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De la vida literaria de
Amir Valle


Fidel Castro y yo

 

 


Eso me han preguntado: “¿Qué significa Fidel Castro para ti?”. Y en los últimos días, desde el anuncio de su cesión de poder a su hermano Raúl Castro, he perdido la cuenta de los periodistas, colegas, amigos, que me han lanzado a la cara, casi sin compasión, esa pregunta.

Lo más curioso es que yo, jamás, desde que tengo uso de razón, me había detenido a pensar en qué significado puede tener ese nombre: Fidel Castro Ruz, para eso que algunos pudieran llamar “la historia de mi vida”.

I


Lo recuerdo de los discursos. Debo confesar que, de niño, jamás sentí interés por esos asuntos de la política, como otros niños que vi entonces, y veo hoy, enredarse en la retórica repetitiva de los discursos en los matutinos, los actos políticos, buscando ganarse un punto en esa emulación en la que siempre existió un aspecto que evaluaba ese comportamiento.  Luego, con los años, conversando con otros que también alguna vez fueron ese tipo de niños, supe que ellos sí participaron en aquellas algazaras simplemente porque sus padres los impulsaban, porque era un modo de destacarse en el grupo, o porque lo sentían como una moda: había que gritar como gritaban los mayores contra el imperialismo. No tenían una clara conciencia de lo que hacían, es obvio. Y debiera ser normal, pues se supone que a esas edades el niño esté descubriendo el mundo a través del juego y no perdiendo el precioso tiempo de su formación en ningún adoctrinamiento político de esos tan usuales en la educación cubana desde que la Revolución triunfó en el 59.

La figura de Fidel se equiparaba a la de otros grandes. Eran dioses, seres incorruptibles, perfectos. Recuerdo que una de mis maestras de primaria me castigó un día en que se me ocurrió hacer una pregunta, desde mi absoluta inocencia, cuando me estaban enseñando en la clase de historia las instalaciones de la Sierra Maestra, la armería, la escuelita, el bohío donde estaba la comandancia de Fidel... Mi pregunta paralizó a la maestra: ¿y dónde estaban los baños, seño?, porque yo me imaginaba que aquellos hombres necesitaban, también, hacer sus necesidades. Estuve toda una mañana contra la pared, sentado en una silla, hasta que mi madre, maestra de aquella escuela, vino a buscarme, me dio un sopapo y me dijo que no volviera a faltarle el respeto a la maestra ni a los héroes.


Desde entonces, Fidel fue el gran inquisidor, aunque yo no lo sabía, no podía definirlo. Pero nos habían impuesto ser como él, que era más perfecto, más grande que el Ché, más iluminado que Martí. Eso decían. Y era fastidioso. Yo era un muchacho al que se le pegaban las clases, no necesitaba estudiar, y realmente nunca estudié en esos tiempos, porque prefería estar leyendo en la fabulosa biblioteca que en mi casa tenían mis padres, que andar esforzándome en cumplir un grupo de parámetros de la “emulación pioneril” para parecerme a alguien por quién, además, debía estar parado horas y horas en las numerosas esperas que tuve que hacer para formar la cadeneta humana de pioneros que darían la bienvenida a cuanto presidente africano, asiático o de los países socialistas aquel hombre invitaba a Cuba, o para ser igual a un hombre que me obligó más de cuatro veces a escuchar, de pie, al sol y la lluvia, unos larguísimos discursos que el niño que yo era entonces no entendía, aunque encontrara algún alivio en formar la pachanga con mis amiguitos cuando Fidel se callaba y el maestro decía, “ahora, muchachos”, para que nosotros gritáramos: ¡Fidel, seguro, a los yanquis dale duro!, ¡Carter, Tarrú, Fidel Cojónú!, y ese montón de consignas, que ya se sabe.

Fidel entonces fue, también, ese hombre al que mi padre escuchaba sentado frente al televisor, aunque yo me secara llorando porque ese día no darían los muñequitos, o porque el discurso era en el otro canal y mi padre decía: “voy a oír el discurso, ¿entendido?” y no había discusión.

II


Pero mi padre era un hombre de Fidel. Tiene su historia. Hizo la Revolución y sigue creyendo que todavía es pura y posible. Ciego. O quizás empeñado en no reconocer que ha tirado su vida por la borda, que Fidel lo ha traicionado porque llevan ya casi medio siglo luchando por algo que no acaba de llegar, a pesar de todos los supuestos esfuerzos.

Digo esto porque Fidel, tal cual lo veo ahora, es el culpable de que mi relación humana con mi padre se haya ensombrecido, de que a veces nos distanciemos, de que hayamos preferido no hablar ni de Cuba, ni del país, ni del día a día nuestro porque todo ello puede derivar en una discusión que nos siga distanciando. Primero no me creía cuando yo le hablaba y le contaba lo que le hacían a los otros, a esos que se habían decidido a hacer valer sus criterios diferentes. No había represión, decía. No había engaño en la Revolución, decía. Es un proyecto limpio, decía. Y tuvo que ver de muy cerca todo lo que me hicieron por decir lo que pensaba, por enfrentarme a quienes quisieron condicionar mi éxito intelectual a mi participación en las tareas de la Revolución, con quienes no vieron bien que yo respetara y defendiera la amistad que me une a muchos “disidentes peligrosos”, como Raúl Rivero, Manuel Vázquez Portal, Manuel Cuesta Morúa, Eloy Gutiérrez Menoyo, por mencionar sólo algunos. Cuando vio todos los desmanes, todas las censuras, todas las trampas legales para “hacerme invisible” e incluso las resoluciones ministeriales que me tildaban de “agente del enemigo”, “mercenario”, entre otras calificaciones, pensé que había abierto los ojos. Pero dijo: “Fidel no sabe nada de esto... es obra de mediocres funcionarios que se creen dueños del poder absoluto”.

Quise decirle, bien lo recuerdo, que había visto una película sobre el nazismo en la cual una viejita, cuando la llevaron a un campo de concentración y le enseñaron lo que allí se había hecho, dijo: “El Führer no sabe nada de esto, si supiera, seguro que no hubiera pasado”. Pero no quise abrir más la herida.

III


Cuántas veces estuve cerca de Fidel. Unas cuantas. Muy cerca. E incluso me atreví a escribir el guión sobre su vida en ese documental de Estela Bravo del que, después, fui desapareciendo por obra y gracia de los sucios manejos de esa periodista y su marido. Jamás me ha interesado acercarme, como muchos otros, y decirle: “Comandante, comandante... yo soy...”, serviles, como si no se tratara de un hombre, un ser humano con virtudes y defectos, con logros y fallas (ambos inmensos por su responsabilidad ante el pueblo y la historia).

El Fidel que va conmigo, porque de algún modo los cubanos lo arrastramos con nosotros, es responsable también de que mis compañeros de carrera estén hoy separados: unos en el exilio (Lidia, Sandra Marina, Valesy, Ivette), otros en puestos oficiales donde de algún modo son odiados por que han tenido que responder a los dictados del gobierno censurando a sus colegas (Rosa Miriam, Grisel, Rubén) y otros en el más triste de los silencios: la labor invisible y mediocre de los medios provinciales (el resto de los que se graduaron ese año).


A Fidel quise hacerle mis primeras preguntas como periodista frustrado: ¿por qué se me sancionó cuando cubrí las labores de terminación de la Refinería de Petróleo en Cienfuegos y quise escribir que era imposible que aquello echara a andar, tal y como dijo el Granma y prometió Fidel en un discurso de ese año?; ¿por qué me obligaron a callar muchas cosas anormales, muchas mentiras y muchas anormalidades que vi y quise reportar mientras yo cubría como periodista la construcción de la Central Electronuclear de Juraguá, también en Cienfuegos?; ¿por qué cuando decidí escribir mi gran libro de periodismo sobre las jineteras, todas las instituciones cubanas me cerraron las puertas porque mi investigación no estaba en los planes bajados por el Departamento de Orientación Revolucionaria?; ¿por qué jamás dieron respuesta a mis cartas enviadas a todas partes cuando el Ministro de Cultura Abel Prieto y el Presidente del Instituto Cubano del Libro Iroel Sánchez, en contubernio con otros seudointelectuales en el poder dictaminaron eliminar mi nombre de todas las antologías, todos los programas culturales, todos los eventos, todas las editoriales, debido a mi posición independiente, a mis opiniones concedidas a la prensa extranjera, a mis libros sobre la realidad social cubana, a mi colaboración con revistas y publicaciones consideradas “disidentes”, y a muchas verdades que les dije frente a frente? , ... y tantas otras preguntas.

IV

Esperaba que la vida, alguna vez, me diera la oportunidad de hacerle, en un escenario público, bajo el signo de la democracia a la que todos aspiramos, alguna de estas preguntas:

  • ¿Ser de izquierda significa estar en contra del pensamiento diferente, de la pluralidad de credos y opiniones, de la diversidad de criterios sobre cómo encauzar una sociedad?
  • ¿Por qué, para ser considerado una persona limpia y honesta, debo seguir los dictados de quienes detentan el poder y asumen el derecho de querer pensar por mí?
  • ¿Por qué al pensar distinto, al sentir distinto, al reflexionar por cauces distintos a los establecidos por la Revolución, se le considera signo de traición, y a quienes piensan distinto, sienten distinto y reflexionan por otros cauces, se les llama apátridas, gusanos, mercenarios del imperio?
  • ¿Por qué, si con mis libros he reunido los recursos y el prestigio intelectual para hacerlo, no se me permite tener la revista literaria con la que siempre he soñado y se me exige que, para tenerla, debe ser regida por una institución oficial del gobierno?
  • ¿Qué razón de seguridad para la patria, o de otra índole, justifica que yo tenga que pedir permiso para entrar y salir de mi propio país?
  • ¿Qué razones reales impiden que los cubanos puedan desarrollar su iniciativa privada, asumiendo los riesgos, los retos y la responsabilidad social que toda empresa conlleva?
  • ¿Bajo qué criterios el Estado cubano se arroga el derecho de no permitir que mis hijos viajen conmigo a cualquier lugar del mundo, si yo pudiera garantizarles ese viaje?
  • ¿Cuándo llegará el día en que los supuestos crecimientos económicos del país se conviertan en bienestar de la población?
  • ¿Cuándo llegará el día en que se entienda que se puede mantener la soberanía nacional respetando las libertades individuales?
  • ¿Por qué una Revolución que nació limpia, que despertó la esperanza de los pobres en todo el mundo, que dijo ser una Revolución para todos, se ha ido cubriendo con la sangre y el sufrimiento de quienes empezaron a criticarla, a intentar enderezarla, asumiendo lo que cualquier ciudadano debe hacer con la sociedad en que vive?
  • ¿Por qué se transformó una Revolución popular en una sociedad totalitaria, represiva y estancada en sus propios odios y sus propios miedos?
  • ¿Para construir ese mundo más justo para todos que todos deseamos hay que defenderse de quienes no lo desean con las mismas armas sucias con las que éstos atacan?
  • ¿Por qué ocultar los defectos de la Revolución, si en todos los sitios está escrito que una Revolución siempre es perfectible?

Pero Fidel Castro, tal cual han anunciado, parece estar enfermo. Muy enfermo. Y quienes lo conocemos sabemos que puede ser cierto: no de otro modo hubiera cedido ni un ápice de su poder un hombre que ha enfermado de poder.

V


Me han preguntado mucho qué pasará cuando Fidel Castro muera, ahora o después, algún día. Será un día triste, he dicho. Porque como cristiano siempre que un ser humano muere, haya hecho el bien o el mal que haya hecho, se impone el respeto por esa persona que se va y que, querrámoslo o no, va a marcar con su partida una estela de tristeza para quienes lo quisieron, que siempre los hay.


Con Fidel se irá una época, por desgracia, una época de sueños traicionados. Sólo espero, lo he dicho en alguna entrevista, que en ese momento los cubanos sepamos dejar a un lado nuestros miedos, nuestras cavilaciones, nuestras dudas, nuestros odios acumulados y nuestras diferencias. De la respuesta que demos a partir de ese momento dependerá la reconstrucción de nuestra isla, con libertad, con independencia, sin interferencias de nadie. Como hombre de izquierda pienso que, entonces, podremos volver a mirar y retomar, desde la democracia, aquel camino perdido hacia ese mundo mejor posible para todos que una vez Fidel Castro abandonó sin que hasta hoy haya dado explicaciones a nadie de las razones que tuvo para hacerlo.

Esa es una explicación que, seguro estoy, nos deberá siempre.

 

 
 
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