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ÚLTIMAS NOTICIAS DEL INFIERNO (fragmento)

 

El hedor era insoportable. A carne podrida. De bestia muerta. Y se escapaba del cuartucho a través de las rendijas en las paredes de madera, elevándose luego, como una neblina pegajosa que iba a colarse en el interior de los otros cuartos de aquel solar (el esqueleto gris de lo que en el siglo pasado debió ser una mansión señorial) y dejaba en la nariz de todos ese rancio, frío y escalofriante aliento de los muertos.

Daba asco. Deseos de vomitar. Revolvía las tripas. Y por eso Alain casi tiene que taparse la nariz, luego de anunciarse: “Alain Bec, vengo de parte de Alex Varga”, otra vez percibiendo en la cara de los vecinos esa reverencia de respeto que todos mostraban con sólo mencionar el nombre de aquel negro, convertido con los años y la fuerza del poder marginal en una especie de alcalde que regía los destinos de la marginalidad en los barrios de Centro Habana, aún cuando para él fuera simplemente “el viejo”, alguien a quien respetaba también, pero por razones muy distintas: había sido el amigo confesor, el padre consejero, la luz única para entender que el mundo de la delincuencia tenía sus leyes, sus códigos éticos, su respiración propia.

-- Es allí adentro – dijo el negro calvo que lo guió desde la puerta del solar a través del pasillo flanqueado de cuartuchos miserables, de paredes despintadas, carcomidas por la humedad, y con ventanas de madera podrida donde pudo ver que lo miraban, curiosos, más de un centenar de personas. “¿Cuánta gente vivirá en esta pocilga?”, se dijo, asqueado ante tanta promiscuidad.

La peste era todavía más incisiva, una fetidez compacta e hiriente, cuando llegó a la puerta del cuartucho y la empujó. Un vaho caliente y como de nata pegajosa le galleteó el rostro y lo obligó a llevarse la mano a la nariz antes de entrar y ver el macabro espectáculo: en medio de un inmenso charco de sangre negruzca, coagulada, los restos del cuerpo de lo que horas antes era un viejo travesti se lanzó contra sus ojos, acostumbrados quizás a todas las variantes del crimen, pero todavía no preparados para una mutilación como aquella. Por eso los cerró con fuerza, respiró profundo y volvió a abrirlos, dueño ya de la coraza que se ponía siempre que se enfrentaba a casos similares al que ahora tenía delante.

El asesino había cortado los brazos en la coyuntura de los hombros, hasta desprenderlos, y en las piernas los tajazos se veían a la altura del comienzo de los muslos en la cadera, de modo que tuvo que partir el hueso del fémur para separar cada miembro. Alain pudo ver los desgarrones de las cortaduras, a todas luces hechos con un hacha pequeña de constructor, mellada y herrumbrosa, que también descubrió, en una esquina del charco coagulado, casi cubierta por la nata sanguinolenta.

En medio del charco estaba el torso con la cabeza semidegollada por una cortadura que le pareció igual a la que hacen las navajas, la que, se dijo, podía haber sido la causa de la muerte. Encima del pecho desnudo del viejo los brazos formaban una cruz. Justo al centro de la cruz, divisó el búfalo tan típico en las viejas monedas americanas, y no logró evitar la primera de las preguntas: “¿qué coño hace esa moneda en la cruceta que forman los brazos?”.

Evitó buscar alguna respuesta. “No te adelantes, Alain”, se dijo en voz baja, aunque audible para el hombre que, también con la nariz tapada, esperaba detrás suyo, y dirigió la mirada hacia la otra cruz, más grande, que el asesino había formado con las piernas, montándolas en cruceta a la altura de las rodillas, de modo que hacia donde Alain estaba parado apuntaba la carnosidad abundante y la hiriente blancura de la cabeza del hueso, en el comienzo de uno de los muslos.

-- ¿Qué vas a hacer con el cuerpo? – le preguntó al viejo Alex, que había preferido esperarlo afuera.

-- Di la orden de que lo desaparecieran rápido – contestó el negro, triste por algo que Alain averiguaría poco más tarde --. La policía no se va a enterar de este muerto… Es un asunto personal… ya te diré.

-- Entonces, que se lleven el cuerpo, limpien la sangre y vean si aparece la navaja con que lo degollaron… pero que no toquen más nada, viejo, ¿me entiendes?

 

...

"Como un hermano, Alain”, había dicho Alex. Y él bien sabía que el viejo no le otorgaba esa categoría a todo el mundo. Muchas cosas debían haber pasado juntos, como se dice por ahí, “en las maduras y en las podridas”, para que Alex Varga llamara hermano a una persona. O hijo, como le decía a él desde que resolvió aquel caso donde Patty, la verdadera y única hija del viejo, uno de los seres más hermosos y nobles que había conocido, fue asesinada por un maricón que se hacía llamar Cristo.

Sabrina era el nombre del viejo travesti. Y aunque todavía Alain no tuviera el pellejo tan curtido en la marginalidad como para aceptar que a un anciano maricón como aquel se le pudiera querer, lograba entender al menos que Alex Varga no se iba a entristecer del modo en que estaba por la muerte de cualquier aberrado amante de que se la sonaran por el agujero que Dios hizo “para botar la basura que nos entra en el cuerpo”, decía cuando lo traicionaba su carácter homófono, “que la cubana es una mujer muy linda para que los hombres equivoquen así el camino”.

-- Ese cabrón fue como mi hermano, Alain – repitió el viejo Alex, mientras esperaban, sentados en una de las mesas, a que empezara el primer show de travestis al que Alain asistía en su vida.

Era domingo. Sobre Centro Habana caía el sol a plomo, como si en vez de rayos tirara lanzas de lava hirviente, cuando salieron del solar donde alguien descuartizó de aquel modo “al buenazo de Sabrina”, había dicho Alex. Y Alain lo escuchó todavía asombrado de tanta tristeza, inaudita en el viejo, pues no lograba entender que un hombre tan recto, tan recio “y tan macho, carajo”, pensó, como Alex Varga, sintiera dolor por la muerte de un mamarracho de vida equivocada como la vieja maricona de Sabrina.

-- En los últimos dos meses, nada más me dejaba entrar a mí a su cuarto – les dijo Sonia, a quien todos señalaron como la persona más cercana al muerto.

Era mulata, de pelo estirado con mucho tratamiento y peine caliente. Y tenía un narizón deforme y hasta coronado con una verruga que a Alain le recordó a la bruja de Blancanieves. Casi se ríe en su cara cuando la vio aparecer. Bajó la cabeza y se dijo que por respeto a ese raro dolor del viejo Alex debía comportarse, “que el horno no está para pastelillos, Alain, como bien dice el refrán”. Había mucha tristeza regada en aquella vieja mansión llena de cuartuchos y gente, como para estar dejando que asomara la cabeza el jodedor que siempre llevaba bajo su pellejo.

-- Yo le llevaba la comida – siguió diciendo la mulata --. Sabrina me daba dinero y me decía qué quería comer y yo cocinaba para él y para mí.

Le decían La Madre Superiora. Cuando el negro calvo que le avisó al viejo Alex de la muerte de Sabrina le dijo aquello: “ la Madre Superiora era la única amiga que él tenía aquí, Alex”, Alain pensó que le iban a traer una vieja cascarrabias, horrible, sucia y vestida de harapos, a quien pensó llamarían así por mandona e imponente. Pero cuando tuvo delante a la tal Madre Superiora y vio que de superiora aquella mulata solamente tenía el trasero: un nalgatorio en verdad descomunal, quiso saber el porqué del sobrenombre.

Se lo dijeron a la salida de la casona, después de conversar unos minutos con la mujer, precisamente en el momento en que decidieron hacerle una visita al famoso show de travestis: Farraluque , ubicado en el mismo edificio donde poco antes habían filmado Fresa y chocolate , que casi se lleva el Oscar al Mejor Filme Extranjero ese año, y donde ahora los vecinos regenteaban un restaurante también famosísimo, que tenía el mismo nombre de la película.

-- Le gusta que la torturen – explicó el negro calvo del solar --. Esto era una mansión con seis cuartos grandes y la gente vino y metió divisiones de madera… Ahora hay quince familias aquí y se oyen hasta los peos que uno se tira.

Sonia no era puta, les dijo, “es la Madre Superiora de las Putas”. Pues no había muchacho de más de quince años en todo el barrio que no se la hubiera tirado, “o no sé si es mejor decir que no hay hombre que ella no se ha gozado en todo esto”. Y en esas templetas, cuando la estaban cogiendo por cualquiera de sus agujeros, se ponía a gritar: “¡cojones, así no; métemela por aquí!, ¡te he dicho que me claves más duro, maricón!, ¡si no me rompes bien el culo, te parto la cara, Papito!, ¡así, Papito, con esa pinga me tienes que hacer ver a Dios y a las once mil vírgenes putas, que riiiiiiico, coño!”, y otro montón de cochinadas, todas gritadas en forma de órdenes, con voz imponente, “de Madre Superiora, ¿no crees?, por eso le pusieron así”, aclaró el negro calvo que sólo entonces Alain supo se llamaba Matías.

-- Veamos si sacamos algo de este lugarcito – dijo Alex, y miró a las luces del escenario, que comenzaron a apagarse, hasta que todo el local quedó a oscuras. Un minuto después, o algo así, el telón del escenario comenzó a descorrerse y entonces una luz violeta cayó sobre el proscenio y dejó ver a una china que a Alain le pareció hermosísima.

-- Es My Lang – precisó Alex, y Alain se maldijo porque tanta perfección en aquel cuerpo angelical le había hecho olvidar de pronto que estaba en un show de travestis y que “esa cosa” que hablaba en el escenario, de mujer sólo tenía la ropa y el maquillaje: en Cuba todavía no estaban permitidas las operaciones de cambio de sexo, y faltaba mucho para ello, pues la simple existencia de espectáculos como ése al que asistía estaba penada por la ley.

My Lang anunciaba “una noche esplendorosa, fascinante, de gran arte, con estrellas de la canción que brillan en el firmamento de la isla más fermosa que ojos humanos han visto, como dijera el gran Almirante Colón, que nos brindarán su genuino arte y nos llevarán al éxtasis de lo sublime, y nos transportarán en alas de la sensual música que nace de sus voces hasta el paraíso de los sentidos, hasta la gloria misma de nuestra más íntima sensibilidad, hasta ese sitio donde conoceremos la verdadera libertad de nuestras almas prisioneras”.

-- ¡¡¡Ñó, qué cursi!!! – soltó Alain, sin poder reprimirse, y sintió que de las otras mesas algunas miradas afeminadas, más bien amariconadas, hubieran querido despellejarlo vivo. Alex también sintió la agresividad de esas miradas sobre Alain y se sonrió con sorna, sin dejar de mirar al escenario.

Ya era noche cerrada cuando llegaron al edificio y en la azotea donde cada domingo celebraban aquel show clandestino, el aplauso de la pajarera reunida fue atronador. Alain miró arriba las estrellas, tímidas aún, y pensó que era casi seguro que fueran él y Alex los dos únicos hombres en aquel sitio, pues esos extranjeros que pudo ver en otras mesas tenían la marca del homosexual, como si llevaran en la mismísima frente una cruz de ceniza o un cartel que decía: “loca de carroza número 27” , “mariconaza 32” , “mamatranca 15” , “cherna 19” , o cualquier cosa que significara maricón.

Pero el show era bueno. Tiene que confesarlo. Estuvo la hora y media que duró el espectáculo hundido en las buenas voces de aquellas mujeres, artistas realmente fabulosas, que actuaban y luego bajaban, ya vestidos como lo que eran: hombres, para sentarse junto a los inquilinos de algunas de las mesas cercanas al escenario, y comentar la actuación de Camille, especialista en las canciones de amor de Mirielle Mathieu; o de Fernanda, mulata de aires brasileros y dueña de la voz más regia a la hora de cantar su repertorio de sambas; o de Jennine, que imitaba como nadie los gestos y la voz y hacía la mejor versión que había escuchado Alain de una canción que le encantaba a Camila, su mujer: “La vie en rose” de Edith Piaf; o de Karina, diva de la ópera, capaz de llegar a las escalas de María Callas, y tan fea como la original; o Lady Vivi, casi una Rafaella Carrá sobre el escenario, “con la diferencia de unas libritas de más en el culo”, pensó Alain; o de Chela, La Cubanísima , copia fiel de la genial Celia Cruz, igual de sandunguera y pimentosa, que fue la que cerró el show por todo lo alto, cantando “Mi tierra”, para ganarse ese aplauso cerrado, con el público de pie, que duró cerca de los cinco minutos.

-- Son muy buenos estas cabronas – dijo Alex, y Alain se tuvo que sonreír ante la conjugación rara, que nacía de la propia dicotomía de los travestis: eran buenos artistas, aún cuando su papel en el escenario fuera el de ser “una” artista.

Aplaudían todavía cuando llegó un jovencito, vestido como un mayordomo, todo de blanco. Alain estuvo a punto de creer que levitaría, o que se le partirían los brazos, “o las alas, que no se sabe”, pensó, por las maneras sumamente finas, suaves, con que movía las manos. Se sintió observado, catado, seducido, y bajó los ojos al piso de mosaicos de pavorreales pintados para no ver las caídas sensuales con que el mariconcito partía la mirada hacía él, “que no me gustaría entrarle a patadas por el culo delante del viejo Alex para que se deje de mariconadas conmigo”.

-- Fernanda los espera – le escucharon decir, con la voz también sumamente aflautada y gangosa --. Follow me, please.

Era regia la Fernanda. “Se llama Fernando”, le explicó el viejo Alex. Lo conocía desde la niñez, allá por los años 50, cuando empezó a llamarse Fernanda y se puso a trabajar “de cebo” para uno de los burdeles de la famosa Marina, la más grande proxeneta de toda La Habana en los tiempos de la mafia y de Batista. Un cebo ante el cual todas las incautas mordían, porque tenía cara de buena gente, gestos de buena gente, voz de buena gente, palabra engañosa de buena gente y hasta caminaba como deben caminar las buenas gentes. Gracias a su trabajo cada semana entraban a los burdeles de Marina cinco o seis muchachitas, acabadas de llegar a la capital desde el campo en busca de trabajo para poder mantener a sus hambrientas y miserables familias. No sabían que iban a entrar en una deuda impagable y agarraban el primer préstamo que, “generosa que soy con los pobres”, les daba Marina, enviaban el dinero a su familia y se disponían a trabajar para pagar la deuda. Lo que ganaban jamás cubriría el monto total y se veían obligadas a pedir otra vez, y otra vez, y otra vez, hasta que un día Marina les decía: “¿quieren ganar más?... usen lo que Dios les dio… esas papayitas nuevas, y verán cómo se bañan en dinero”, y terminaban metidas a prostitutas.

Fernanda había dejado de ser Cebo, y con los nuevos tiempos que corrían en la isla, “donde otra vez las putas crecen como las malas yerbas, por todas partes, y una loca puede vender su culito al mejor pagador sin que te metan preso por atentar contra el orden y la moral ciudadana”, logró preparar su casa con inversiones muy inteligentes que garantizaban todo tipo de confort y lujos, contrataba muchachitos que quisieran darle rabo a los turistas gays que llegaban al país, o recibir ofrendas de varón extranjero, y era dueño del burdel para homosexuales más renombrado de toda La Habana : Los placeres de Sodoma .

-- Hay que hacer pedazos a quien lo mató, viejo – dijo Fernanda, sintiéndolos entrar, pero sin volverse, quitándose el maquillaje frente a un espejo ovalado, con unas toallitas mojadas --. Sabrina no se merecía esa muerte…

-- Eso déjalo de mi parte, Fernando – respondió Alex, y Alain se asombró de que el maricón no se alterara, ni que soltara un reguero de plumas con histerismo teatral, como hacían muchos otros, porque lo llamaran por su nombre de varón.

-- Yo lo vi muy nerviosa la última vez que estuvo aquí – continuó Fernanda, y tiró la toallita al cesto de la basura, en un rincón del cuarto, con precisión de baskebolista --. Claro, no pensé que temiera por su vida.

-- ¿Y qué te hace pensar que temía por su vida? – quiso saber Alex.

El travesti se viró para mirar al viejo, como asombrado de la pregunta. El maquillaje sin quitar en su cara lo hacía lucir como una payasa descolorida, venida a menos.

-- Tú lo conocías igual que yo, Alex – dijo --. Si a alguien se le puede decir que tenía nervios de acero, ése era Sabrina, ¿lo olvidaste?

Por el gesto de Alex y la forma en que bajó la mirada a sus manos, Alain supo que el viejo coincidía con Fernanda.

-- Era el mejor ser humano que he conocido, Alex – continuó Fernanda, ahora quitándose el creyón de labios, rojísimo, que remarcaba aún más el grosor de su gran bemba --. Pero eso no quita que en los últimos años hubiera estrenado unos nervios de acero que había que respetar..

Por eso le llamaba la atención que, cuando fue a visitarlo a su cuartucho en el solar, se cansara de tocar y tocar en la puerta sin que Sabrina le abriera, “hasta que lo llamé: Sabrina, soy yo, Fernanda”, y sólo entonces contestó: “ya voy, niña, pero para la próxima, habla cuando toques si no te quieres podrir tocando allá afuera”.

-- Supe por los vecinos que se pasaba el santo día encerrada, a pesar de los calores que se están sonando por estos tiempos en La Habana – precisó, ya libre de maquillaje y zafándose los ganchillos que sostenían la peluca --. Solamente abría la puerta cuando conocía la voz del que tocaba, y su única salida era los domingos, aquí, al show.

Hacía ya dos meses, quizás poco menos, que no se veían, porque tampoco venía a ver el espectáculo, y lo único que supo de él desde entonces era la noticia de que había muerto, “bueno, de que lo habían descuartizado, que eso no puede llamarse muerte”.

-- Lo que no entiendo es que todos me digan que estaba solo – dijo Alex, su mirada de viejo sabueso clavada en la cara de Fernanda --. Tenía entendido que vivía con un muchacho…

-- ¿Filito? – soltó Fernanda.

-- Ese mismo – asintió Alex, y desvió la vista hacia el muchacho que se acercaba con tres jarras de cerveza --. El mismo Sabrina me dijo que creía haber encontrado su media naranja, que estaba feliz…

-- Ese era un cínico, Alex – masticó Fernanda, con rabia, las palabras --. Engatusó a Sabrina, lo engañó como un bobo y después se fue en una lancha para el Norte con todo el dinero y algunas joyas que Sabrina había guardado para su vejez: unos treinta mil dólares.

Sabrina, literalmente, quedó “hecho talco, viejo”, pues estaba enamorado del muchacho y se hizo ilusiones de vivir tranquilo sus últimos años, “y de golpe todo se le fue a la mierda, Alex, fue un golpetazo del carajo. Yo sé que no se había recuperado todavía, y de eso hacía más de siete meses cuando me dijeron que había muerto”.

-- ¿No crees que esto tenga que ver con su muerte? – y las palabras de Alain parecieron coger de sorpresa a Fernanda. Había hablado hasta aquel momento como si solamente Alex estuviera en la habitación. Alain lo vio mirar de lado hacia un rincón impreciso y oscuro, como quien necesita lanzar el pensamiento a un sitio neutro, buscando sosiego para pensar.

-- No lo creo – respondió al fin, pero mirando al viejo --. Lo único detestable que hizo Sabrina en estos meses fue la promiscuidad.

-- ¿La promiscuidad? – esta vez fue Alex quien lanzó la pregunta, miró hacia Alain y luego posó la vista, expectante, en Fernanda.

-- Si en algo nos parecemos los homosexuales a las mujeres es en el deseo de venganza cuando un hombre nos traiciona – aclaró el travesti, de pie, mientras se despojaba del vestido con el que había actuado, ondulando su cuerpo como lo haría una mujer --. A Sabrina le dio por gastarse el dinero que le quedaba en saborear cada dos o tres noches un muchachito nuevo y hasta el mismo Manchao me dijo que le estaba costando trabajo conseguirle esos dos o tres que exigía cada semana… los chamacos de ahora no quieren acostarse con viejos.

-- ¿Quién es ese Manchao? – casi a coro lo dijeron: Alex con su voz dura; Alain, con su tono menos grueso.

Fernanda paseó la mirada de uno al otro, se detuvo finalmente en el viejo y dejó escapar un gesto de fastidio.

-- ¿Estás perdiendo facultades? – dijo --. El Manchao es un jabao con esa enfermedad… vitiligo creo que se llama, que se ha hecho dueño de casi todos los grupitos de pingueros y locas que se venden hoy al turista en Centro Habana, en la zona en que tú gobiernas, por cierto. Debías conocerlo.

Había oído hablar del muy cabrón. Uno de sus sobrinos vino un día con la historia: los pingueros del malecón, muchachitos de entre 12 y 21 años que se dedicaban a complacer a extranjeros gays que venían buscando machitos cubanos, se estaban quejando de que algunos chulos los presionaban, desde hacía varios meses atrás, para que trabajaran para “un tal Manchao, tío”, pero no habían podido dar todavía con el hombre, que se había puesto de suerte pues Alex tuvo que dedicarse a resolver un lío más importante: el de un español y dos cubanos que aparecieron muertos, al parecer por matanzas de la droga, en una de las tumbas que para escarmientos tenía en el cementerio de Colón, sin que él diera el autorizo para que los tiraran allí.

-- Creo que es hora de que conozcamos a ese “Manchao” – dijo Alex --. Algo me dice que vamos a matar dos pájaros de un tiro – y le hizo una seña al muchacho que había venido con la bandeja de las cervezas para que se la cambiara por una Bucanero . “No me gusta la Cristal ”, precisó, “es muy suave para mi gusto”.

 

...

Para mí son carroña, viejo”, le dijo Alain y vio que Alex sonreía. El local, a esa hora de la mañana, se convertía en una pequeña pizzería: La Mamma , cobertura excelente para que nadie sospechara que en las noches de los domingos se realizaba allí un show clandestino de travestis. Cuando llegaron, encontraron apenas la barra del bar ocupada por unos extranjeros blanquísimos y muy altos, “parecen alemanes… o suizos”, había dicho el viejo, pero ya llevaban cerca de un cuarto de hora, se habían terminado las primeras cervezas que les sirvió una muchachita pecosa, de cara muy bonita y ojos de puta, y esperaban sentados a una de las mesas, escuchando la música de una vieja vitrola que desde un rincón hizo recordar al negro Alex los luminosos tiempos de su juventud en los años 50. “Los años del bolero”, masculló, mirando a una mulata, también hermosa y joven, de grandes tetas y nalgas muy redondas, que limpiaba las mesas cercanas.

-- Maricón y mierda para mí es lo mismo, viejo – agregó Alain --. Me enseñaron que eso era una depravación y me cuesta verlo de otro modo.

No podía entender cómo el viejo Alex, educado desde la niñez en una moral todavía más recta, más pacata: “la moral católica, apostólica y romana de los años 30 y 40” , lograba tratarlos con aquella naturalidad, “como si fueran seres humanos normales”, dijo Alain.

-- SON seres humanos, muchacho – replicó Alex, y Alain reconoció un énfasis especial en la palabra “son”, por lo que dedujo que lo que decía no le gustaba nada al viejo. No obstante, decidió continuar en aquel tono: si algo existía entre ellos era el respeto al pensamiento del otro. Allá Alex si quería rodearse y codearse con todas las locas mariconas del país; era su asunto, su problema, su enredo. Pero él, Alain Bec, mientras más lejos tuviera a los débiles de culo, mejor, y en definitiva, como decía uno de sus colegas del trabajo en la policía, “mientras más maricones haya, Alain, más mujeres quedan para nosotros, compadre; más gozadera, ¡qué vivan los maricones!”.

Por Justo Marqués, el escritor amigo del viejo Alex, que se había llenado de dineros gracias a la publicación en España de tres novelas negras con casos reales del mundo de la marginalidad: Las puertas de la noche , Si Cristo te desnuda y Entre el miedo y las sombras , supo que en los años sesenta y setenta el gobierno había hecho una cacería de homosexuales que llegó a todos los rincones del país, aunque empezaron por los artistas y los escritores. “El ballet nacional, el teatro, el cine, la literatura… todo se fue al piso, porque la mayoría de los artistas y escritores eran gays, y no los dejaban hacer nada”.

Le parecía una medida justa y así se lo hizo saber al viejo una tarde, mientras estaban en la terracita de la casa del negro magnate de Centro Habana, contemplando cómo Camilito, su hijo, y los sobrinitos de Alex, empinaban papalotes desde el rincón de la azotea que daba al Malecón y al mar, cosa ya normal en las visitas entre sus dos familias, que los habían acercado aún más que el trabajar juntos en algún que otro caso criminal.

-- La vida íntima de la gente es eso, Alain: vida íntima. Y nadie tiene derecho a que esa vida sea lo que importe en la vida social – fue la respuesta, dura, erizada, como un latigazo.

Lo que habían visto en aquel show, que para Alain significaba simplemente “maricones imitando a mujeres ilustres”, era una de las grandes tradiciones del mundo de las artes escénicas en aquel país.

Alain no entendió. Esas palabras, “tradiciones”, “artes escénicas”, en boca de Alex, le parecían postillas purulentas pegadas a la piel del negro, y solamente la cuota de cariño y de amistad que existía entre ellos le impedía mandarlo a la mierda con tanta palabrería bonita, inútil. El maricón era maricón y punto final, pensaba: “no hay otro modo de entender esa desviación”, aunque fuera verdad lo que decía el viejo:

-- En los años cincuenta, junto a los grandes de la música cubana y junto a los grandes actores: Rita Montaner, Beny Moré, Bola de Nieve, Lecuona, Rosita Fornés, había grandes travestis que compartían escenario y fama, y a nadie le molestaba.

-- Pero los tiempos han cambiado, viejo… -- quiso decir Alain.

-- Para peor – lo interrumpió Alex --. La intolerancia es una plaga ya en este país: ser negro, ser maricón o ser mujer es una cruz pesada, aunque los políticos intenten decir lo contrario.

Sus razones tenía en contra de aquel criterio, que le pareció demasiado tajante para ser cierto. Pero lo que no podría negar nunca, y muchas conversaciones sobre esos temas le había costado entenderlo, era que en Cuba había racismo aunque por ley estuviera prohibido; había discriminación de la mujer, aunque también en la Constitución y en el discurso oficial se estableciera lo contrario, y se tiraba a mierda a los maricones y las lesbianas, aunque de eso no hablara ni el pipisigallo, aplicándole aquel refrán cubano que decía: “si de algo no se habla, es porque no existe”.

Bebió un trago de cerveza y decidió respetar el silencio que el viejo pareció imponer con sus últimas palabras. Lo necesitaba. No había tenido tiempo de pensar ni siquiera en lo poco que encontró durante la revisión a fondo del cuartucho donde mataron a Sabrina. “Nada, Alex”, le dijo dos horas después, cuando regresó con algunos de los instrumentos que utilizaban los de criminalística y que, para casos como aquellos, él había conseguido y guardaba, a espaldas de sus jefes de la policía, en un cuarto de su casa en Miramar.

-- No sé porqué algo en la forma de actuar me hace pensar que el asesino es un improvisado – le explicó --. Pero no hay huellas, no apareció la navaja, y creo que dejó el hacha porque no tuvo dónde o cómo llevársela sin que levantara sospechas en los del solar.

Iba a responder al viejo cuando vio entrar a uno de los sobrinos de Alex junto a un negro lleno de manchas blancas. “Parece un caballo indio”, pensó Alain, y le sonrió al sobrino para que no notaran que se reía de las vetas caprichosas que hacía la enfermedad en la cara, el cuello y los brazos de aquel hombre que, estaba bien claro, tenía que ser El Manchao.

-- Debíamos habernos visto antes, ¿verdad, don Alex? – dijo El Manchao, extendiendo la mano hacia el viejo.

-- Yo debía estar molesto – contestó Alex y estrechó la mano del otro --. Me molesta que se violen las reglas en mis barrios, pero no… creo que la gente tiene derecho a limpiar sus culpas, ¿no crees?

El Manchao conocía bien la amenaza que se escondía detrás de las palabras del viejo Alex. Alain estrechó también la mano que el hombre le extendía y ese breve contacto le bastó para saber que el chulo estaba nervioso: no podía evitar que un ligero temblor, casi imperceptible, le recorriera aquellas manos también manchadas de blanco.

-- Tiempo tendré para demostrar que respeto esas reglas – le oyó decir, mientras observaba cómo, con gestos en apariencia muy seguros, el negro manchado separaba una silla de la mesa y la acomodaba para sentarse, cara a cara con el viejo.

-- Ya puedes empezar – ordenó Alex --. Cuéntame cómo conociste a Sabrina.

Sabía que de eso se trataba, dijo. Media hora atrás, cuando tuvo delante al sobrino del viejo Alex, “Don Alex quiere verte, ahora, sin excusa”, el nombre de Sabrina se le clavó como una flecha en la frente, y en todo el trayecto hacia el show no logró desprenderse de la imagen de aquel travesti, y hasta recordó alguna que otra de las conversaciones en los encuentros donde recibía las liquidaciones de los pagos por conseguirle muchachitos, según la misma Sabrina lo había exigido: “cada dos noches, yo le traía su muchachito y ella me pagaba dos veces al mes, por quincenas”.

-- Yo la conocía de aquí, del show – precisó El Manchao --. Y fue él mismo quien se me acercó una noche y me preguntó si yo me dedicaba al negocio de los pingueros.

Había terminado un show realmente escandaloso. Los artistas de esa noche no eran muy buenos, pues los dueños decidieron ese día darles descanso a sus travestis y cederles el escenario a un show que venía desde el centro del país, “creo que eran de Ciego de Ávila”, y el nivel bajó tanto que los asistentes, en el medio del espectáculo, comenzaron a irse para las habitaciones que se alquilaban en el edificio de al lado, cosa que solía suceder siempre al final, cuando caía el telón.

-- Son una vergüenza, ¿verdad? – le llegó la voz de Sabrina, que se había sentado a la mesa unos minutos antes.

Asintió. Esa noche no tenía deseos de hablar con ninguna loca maricona, y precisamente le caía aquel vejete, a quien siempre había detestado por su empecinamiento en seguirse empegostando la cara con un maquillaje que, lejos de ayudarla a desterrar los años de su cuerpo, la convertía en una especie de momia pintarrajeada que daba risa. Y lástima. Y que no entendería que molestaba, que en aquel preciso instante lo único que le importaba era estar solo, escuchando incluso ese pésimo show de pésimas canciones y pésimas cantantes, intentando olvidar la golpiza que tuvo que darle a Claudia, su mujer, porque no quiso acostarse de nuevo con “ese mexicano cabezón y con piel de sapo muerto”, como ella misma gritó mientras él se la comía a bofetadas, porque al muy pervertido, aunque pagara muy bien por aquellas templetas, le gustaba ponerla en cuatro patas y clavarla con su mandarria descomunal mientras le hundía también un consolador por el trasero. “Malagradecidas que son las mujeres”, pensó.

-- Un asco – le contestó a Sabrina --. Son un asco. El peor show que he visto en mi vida.

Pensó que cerraría el pico después de aquella contesta. Se equivocaba.

-- Lo único bueno del show es el niñito de la izquierda, el del coro, ¿lo ves? – le escuchó decir --. Está como para chupárselo. Me gustaría revolcarme con él en una buena cama. ¿Podrías conseguirme eso?

Fue entonces que desvió la vista desde el escenario y la posó en la cara arrugada y empegostada, casi una máscara, de Sabrina.

-- Me han dicho que tú tienes tu pareja – le contestó al viejo travesti --. No quiero escándalos con locas.

-- Esa perra me dejó – fue la respuesta de Sabrina, molesta, como herida, mientras volvía a mirar hacia el escenario: una pareja de muchachitos imitaban terriblemente una canción de moda de las Tatu , dos chicas vestidas de estudiantes que todo el mundo decía eran lesbianas.

Le dijo que cobraba caro. Nada de dineritos mierderos para pasar una buena noche. Sabía que le iba a resultar difícil porque ningún pinguero jovencito se iba a querer clavar a un viejo esperpento como Sabrina. Y no se calló lo que pensaba.

-- Estás viejo, Sabrina – soltó a los ojos del travesti --. Y eres más fea que una malapalabra. Va ser bien duro encontrar alguien que quiera estar contigo.

Sabrina casi lo fulmina con la mirada. Dura. Como una daga afilada. El Manchao se dio cuenta de que estaba descubriendo otra coincidencia entre los travestis y las mujeres: no les gusta decir la edad, ni que le saquen así, en plena cara, el estrago que le van haciendo los años.

-- Lo tuyo es conseguir a los nenes y lo mío es pagar – dijo, secamente --. ¿Trato hecho?

-- ¿Y no notaste alguna bronca, algún problema, entre esos muchachos y Sabrina?

-- No… -- y quedó a la expectativa, como esperando que Alain le dijera el nombre.

-- Alain Bec – le dijo --. Tendrás tiempo de aprenderte mi nombre. Mi negocio es tu negocio.

-- ¿Chulo también?

-- Policía

Aterrado, El Manchao lanzó sus ojos hacia el viejo Alex, como buscando explicación para algo. El negro magnate le sostuvo la mirada un tiempo, serio, callado, y después de unos minutos comenzó a sonreír: “Es de los nuestros, hombre, casi te cagas del miedo”, dijo.

-- La cosa tiene que andar por ahí, ¿sabes? – quiso precisar Alain, y dio un sorbo a la cerveza que acababa de traer la muchachita pecosa --. Ése era el único contacto no seguro que tenía Sabrina con el… llamémoslo, “mundo exterior”…

-- Sí – contestó El Manchao --. Alguien me dijo que todos estaban extrañados porque se había apartado de la vida nocturna, menos los domingos, claro, que venía aquí, al show. Pero no… no recuerdo nada raro en esos contactos que le busqué.

-- Podríamos hablar, uno con uno, con esos muchachos… -- fue a decir Alex.

-- Son un cojonal, Don Alex – lo interrumpió El Manchao --. Cada semana le llevaba tres y eso estuvo pasando desde hace unos cuatro o cinco meses, más o menos.

Y además, precisó, de la mayoría no tenía ningún dato, “porque llegó un momento en que mis muchachos se negaron a tirarse otra vez a Sabrina. Yo no podía obligarlos porque entonces tendría que entrarle a golpes y no me gusta maltratar mi mercancía”, y eso lo había llevado a buscar en algunos de los sitios de reunión de los pingueros en La Habana : el Malecón frente a la agencia de autos Lada; la Plaza de Armas frente al hotel Santa Isabel; la fuente que queda a un costado del Hotel Meliá Cohíba; el Parque de la Fraternidad para la parte que da a la calle Monte; y al final de la calle G y cerca del Malecón donde se reunían los rockeros, “que uno les da cinco dólares y se tiemplan hasta a la mamá de Alien, si hace falta”.

-- Empecemos por el último – dijo Alain --. ¿Tienes los datos de ése?

No los tenía. Pensaba que podría localizarlo porque era un muchacho rubio, “con carita de ángel y piel blanca, así, como los angelitos ésos de las postales”, a quien se veía mucho todos los domingos por el show. Y podía ser. Era raro. Porque no lo veía precisamente desde la muerte de Sabrina.

 

 
 
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Columna de opinión del escritor