FENÓMENOS DE FERIA
No es algo usual, sino excepcional en mi vida. En realidad tienen que coincidir unos cuantos factores para que pueda darme un salto hasta el Complejo Morro-Cabaña, sobre todo en medio de una Feria Internacional del Libro de La Habana. Y es que, además, evito los lugares donde se concentran multitudes.
Fui hasta el cine Payret y tomé el ómnibus que me conduciría a la Feria. Al bajarme, hice una cola larga, pero no demorada, para pagar la entrada y pasar a las diferentes áreas donde se comercializaban los miles de títulos anunciados. De antemano sabía, porque conozco a los cubanos, que entre los mayores éxitos de ventas estarían las dos novelas más recientes de Daniel Chavarría, ese uruguayo-cubano que es mucho más personaje que cualquiera de sus muchos personajes. Así fue: ambos títulos volaron y Daniel debió firmar y dedicar ejemplares durante horas. Ese día que acudí a la Feria, fue la presentación de Una pica en Flandes, en la sala “Nicolás Guillén”.
Justo a esa misma hora, cuando me sentí un poco mareado tras recorrer algunas áreas colmadas de público, busqué afanosamente la sala “Onelio Jorge Cardoso”, en la que se iba a producir una presentación de títulos de cuatro autores. La encontré, con tiempo apenas para ocupar una silla antes de que se llenara totalmente aquel recinto.
En mi condición de lector, no conozco a muchas de las personas vinculadas al mundo editorial, de modo que pregunté quiénes eran los que dieron paso a los autores, y supe que fueron Telma Jiménez, editora de narrativa de Ediciones Unión y Daniel García, Director de la editorial Letras Cubanas. Ellos otorgaron cinco minutos para que cada autor hablara de su libro, hasta que lo hubiesen hecho los cuatro y comenzara la venta al público, a través de una ventana.
El primero en hablar fue Julio Travieso, autor de Llueve sobreLa Habana. Julio filosofó un poco sobre la buena y la mala literatura, acerca del mucho tiempo que le toma cada uno de sus proyectos de novela y algún otro tema, en lo que parecía más el cumplimiento de una tarea del partido, que la oportunidad para introducir su libro a los potenciales lectores y compradores.
El próximo autor fue William Gálvez, en un nuevo acercamiento suyo a la historia de Cuba, con la obra “Los jinetes del Apocalipsis”. Es cierto que par de veces William fue sorprendido por cortes de corriente, que lo obligaron a desplazarse a dos posiciones del local, para leer, de carretilla, lo que llamó “algunas ideas” sobre su libro. Tanto tiempo le tomó su lectura y tan poco caso hizo a la reacción del público presente, que tuve la impresión de que logró disuadir a quien hubiese tenido la intención inicial de comprar el libro.
Jorge Timossi, argentino muy aplatanado a través de varias décadas en Cuba, trajo a su coterráneo, Vicente Battista, para presentar una obra de la que él, Timossi, era meramente “el escribidor”. Vicente dijo, pues, que el autor de El 11-S y la gorda recreaba de una manera tan rica la presencia de una cubana reyoya en la Argentina de hoy, con modalidades lingüísticas y reacciones tan típicas como sabrosas, que él había disfrutado intensamente la novela y sugería a quienes lo escuchábamos, que la adquiriésemos.
Para el final dejo la que fue la tercera de las presentaciones. Correspondió al más joven de los autores, Amir Valle, quien dedicó su presentación a un amigo, también escritor, recientemente fallecido. A los asistentes que conocieron a Guillermo Vidal, dijo Amir: “porque ustedes saben que él está hoy aquí, entre nosotros”. Vi muchos rostros asintiendo, emocionados. También, en poquísimas palabras, dedicó su novela Los desnudos de Dios a su esposa e hijos, a sus padres y a su guía, Cristo. No podían faltar, en su agradecimiento, sus Maestros primeros y de siempre: José Soler Puig, Aida Bahr, Eduardo Heras León y Salvador Redonet. Fue tan breve, sincero y contundente, que la sala explotó en una ovación, a la que me sumé.
Mi única referencia de Amir Valle era, hasta ese día, la versión mutilada que alguien colocó en Internet de su obra Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba, investigación periodística de gran honestidad, hondura y valentía, reveladora de una Habana y una Cuba dolorosamente diferentes a las que muchos conocemos y amamos, y que ya comienzan a reflejarse en las más recientes producciones de algunas de las principales voces de la narrativa cubana contemporánea, aunque esas voces no confiesen, aún, haber bebido de aquel manantial.
A continuación, como se había anunciado, comenzó la venta, desde aquella ventana de la sala “Onelio Jorge Cardoso”, hacia la calle, de los libros presentados.
Aprovechando mi anonimato total, me moví por toda el área durante las próximas dos horas y media. Pude ver a muchos amigos de Amir, que lo abrazaron y felicitaron de corazón. Vi también a cientos de lectores que, lograda la hazaña de comprar algunos ejemplares, iniciaban otra cola, para que Amir, armado de sonrisa y bolígrafo, les autografiara aquellos trofeos ganados en buena lid. Y en realidad no conozco a los funcionarios del Instituto Cubano del Libro, pero hubo un rostro muy publicitado en esos días de la Feria, el de Edel Morales, al que observé acercarse a felicitar a Amir y luego, con sistematicidad casi obsesiva, venir a contemplar, desde diversos ángulos, la interminable cola de lectores que no se resignaban a marcharse sin la firma del autor. Eso sí, confieso que no pude precisar si aquellos ojillos disfrutaban o padecían lo que presenciaron.
Yo sí disfruté, y aún disfruto, una idea que me asaltó aquella misma noche, cuando la prensa escrita, radial y televisiva, comentaba entusiasmada el éxito de ventas de las novelas de Daniel Chavarría. Con un solo libro, Los desnudos de Dios, que no se anunció en ningún lado, Amir Valle había igualado, como fenómeno de ventas y en cuanto a impacto social en los lectores, al gran Chavarría, indiscutible vedette en cuanto medio de difusión promovió la Feria.
Y saqué otra conclusión: aunque las obras de Amir circulen en Cuba, vía correo electrónico, como hace años circularon en Latinoamérica las canciones de Silvio y de Pablo, la gente acudirá adonde tenga la oportunidad de comprar un ejemplar, estrecharle la mano, con respeto y admiración y llevarse su firma en el libro, y su sonrisa, en el alma.
Cuando, finalmente, le pude entregar mi librito, para que me lo firmase, le pregunté: ¿Después de semejante éxito, qué le pedirás a tu Dios? Me sonrió y respondió al instante: “¡Que me dé humildad!”
Armando León Viera, La Habana, Marzo de 2005. |