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De la vida literaria de
Amir Valle |
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Ética, pluralidad y fe
Los tópicos llegan a ser, muchas veces, absurdos e increíbles, inconcebibles especialmente en una sociedad de la información como ésta en la cual vivimos. En eso pensé hace unos días, mientras leía uno de los correos enviados a este sitio por un lector, por más señas, holandés. Aquel mensaje lanzaba un comentario y una pregunta curiosa: “Tengo dos de sus novelas, compré ellas en la librería Negra y Criminal, de Barcelona, ciudad donde mudé en 2003, veo en ambas que usted dedica A CRISTO. Entendí a Cuba un país de católicos y culto africano, hay mucha cantidad de cristianos en ésa? (sic)”.
A pesar de la complicada redacción de tan atento mensaje, debido al poco español que, a todas luces, domina este amigo lector, pude entender que su preocupación se basaba en un tópico, en un exotismo más de esos con los cuales se intenta comprender nuestra pequeña y compleja isla. Para este lector, en Cuba solamente había creencias católicas y afrocubanas, y en ese momento no entendí las razones que pudieron llevarlo (o hayan llevado, y llevan, a otros) a obviar la fortísima y creciente presencia de otras manifestaciones de credo religioso en Cuba.
Debo continuar aclarando que me enorgullezco de haber conocido la verdad de Dios y la salvación a través del sacrificio de Cristo en la cruz. En palabras simples, hace varios años ya pertenezco a una comunidad de hermanos en Cristo que, repito, crece cada día en mi país.
¿Qué puede hacer pensar al extranjero que Cuba es, exclusivamente, un país de católicos y seguidores de lo que se conoce como religiones afrocubanas? ¿Qué razones pueden provocar el olvido de la existencia de otras formas de culto religioso practicadas en la isla por las comunidades etnoculturales que conforman el árbol de la nacionalidad cubana?
Las respuestas a esas preguntas merecerían un largo análisis que no pretendo, ni me siento con capacidad de hacer, pero en lo esencial pueden responderse en cuestiones que rondan en torno a la actual sociedad cubana y sus conceptos y aplicación real de la ética, la pluralidad y la fe. De ahí el título de este comentario mensual que, aún cuando se aparte de lo puramente literario, tiene que ver con una forma de comportamiento del pensamiento social cubano hoy.
En la Constitución de la República de Cuba, reformada en el 2002, el Artículo 8 pregona que “El Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa. En la República de Cuba las instituciones religiosas están separadas del Estado. Las distintas creencias y religiones gozan de igual consideración.”
Doy fe de que ello no es totalmente como la Constitución lo refrenda, aún cuando pueda sonar dura mi afirmación.
Cierto es que existen relaciones entre las instituciones y grupos religiosos cubanos con el Estado. No puede hablarse de incomunicación, pero tampoco puede hablarse (como lo garantiza la Constitución) de que exista un “diálogo”. Y mucho menos que el Estado otorgue igual consideración a todas las denominaciones.
Vamos al primer asunto. Nunca existirá un verdadero diálogo si una de las partes está sentada en el trono del poder y se erige con la capacidad de juzgar la acción del otro. Eso ha sucedido, desde 1959, con el asunto de la religiosidad. Acostumbrados ya a la tesis de “borrón y cuenta nueva”, especialmente cuando no se quieren reconocer ciertos errores, asistí asombrado a un reciente discurso del Presidente de mi país, donde afirmó que las relaciones entre el Estado y la Iglesia católica cubana habían navegado siempre por buenos rumbos.
Mi memoria, sin embargo, conserva otros recuerdos. Aquellos en que mi abuela, “rabiosa católica, apostólica y romana”, como decían mis padres, trasladó los santos de la sala de la casa hacia el cuarto, para que nadie supiera que sus hijas eran de familia creyente. Corrían los tiempos en que para todos los trámites legales había que responder NO a la pregunta que traían todas las planillas: “¿Profesa alguna religión?”. Responder SI a esa pregunta podía acarrear muchas desgracias en la carrera de cualquier persona que intentara integrarse a los planes de la Revolución, única opción por esos tiempos para desarrollar vida social en la isla.
Las iglesias se vaciaron. Los templos se convirtieron en museos donde lo único que podía verse era escasas viejas beatas compartiendo la misa con sus propios fantasmas. Se hizo rodar el credo de que religioso y homosexual eran una misma cosa. Y ser religioso era síntoma de tal estupidez que convertía al creyente en una persona “no confiable”, “sin virtudes”, “sin inteligencia”. Llegaron a enviarse muchos creyentes a la prisión o a las tristemente famosas UMAP (Unidades Militares de Apoyo a la Producción). Y en las escuelas se hacía énfasis en recordarles a los estudiantes que toda religión era oscurantismo, síntoma de mentalidad retrógrada, rezago del pasado capitalista, siempre bajo el justificativo marxista de que “la religión es el opio de los pueblos”.
Nadie puede olvidar esos tiempos. Como sería injusto olvidar que algunos representantes de la Iglesia Católica vieron en la triunfante Revolución un demonio que había que exorcizar y colaboraron intensamente con elementos que se aliaron a los Estados Unidos para derrotar a los revolucionarios. Tampoco puede olvidarse que varias sectas religiosas se convirtieron en opositores muy activos del nuevo proceso revolucionario. Por todo ello, nadie puede negar cierta tesis que justifica la represión posterior contra los credos religiosos como una respuesta lógica a los ataques contrarrevolucionarios del clero católico y representantes de otras denominaciones y/o sectas religiosas.
De todos modos, los acercamientos de la Iglesia católica y el Estado, a través de la Oficina de Asuntos Religiosos, han permitido recuperar ciertas libertades que fueron prohibidas durante varias décadas. Igual sucede con los acercamientos de otras instituciones de las distintas denominaciones cristianas, así como con los más altos representantes de las múltiples religiones de origen africano que hoy se practican en la isla.
Vuelven las iglesias a llenarse. Se permite, incluso, la predicación en las calles. Se otorga entera libertad a la celebración pública de los cultos de las religiones afrocubanas. Se legalizan las casas-culto de las denominaciones cristianas, y de sectas. Surgen algunas publicaciones religiosas (aunque sin permiso de comercialización fuera de los templos). Y lo fundamental: ya no es considerado una traición ser religioso, aún cuando en muchas de las planillas para realizar trámites siga apareciendo la (años atrás) temida pregunta: “¿profesa alguna religión? Ciertamente, válido es decirlo, responder con un SI ya no es un estigma.
Pero… (y en Cuba suele decirse que “siempre hay un pero para todo”) muchas limitaciones quedan:
no se permite el acceso del ideario teológico (sea cual sea) en los medios masivos de comunicación,
no existen programas religiosos de ningún tipo en esos medios,
está prohibida la distribución de las revistas religiosas fuera de los ámbitos religiosos (iglesias, templos, seminarios, etc.),
no se permite la existencia de la enseñanza pública dirigida por religiosos (como anteriormente existía en el país, con instituciones de mucho prestigio a nivel, incluso, internacional),
las celebraciones públicas religiosas (católicas y cristianas) suelen estar bajo la égida de permisos concedidos por el Estado.
Crece la religiosidad. O sería mejor decir, el pueblo cubano recupera sus espacios para la fe, su pluralidad de credos, y se inicia una nueva batalla por recuperar, también, lo alcanzado desde la ética de la prédica religiosa, en materias tan imprescindibles y delicadas como el papel de la familia en la sociedad, la libertad individual en cuanto a credo religioso, la respetabilidad del creyente y su lugar natural en la estructura social. No hay que olvidar algo: todas estas luchas ocurren en un plano de independencia restringida, en tanto su alcance real está delimitado (por los mecanismos de control creados por el Estado) a ciertos sectores de la vida social.
El segundo asunto de este fenómeno, ese que se ampara en lo que establece la Constitución cubana cuando escribe “Las distintas creencias y religiones gozan de igual consideración”, es, dicho en buen cubano, harina de otro costal.
Veamos en detalles la situación actual.
1.- Las relaciones del Estado con las distintas agrupaciones, instituciones, entidades o denominaciones suelen estar condicionadas por la utilidad que represente su accionar religioso para la estrategia del Estado.
Bajo este presupuesto se evidencia un tratamiento distintivo:
En primer termino, hacia las agrupaciones religiosas de origen afrocubano, las cuales, a pesar de que sus zonas de acción se hallan esencialmente en el territorio de la marginalidad social y sus prácticas ocurren básicamente al amparo de las leyes no escritas de estos territorios, son las que cuentan con mayor amparo del Estado en tanto se las considera “manifestaciones de la cultura nacional”. Bajo este criterio, y con el argumento adicional de que son religiones que siempre han estado al lado de la Revolución, al ser una “religión de pobres”, se les ha abierto, incluso, programas en los medios de difusión masiva donde los aspectos religiosos son estudiados, valorados, difundidos y aceptados, repito, como aportes de la cultura africana al árbol de la Cultura Nacional.
En segundo término, hacia las denominaciones de tendencia ecuménica, con cambios ocurridos desde que los Pastores por la Paz se enfrentaran al bloqueo económico y decidieran traer cada año a la isla toneladas de donaciones recogidas en las ya conocidas Caravanas por la Paz, desde los Estados Unidos y otros países de esa zona geográfica del hemisferio. Los propios responsables en Cuba de este segmento afirman públicamente que las relaciones con el Estado son absolutamente fraternales y de respeto, y por todo este accionar son el sector de las denominaciones basadas en la fe en Cristo que han recibido la atención de la prensa de todos los órganos de prensa, así como la promoción de las actividades de sus instituciones, entre otras facilidades.
En tercer término, hacia la Iglesia católica, especialmente a partir de la visita a Cuba del Papa Juan Pablo II, cuando se lograron acuerdos relacionados básicamente con el levantamiento de las trabas para el desempeño de las iglesias y algunas otras actividades, aunque es preciso señalar que es dentro de las estructuras eclesiales cubanas donde se produce en la actualidad un mayor pensamiento de oposición al pensamiento unitario del Estado y una lucha por recuperar los derechos y libertades de la iglesia cubana.
En cuarto término, hacia las iglesias de otras denominaciones cristianas, a las cuales se les conceden espacios muy limitados para su desempeño religioso, a pesar de ser, en la actualidad, el segmento con mayor nivel de crecimiento y arraigo creciente dentro de la población cubana de la isla.
En fin, que debo repetir: no hay diálogo cuando se mira al otro desde una poltrona de poder y con las prebendas del poder, y mucho menos cuando no se da un tratamiento igual a las distintas manifestaciones de religiosidad. Cierto hermano en Cristo, hace poco, tuvo que pasar un largo calvario de dificultades burocráticas para poder celebrar en su casa sesiones de culto semanal, y sin embargo, me dijo esa vez, “no he oído ni una sola vez que el Estado le exija permisos a los cientos de miles de santeros, babalaos, paleros y oficiantes de las religiones afrocubanas que consultan, celebran misa, y hacen fiestas a los santos en sus propias casas”.
En este sentido, hablando como el cristiano que soy, veo muy mal que quieran regular “la estruendosidad” de los cánticos de las alabanzas (que loan a Cristo y pregonan el amor, la compasión, la fraternidad, la honestidad entre los seres humanos al amparo de Dios) y sin embargo se taponeen los oídos y dejen a su libre albedrío las constantes y cotidianas celebraciones a los santos africanos (bembés, toques de santo, tambores, etc), pues nadie puede negar una realidad que el dicharacho popular recoge: “nada hay más escandaloso que un bembé”.
Recientemente, pude ver en la televisión dibujos animados hechos especialmente para el público infantil, donde se les enseñan algunos patakíes (leyendas religiosas) de la cultura yoruba. Nunca he visto que hayan puesto ni un solo minuto de las muchas series religiosas católicas y cristianas que hablan de hermosas historias bíblicas donde el hombre reconoce sus pecados e intenta ser un mejor ser humano ante los ojos de Dios.
En fin, querido Lia Isaksen, que en Cuba hay católicos, hay cristianos, hay muchos practicantes de las religiones venidas del África, e incluso, hay judíos, musulmanes, y hasta budistas.
Yo, que pido respeto por el derecho de cada cual a elegir su forma de adorar a Dios o al hombre, o a la Naturaleza, o a lo que sea, sigo defendiendo algo que me dijo un amigo, el escritor Guillermo Vidal, hace unos años. “Si Dios no existiera, si Cristo no se hubiera sacrificado por nuestros pecados en la cruz del Calvario, y la humanidad hubiera encontrado la tabla de la Ley con los Diez mandamientos, igual que ha encontrado otros documentos escritos en aquellos tiempos, y aplicara esos mandamientos, todo sería distinto. Si cada uno de los seres humanos cumpliéramos lo que dicen esos mandamientos, el mundo no sería la basura que hoy es”.
En eso creo.
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