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De la vida literaria de
Amir Valle

 

UN TAL POR CUAL LLAMADO GUILLERMO VIDAL

 

Empezar la primera entrega de una columna personal de un escritor hablando de otro escritor, es decir, de un supuesto rival (si seguimos esa absurda tendencia de entender la literatura como un "quítate tú, pa'ponerme yo"), es algo que, quienes así conciban el acto de escribir, pueden entender como un suicidio.

Pero sucede que Guillermo Vidal fue una de esas personas que pasan por el mundo sin creer que ha dejado enemigos, aunque los haya, pues no hay ser humano tocado por la genialidad que no haga sombra como para que siempre algunas almas mediocres se sientan agredidas. Así de miserable y de sucia es la condición humana.


"Sólo quisiera ser una minúscula parte de Dios"

Guillermo Vidal, en mi opinión y en la de muchos otros, uno de los más grandes novelistas que han existido en las letras cubanas de todos los tiempos, fue además un ser inolvidable, de esos para los cuales la muerte debía estar vedada, prohibida. Humilde, honesto, sencillo, hermano mayor y padre de sus amigos, fiel a ellos sin mirar las consecuencias, confesor de muchísimos que lo conocieron, desapegado totalmente de su gloria y de cualquier bien material que pudiera poseer, en fin de cuentas: sabio, consideraba que su mayor riqueza era haber conocido a Cristo y por ello, al sentido máximo del verdadero amor, que se encargó de regar como una semilla fertilísima entre su familia, sus amigos, e incluso entre esos seres sin nombre que día a día encontraba en su camino corto por la vida. La magnitud de su entierro en el pueblo de Las Tunas, su queridísima ciudad que jamás quiso abandonar como otros escritores que saltan a La Habana buscando mejores posibilidades, gravitará sobre la memoria colectiva durante muchos años: las calles estaban llenas de tuneros, el dolor se desprendía de todos los rostros que vieron pasar el cortejo fúnebre camino al cementerio, y las lágrimas no estaban solo en los ojos de los familiares y sus amigos y conocidos. "Las Tunas estará llorando a este hombre por muchos años", dijo un hermano en Cristo a la salida de la necrópolis.

Murió a los 52 años, en el momento en que todos los críticos anunciaban el estallido de su plenitud literaria. Dejó seis novelas inéditas, listas para publicar, varios cuentos, y un par de novelas inconclusas.

Pero ahí está su obra publicada, vastísima, renovadora, aportativa a todos los territorios de la literatura cubana escrita en los últimos treinta años, desde aquel ya lejano día en que le enseñó a su amigo y colega de letras, el poeta y narrador Ramiro Duarte, lo que Guillermo llamó entonces "un cuentecillo" y que sería uno de las obras suyas que iban a convertirse en un clásico: "El pozo".

Baste echar un vistazo a esos libros:

Los iniciados (cuentos, 1985). Premio Nacional 3 de Marzo.

Se permuta esta casa (cuentos, 1986). Premio David de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1986. Reeditado en el año 2000.

Confabulación de la araña (cuentos, 1990). Premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1990.

Matarile (novela, 1993).

Los enemigos (cuentos, 1994).

El quinto sol (novela, 1995). Premio Nacional Hermanos Loynaz en 1995

Las manzanas del paraíso (novela, dos ediciones: República Dominicana, 1998 y Puerto Rico, 2002). Premio Internacional de Novela Casa de Teatro de República Dominicana en 1998.

Donde nadie nos vea (cuentos, 1999).

Ella es tan sucia como sus ojos ( novela, 2001).

El amo de las tumbas (novela, dos ediciones: España, 2001 y Cuba, 2003).

Los cuervos (novela, tres ediciones: Cuba, 2002; España, 2004; Cuba, 2004). Premio Nacional Dulce María Loynaz en el 2001.

La saga del perseguido (novela, 2003). Premio Nacional de Novela Alejo Carpentier, 2003.

Póstumamente se publicará en el primer trimestre del 2005, Las alcobas profundas (cuentos), Premio Nacional Rafael Soler de cuento en 2004, y El mendigo bajo el ciprés (novela).

Conocí la humildad de Guillermo en 1984, y fue uno de mis maestros, el novelista cubano José Soler Puig, quien presentó la edición en plaquette de un cuento que luego, también, adquirió la condición de clásico: "Se permuta esta casa", con el cual Guillermo había ganado el premio Marcos Antilla, muy importante por esa década. Recuerdo el terror y la admiración con la que mis colegas y hermanos Alberto Garrido (hoy una voz esencial de la narrativa cubana) y Marcos González, fuimos a que nos autografiara aquella obra. Recuerdo sus ojos, grandes, limpios, que desprendían una humildad nada fingida, a pesar de que el maestro Soler (muy conocido por no dar nunca elogios en vano) dijera en sus palabras que "no les presento a una promesa, les presento a un escritor y apuesto a que mucho dará que hablar la obra de Guillermo Vidal en breve tiempo".

Coincidimos después, como siempre, compitiendo en eventos donde nuestros cuentos quedaron de finalistas. Yo le gané en el Encuentro Nacional de Talleres Literarios de 1986 (que se efectuaban en esos años con los ganadores por géneros de todas las provincias del país). Mi cuento se llamaba: "Yo soy el malo", y el suyo "Den paso a la cieguita", otro de sus clásicos. Recuerdo su abrazo en la premiación, sincero, natural, cordialísimo, como si hiciera siglos que me conociera. Ese mismo año llegó el desquite. Su libro "Se permuta esta casa" y el mío "Yo soy el malo" competían en el importante Premio David de la Unión de Escritores, por entonces el más codiciado galardón para autores jóvenes en el país. Ganó Guillermo con uno de los libros que hoy se consideran clásicos del género en Cuba. Cuando supe la noticia, le escribí un telegrama que todavía existe: "Guille, me jodiste, pero siento ese premio tuyo como si fuera mío. un abrazo". Desde entonces nos llamábamos para felicitarnos por cada uno de nuestros premios. Solangel Uña, su esposa, lo ha dicho varias veces: "aunque perdiera, se alegraba de un modo increíble si el que ganaba era un amigo, pasaba días eufórico, diciéndole a todos: ese cabrón me ganó, yo siempre dije que iba a ser bueno".

Me llamaba por teléfono para decirme: "escritorucho, escucha este cuentazo para que aprendas a escribir", y yo escuchaba el cuento. Se lo hacía pedazos y él lo arreglaba en base a mis criterios. Yo lo llamaba por teléfono: "aprendiz de escritor, escuche este fragmento de novela para que se deje de creer que es usted un novelista", y él escuchaba mi fragmento. Me lo hacía pedazos y yo lo arreglaba en base a sus criterios.

Forjamos así, encuentro por encuentro, visita por visita, llamada por llamada, viaje por viaje, discusión por discusión, email por email, una amistad demasiado fuerte como para que su muerte no me haya marcado para toda la vida. Mi familia era la suya y los suyos son hoy mi familia. Y todavía creo sentir sus consejos, sus llamadas de preocupación para que yo no cayera en las provocaciones de quienes nunca vieron bien que dijéramos lo que pensábamos, que escribiéramos lo que nos diera la gana sin creer en censuras ni en ediciones oportunistas de nuestros pensamientos en busca de prebendas, como algunos todavía lo hacen. Recuerdo sus palabras de confianza en que las cosas iban a cambiar, tenían que cambiar, "porque estamos llegando al fondo, Amir, y cuando se llega al fondo hay una sola salida: subir". Y esas palabras fueron respaldadas por su accionar en la vida, mediante la ética del respeto al pensamiento ajeno "algo que nos falta mucho en este país", decía.


Con sus grandes amigas Aida Bahr (izquierda) y Patricia Gutiérrez Menoyo.

Algún ser retorcido, mediocre dirigente cultural y bestia que no ve más allá de las orejeras políticas que le ordenaron ponerse, quiso dudar cierta vez de la honestidad de un hecho simple: Guillermo se preciaba de ser amigo del Ministro de Cultura de Cuba, Abel Prieto, también cuentista de primera, y de ser amigo de Patricia Gutiérrez Menoyo, Presidenta de la editorial Plaza Mayor, de Puerto Rico, en cuya Colección Cultura Cubana se publicara Las Manzanas del Paraíso .

El retorcido y ciego dirigente cultural encontró solamente la diferencia: Abel Prieto era un miembro del gobierno cubano y Patricia Gutiérrez Menoyo era la hija del excomandante guerrillero Eloy Gutiérrez Menoyo, fundador del grupo Cambio Cubano que promueve una transición pacífica y democrática en la isla.

Guillermo Vidal encontró algo más humano y más puro: "Abel y Patricia son gente de la cultura, es decir, son de los míos, aunque otras cosas menores puedan separarlos. Pero son seres humanos de buen corazón, al menos en lo que a mí respecta, y eso es lo que me importa. Por eso seguirán siendo mis amigos, aún cuando con ellos yo mismo tenga mis diferencias".

Así fue: un hombre que prefería unir mediante la comprensión, el diálogo y el respeto al credo ajeno.


Con el doctor Lázaro Martínez,
en La Habana.

En sus días finales lo atendimos en mi casa de Centro Habana, adonde iba cuando le daban pase en el Hospital Calixto García, donde un equipo médico encabezado por el doctor Lázaro Martínez intentaba descifrar las causas de sus crisis de asfixia. Allí planificamos muchas cosas. Sentía deseos de escribir y se sabía dueño ya de sus mundos novelados. No quería creer que Matarile , Las manzanas del paraíso , Los cuervos y La saga del perseguido eran obras mayores de la novelística cubana del siglo XX, como le decíamos muchos escritores. "Cuando los críticos no han hablado de esa novela es por algo", nos decía, dudando realmente. Pues era incluso incapaz de darse cuenta de que en Cuba la mayoría de los críticos de narrativa (también novelistas, por cierto) llevaban años intentando conseguir la genialidad que él consiguió sin tanto esfuerzo y por ello no les era conveniente aceptar la realidad de su grandeza. Solamente el narrador y ensayista Alberto Garrandés se atrevió a escribirlo y publicarlo: " Vidal se convierte, creo, en el mejor novelista vivo entre nosotros, si es que esa distinción -acaso una mera frase- tiene algún sentido dentro de su probable escepticismo ante las glorias humanas" . Y esa simple frase despertó no pocos comentarios venenosos en el mundillo cultural de las supuestas grandes glorias de la literatura cubana.

Cuando me enteré de su muerte, días después de que lo mandáramos de regreso a Las Tunas, a terminar su recuperación bajo tratamiento médico, escribí un mensaje breve donde comunicaba a los amigos su pérdida, y lo coloqué en internet. En apenas un par de horas, recibí más de cien mensajes desde todas partes del mundo y nuevamente tuve que estremecerme ante una verdad que ambos hemos defendido: la hermandad del humanismo por encima de credos y diferencias de cualquier índole. Todos los cubanos, vivieran donde vivieran en este mundo, que lo conocieron o escucharon hablar de Guillermo Vidal, respondieron con hermosos mensajes sobre el significado de tal muerte para las letras cubanas. Y en ese instante, otra vez, la dignidad de un hombre como él, asestaba un golpe demoledor a la intolerancia y la falta de diálogo que ha dividido y divide aún a los cubanos en relación con la búsqueda de un camino para el país: se rompían las diferencias y todos nos unimos en el dolor como lo que realmente somos, hermanos. Creo que fue ese el mejor homenaje que le hemos hecho a Guillermo desde entonces.


Con su esposa Solangel y su hijo Guillermito.

Tal vez supo que iba a morir. Por eso me declaró su albacea literario. Por eso dejó a todos los que lo conocimos su más hermoso y triste testamento: "sé que si me toca irme, me iré con Cristo", el más hermoso testamento; "me duele irme sin haber podido dejarle a mi hijo y a ti un lugar digno donde vivir", le dijo a su esposa Solangel, el más triste testamento. Que un hombre que haya aportado tanto al pensamiento y las letras cubanas se haya enfermado y muerto (entre otras causas) por las malas condiciones de vida de su vivienda, y que todavía su hijo de cinco años y su esposa sigan viviendo en esa oscura pocilga de un barrio marginal en Las Tunas, es algo de lo cual muchos tienen que avergonzarse, pues todo el poder que dicen tener (y que han usado muchas veces para fomentar la intolerancia que Guillermo criticó en vida) no ha bastado para resolver una cosa tan simple.

Un gran escritor seguirá siendo pese a todo eso. Ahí queda su obra. Queda su recuerdo. Queda su ejemplo de ser humano y de hijo de Dios. Y hasta en eso estoy unido a Guillermo: fue él quien un día me enseñó el rostro hermoso de Cristo que cambió mi vida para siempre.

Un par de días antes de morir, en una de sus crisis, Guillermo comenzó a gritar, desesperado: "si alguien piensa que en este momento voy a renegar de Cristo, está muy jodido; yo me voy con Cristo". Varios días de su muerte, mi hijo de tres años, que desde bebé sintió una predilección por el tío a quien llamaba: Yiyi, se paró delante del afiche que me dio la familia como recuerdo y que tengo en mi librero junto a todos sus libros autografiados. Estuvo mirándolo unos segundos y luego dijo: "mi papá. Yiyi está en el cielo con Jesucristo y va a venir volando a verme". No le habíamos dicho ni siquiera que su tío Guillermo había muerto. ¿Cómo lo supo? Solo Dios sabe. Pero desde ese momento, porque sabemos que Dios habla a través de los niños, confirmamos que el Guille estaba en el lugar que él tanto había anhelado: a la diestra de Dios.

Puede parecer un final para una novela, pero es la vida. Guillermo, donde quiera que esté, asentirá sonriendo. Preferimos recordarlo así, pícaro, risueño, siempre con un chiste a mano para hacer reír a sus amigos, burlón sin maldad, crítico sin agresividad, jodedor en el más cubano de los sentidos.

Como en aquella foto que nos tiramos todos los cubanos que asistimos a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, invitados por la editorial Plaza Mayor. En la foto, que aquí coloco, aparecen, escritores cubanos muy reconocidos, que viven en la isla o en otros países. De izquierda a derecha, en la primera fila y sentados: el poeta Sifredo Ariel, la editora Patricia Gutiérrez Menoyo y el poeta Emilio García Montiel; en la segunda fila: yo, la poeta y narradora Odette Alonso, la investigadora Rita Molinero y el narrador Miguel Mejides; y en la última fila, de pie: el poeta Agustín Labrada, el narrador Andrés Jorge, y Guillermo Vidal.

Cuando enseñamos a todos la foto en la cámara digital, Guillermo dijo, serio pero con esos ojillos verdes donde la jocosidad casi brincaba de gozo: "son unos tal por cual que se dicen escritores".

Prefiero terminar, entonces, con la foto, y con el pie de foto que él propuso ese día:


El famosísimo escritor universal Guillermo Vidal y unos desconocidos.

 

 
 
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Columna de opinión del escritor