la brisa fría que sopla desde el mar y se dice que está cansada. “Estoy cansada, dios mío”, repite y se va dejando resbalar, recostada al muro de la azotea, hasta quedar sentada en el piso de mosaicos rojos, el bulto de las cartas aún entre sus manos. Lo desata. La liga va a caer a un rincón junto a unos ladrillos rotos. ¿Para qué las escribió? Ya no sabe. Tampoco sabe porqué coge la primera del bulto que ha tirado entre sus piernas abiertas, ni puede precisar qué le hace encender la fosforera y comenzar a quemarla. Contempla cómo la llamita va creciendo, tomando fuerza y encogiendo y ennegreciendo el papel hasta obligarla a soltarlo a un lado. Mira cómo desaparece el último vestigio de blancura bajo el negro retorcido de la ceniza. Entonces vuelve a prender la fosforera y va encendiendo las esquinas del bulto de las cartas. Las llamas crecen de golpe. En unos segundos el bulto se convierte en una lomilla negra de cenizas que termina de apagar aplastándola con su sandalia. Después baja las escaleras.

En la grabadora de los rockeros del fondo, Carlos Varela dice que alguien moja el pan en un plato vacío, apaga la televisión y mira a la calle. La ciudad lo espera. Entonces, sale a esa ciudad, a esa calle y se va al muro, donde acaban todos, donde empieza el mar . Loretta tararea en voz baja mientras camina hacia su cuarto. A Farah le encantaba esa canción. Lo recuerda tarareando: Luna, algo está sucediendo, que siento que esta vez me están dejando solo, o al menos solo, como la noooooche , y se cubre con una manta de las que hace años trajo de México y abandona el edificio.

El malecón a esa hora está lleno de gentes. Busca un sitio vacío en el muro y se sienta de frente al mar. El olor a salitre y petróleo allí es más fuerte y en oleadas le llega un tufillo a mierda que sabe salido de las aguas albañales que se mezclan con las olas. Los carros pasan, indefinibles: Luces que enceguecen y desaparecen con una fugacidad que aturde. La ciudad en aquella parte está a oscuras y los edificios del otro lado de la avenida semejan monstruos de la noche, deformes, enormes y cuadrados.

Loretta aspira la brisa que llega del mar. Sigue siendo fría, húmeda. Huele también el tufo a ron de los borrachos que beben cerca, sentados sobre el muro, discutiendo algo que no entiende. Al otro lado una pareja habla del más allá, de lo que pudieran tener en esa otra costa que ya ni siquiera puede imaginarse en el horizonte que la noche oculta. Unos niños pasan corriendo, gritándose cosas que no oye. Tiene los ojos fijos en esa muchacha que hace señas a los carros. Loretta descubre que cuando levanta la mano es que se acerca un auto de turismo. Viste una minifalda cortísima y una faja de tela brillante amarrada a la espalda que le cubre a duras penas sus grandes senos. Usa plataformas enormes. Sólo un rato después un carro frena, le abre la puerta y ella se monta junto al chofer.

No sabe porqué sigue el retintín de la canción. A veces, otras veces, escuchaba temprano en la mañana una melodía y aquella letra estaba dándole vueltas en la cabeza todo el día hasta fastidiarla tremendamente.

Ahora también le fastidia. La letra persiste.

Ni siquiera aspirando hondamente el aire que llega desde el mar a batirle el rostro, puede despejar la verdad que representa la letra. “Sí, dios mío”, se dice, “siento que me estoy quedando terriblemente sola. Mucho más sola que la noche”. Y se dice, intentando reír, burlarse a sí misma, que cualquier escritor tendría un buen final de novela para hacer llorar a los crédulos.

— Tienes razón, Farah – masculla con la cabeza baja, mirando a las olas estrellarse contra los arrecifes cercanos —, pero nunca me dijiste lo peor… Los tatuajes del corazón duelen… — aspira profundo y levanta la cabeza.

La pareja deja de discutir y la mira. Loretta les sostiene la mirada unos segundos.

— ¿Nos dijo algo? — preguntan.

Loretta mira al mar, a lo negro, al sitio donde debe encontrarse el horizonte, a ese hemisferio donde ahora, en ese instante, es de día y hay luz.

— Que va a llover – les dice y se baja del muro.

— Sí, huele a lluvia – responde el hombre y abraza a la muchacha y queda mirando a Loretta que camina hacia el borde de la acera, espera a que pase una hilera de luces y después cruza la avenida. La calle está a oscuras y camina despacio, perdiéndose entre los edificios también apagados, casi respirando la oscuridad. Siente la noche fría, húmeda, y se cubre los hombros con la manta.

— Sí – dice —. Los tatuajes del corazón duelen mucho, Farah.

Se hunde en la noche. Las sombras caen como un manto negro y frío sobre su cabeza. Comienzan a cubrir los edificios, los balcones, las azoteas. Loretta de pronto sólo escucha sus pasos en la oscuridad. Camina. Sólo camina. No sabe adónde.

 
 
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Columna de opinión del escritor