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Prólogo

 

La narración breve de misterio ha sido lectura masiva desde los tiempos de Edgar Allan Poe, pero eso no quiere decir que no existieran precedentes que se remontan a tiempos muy anteriores. Algunos estudiosos franceses ponen como ejemplo el Zadig de Voltaire, con los episodios del «caballo del rey» y «el podenco de la reina», cuyas raíces remotas pueden rastrearse en un texto italiano del siglo XVI, sacado a su vez de uno de los cuentos de Las mil y una noches, que estaría inspirado en el relato de un erudito árabe del siglo X. Eso es parte de la magia de los cuentos, sus orígenes remotos y anónimos, continuamente renovados bajo formas diferentes en países muy distintos y distantes.

El mismo año (1841) en que apareció Los crímenes de la calle Morgue, de Poe, publicado en el Graham's Magazine, Balzac había dado a la luz Un asunto tenebroso, y antes, en 1832, La Grande Bretéche, relato de atmósfera negra. El crítico francés Roger Martín, en una antología de relatos cortos que titula La dimension policiere (1) , recuerda que aunque Poe inaugura el relato de misterio criminal fundado en la deducción, Balzac representa otro aspecto del género, repartido en muchas de sus historias, que merece el calificativo de «negro» por la ambientación de la trama y la actuación retorcida y sombría de los personajes.

Influenciado por el positivismo de Comte y el auge científico de la época, Poe inaugura el misterio, el enigma que ha de ser descifrado utilizando métodos deductivos. La tendencia alcanzará su apogeo a finales del siglo XIX con Conan Doyle y su personaje Sherlock Holmes, prototipo del rigor científico y lógico al servicio de la resolución del crimen. La investigación razonada, como ciencia exacta, constituye toda una declaración de principios del relato de misterio. El crimen se convierte en un desafío intelectual para mentes privilegiadas y aristocráticas que actúan con sentido deportivo y desinterés económico, desligadas de la realidad cotidiana.

Con la novela negra, surgida en el ambiente de pobreza, violencia e inseguridad social desencadenado por la recesión económica y el crack de la Bolsa de Nueva York en 1929, la deducción y el razonamiento dan paso a la acción y se acentúan los contenidos violentos y de crítica social. La línea divisoria entre la ley y el delito se diluye y los detectives se hacen cínicos, escépticos y rudos, enfrentados en la selva urbana, tanto en los bajos fondos como en las mansiones de los magnates, al aluvión criminal y traiciones provocadas por las motivaciones básicas que desencadenan el hecho criminal: el dinero, la ambición, el sexo, la venganza, el odio. El antiguo binomio misterio-detective, típico del relato policial deductivo, se sustituye por el de ciudad hostil-detective. La resolución del enigma y la fría lógica son ya elementos secundarios. El lenguaje utilizado se endurece y reconcentra, las descripciones se reducen a su mínima expresión y los personajes se definen básicamente por sus actos. Uno es lo que hace, y no lo que piensa o lo que quisiera ser. De lo que se trata es de narrar un hecho criminal con sentido realista, sin juegos de salón ni acrobacias mentales, dando preponderancia a la conducta sobre la especulación, a la causa sobre el efecto. El mundo ha dejado ya de ser inteligible, y la cuestión ya no es saber quién cometió el crimen (lo que en la novela negra anglosajona se conoce como el whodunit), sino el porqué y el cómo, sacando a flote las razones oscuras, y en muchos casos irracionales, que determinan las actuaciones humanas y desencadenan la mayor parte de los hechos criminales. La casualidad, el azar, la fatalidad, el elemento imprevisto, sustituyen frecuentemente al factor racional. Además, se denuncian la corrupción y los fallos de un sistema socialmente injusto, que, en muchas ocasiones, empujan a los individuos al delito y envenenan su propia existencia y la de quienes lo rodean. El mundo es irracional y turbulento y la violencia es el medio de alcanzar cualquier meta.

Para cuando surge la novela negra, a finales de los años veinte del pasado siglo, la industria editorial ha inundado ya el mercado de relatos breves (short-story) de contenido criminal. Son publicaciones baratas, editadas con papel de baja calidad (pulp), que se venden en quioscos y estaciones de ferrocarril a un público ávido de ver reflejado el delito de forma realista, con personajes reconocibles en el entorno diario. La revista policíaca mensual Black Mask, fundada en 1920, representa la máxima expresión de este fenómeno editorial. Black Mask aporta a la literatura un nuevo tipo de relato de misterio basado en la creencia -como apunta el crítico Herbert Ruhm (2) - de que no existe un orden social estable, y el caos impera en el clima moral. La mítica revista, que duró hasta 1951, sirvió de plataforma de lanzamiento al género negro duro (hard-boiled) y en ella escribieron nombres tan afamados como Hammett, Chandler, C. J. Daly o Erle Stanley Gardner, el creador de Perry Masón.

Los tres relatos de este volumen responden a estos patrones.

Vidas de oficio, de Juan Madrid, es la historia de dos mujeres a cuyo lado Thelma y Louise, las de la película, son auténticas ursulinas, y un policía, Jenaro Iturriaga, masoca de látigo, que piensa que todo el mundo tiene algo que ocultar en el fondo de su corazón («mezquindades, mentiras, miedos y deseos inconfesados»), lo que implica que todos somos automáticamente sospechosos en cuanto se escarba un poco.

Ultimas noticias del infierno, de Amir Valle, rompe con el tópico de que los relatos negros solo son posibles en los países industrialmente desarrollados con democracia clásica de signo parlamentario y liberal. Amir, y otros escritores que viven y escriben en Cuba, representan una escuela de cultivadores del misterio criminal en la que predomina el elemento crítico, tan característico del género negro, hacia una realidad con la que conviven a diario.

En el cuento de Amir Valle, el mundo marginal y cerrado de los travestís habaneros queda reflejado con toda crudeza, visto desde los ojos de un policía y un antiguo gánster que sigue ejerciendo como tal por vías más discretas, aunque no menos implacables y efectivas.

El último tranvía, de Marco Aurelio Carballo, habla de fatalidades, traiciones y delirios disimulados tratados con lucidez irónica. La fatalidad, con toques de surrealismo buñuelesco, interviene aquí como factor esencial que destapa la caja de Pandora de la desdicha. Las cosas pasan porque sí, porque tienen que pasar, y darles muchas vueltas tampoco explica nada. Por boca del personaje Sergio Polanco, escritor fracasado antes de empezar a escribir, hay una reflexión sobre la novela policíaca y la posibilidad de desarrollar historias detectivescas en México, y en general en el Tercer Mundo. Polanco llega a la conclusión -acertada- de que aun cuando los detectives de su país no tengan nada que ver con los de las novelas de Chandler o Hammett, «mientras hubiera crímenes (hasta el fin del mundo) habría relato policiaco». El movimiento, en cualquier caso, se demuestra andando, y en México el cuento de misterio camina con paso firme.

Fernando Martínez Laínez

1.- La dimensión policiere - Neufnonvelles de Hérodote a Vautrin, Librio, París, 2000.

2.-Detective privado. Antología de Black Mask Magazine. Introducción de Herbert Ruhm, Bruguera, Barcelona, 1981.

 

 

 
 
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